In Leo We Trust

por Jose Parra Zeltzer



Sobre Jose Parra Zeltzer

Por José Manuel Parra Zeltzer

Hoy 28 de febrero se celebra la 88va versión de los Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, más conocidos como los Oscars. La premiación más significativa en el mundo del cine, que acapara la atención en todos los rincones del globo, es tal vez la evidencia más fuerte de la potencia e influencia cultural de Hollywood – y por consiguiente de Estados Unidos- en prácticamente todas partes. Más allá de la grandilocuencia endémica del show, la noche de hoy es especial, y puede introducirse rápidamente como una de las más memorables, principalmente porque Leonardo DiCaprio asoma como serio candidato a obtener su primera estatuilla como mejor actor en el prestigioso concurso. Y es que la seguidilla de nominaciones fracasadas que ha tenido DiCaprio ya superan la mera anécdota de turno, y se han convertido en un tema de reivindicación internacional. “Ahora sí que sí” se escucha decir a la salida de los grandes cines y en los pasillos digitales de las redes sociales, “este es el año de Leo” pronostican novatos y expertos.

La interpretación que ha llevado a Leo a esta expectante posición pasa un poco a segundo plano, siendo más primordial el mero hecho de si gana o no. No son pocos los que acusan su rol como Hugh Glass en “El Renacido” como uno de los peores de su carrera, pero qué importa, mientras emerja victorioso. En términos concretos se trata de un papel que calza perfectamente con los gustos de la Academia: demandante físicamente, jugado en el sufrimiento y transparente en la dimensión emocional. A esto se le suma el hecho de que tampoco cuenta con una competencia tan ardua en el resto de los nominados. El único que le podría hacer sombra es Eddie Redmayne con su papel en “La Chica Danesa”. El ganador del año pasado (interpretando un muy verosímil Stephen Hawkings en “La Teoría del Todo”), vuelve con otro de los personajes que gustan a los votantes, una transformación de género y las complejidades que ello implica. Pero las margaritas vuelan claramente en la dirección de DiCaprio y aunque haya dicho en más de una oportunidad que no hace películas para ganar premios, ha de estar conciente del apoyo multitudinario que inspira su “causa”.

Si bien DiCaprio no es el único en haber sufrido la omisión en los Oscars, cuesta imaginarse el nivel de entusiasmo que esto ha despertado en otros célebres ninguneados (Gary Oldman, Edward Norton, Johnny Deep, entre otros) y es interesante preguntarse por los motivos de esto. ¿Será que Jack Dawson conquistó para siempre los corazones de simplemente todo el mundo? No suena como una idea tan descabellada, siendo “Titanic” una de las películas más populares de la historia. Puede que desde ahí en adelante, DiCaprio se transformara en un paladín de la sociedad occidental, y que cada papel protagónico que realizara fuera sumando a su figura capas y capas de afecto en el inconciente colectivo. Ya como un Romeo adolescente, un falsificador de cheques o un excéntrico millonario en Wall Street, Leo parece hacerlo todo bien, pero no lo suficientemente bien, a ojos de sus pares al menos. Puede que sintamos que hay una deuda imponderable con él desde su primera nominación (como Arnie en “¿A quien ama Gilbert Grape”) y que de alguna extraña forma, es ejemplo de superación y resiliencia en estos tiempos de sombras y simulacros televisados.

Como el chiste del niño Albert Einstein, estamos frente a alguien que no se ha rendido ante la adversidad, que sabemos se trata de una adversidad bastante ficticia, pero que a ojos de la cultura popular, masiva y espectacularizada, emerge como modelo a seguir. Con el triunfo de DiCaprio todos ganamos un poco, con su fracaso todos perdemos. Se ha transformado en un verdadero profeta del siglo XXI, cuya misión consiste en guiar a la humanidad ya no por un camino de espiritualidad trascendental, sino a través de los vaivenes del entretenimiento, el gran culto pagano de nuestro tiempo. ¿Se merece el premio? Hace rato que la cuestión no tiene que ver solo con merecimientos, más bien se trata de esos casos donde la expectación y el morbo se combinan en una delicada mezcla, donde algo que pasa allá lejos y en que nada nos influye, consigue preocupar nuestra atención. Se trata sin dudas de otro ardid más de la sociedad de consumo, pero en ningún caso lo hace menos real, muy por el contrario. El hecho de que aquí en Chile haya una conciente ansiedad por el destino de DiCaprio en los Oscars no hace más que afirmar que, en un páramo plagado de escepticismos, seguimos necesitando a los mal llamados “falsos ídolos” y anhelamos su éxito con un grado no menor de satisfacción personal.

Hoy es Leonardo DiCaprio, mañana será Alexis Sánchez o Gary Medel, y tal vez quién sea pasado. Lo cierto es que no solo por Leo nos desvelamos esta noche. Chile está representado en los Premios de la Academia por la película “Historia de un Oso”, nominada a Mejor Cortometraje Animado. Este, que puede ser el primer Oscar para nuestro país, casi por razones obvias ha causado menos revuelo que DiCaprio. Solo con competir ya es un premio considerable para Gabriel Osorio, director del cortometraje, y para su equipo, considerando la precariedad de nuestra industria. Pero hay sondeos que apuntan alto, y ven a “Historia de un Oso” como un serio contendor. Y si hay que jugársela con un pronóstico, nos la jugamos y decimos que hoy, Chile tiene su primer Oscar.

Si imaginamos una Plaza Italia atiborrada en celebraciones de corte cinematográfico, y le preguntáramos a los asistentes qué los motiva a unirse en tal alegre reunión, no sería raro encontrarse con más adeptos a DiCaprio que a los osos animados, no seamos pesimistas e imaginemos que al menos las preferencias estarían parejas, pero así funciona el mundo, y todavía falta un largo camino para darle el merecido reconocimiento a los productos de la cultura nacional. No caben dudas de que un triunfo de “Historia de un Oso” nos llenaría de orgullo, pero que gane Leonardo DiCaprio nos causará felicidad, pasajera y efímera, pero felicidad de todos modos.



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