Ricardo Meruane: Solamente en Chile

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Lo que pasó con Ricardo Meruane en la última noche del Festival de Viña es alucinante. Mientras lo veíamos no podíamos identificar de qué se trataba todo eso. Algunos lloraron, otros se rieron a carcajadas por la situación absurda y otros trataron de mantener un rostro serio que en algún momento no dio para más, dando paso del aburrimiento al goce. Pero más allá de toda la mezcla de ridículo que fue su presentación, lo que sí se puede concluir es que todo lo que pasó sobre ese escenario, en el público y en las casas de los televidentes habla de códigos, lenguajes y comportamientos profundamente chilenos; diálogos y relaciones a los que sólo siendo parte de esta cultura se pueden acceder. Lo primero que cuesta entender es por qué Meruane pensó que su revancha en la Quinta era efectivamente una revancha en la que tenía que contar los mejores chistes para irse como un triunfador. Cuesta entenderlo porque desde su fracaso rotundo en 2011 a lo único que se dedicó fue a sacarle provecho a su condición de fome, a reforzar la imagen del humorista más fome, creando un docurreality llamado Gracias No Se Molesten y diciendo esa frase incluso en la conferencia de prensa previa a su nueva presentación. O sea, a todos de alguna forma informó que su regreso iba a ser para reírse de que es fome, y que así iba a “triunfar”. Pero no. Nadie le dijo que si entraba con un carrito de supermercado a contar chistes de cinco minutos en los que no era buena la historia ni el remate lo iban a pifiar igual. Nadie le dijo que cómo alguien se va a reír por el chiste del Transantiago en el Plan Auge, una analogía digna de un niño. Nadie lo paró, al leer el guión, y encontrarse con que los trenes en Chile son tan cortos, pero tan cortos, y tan lentos pero tan lentos, que la próxima estación es el invierno. Así está la cosa. Y apostó por su guion íntegro para ganar, tratando de explicar cada chiste con el que nadie se reía, con un ritmo desconcertante, un ritmo que invita a quien lo escucha, a mirarlo y ponerse nervioso. Porque Meruane deja el espacio para estar pendiente de cualquier cosa pero menos del relato de sus historias. Espacio en el que un público que sabía que iba a mirar a un gallo fome, pero igual le da la oportunidad de ver con qué nos va a salir, ya empieza a buscar una forma de decir qué onda. Qué onda el parteador que entró a llevarse el carrito, y qué onda la sandía que le puso en la cabeza haciendo alusión a Di Mondo. ¿Es que Meruane pensó que eso iba a causar gracia? Sí, y eso es lo más impresionante. La gente no lo podía creer y empezó a jugar con lo patético, hasta gozar, pero no queriendo hacerle daño a Meruane, porque a Meruane pese a todo se le quiere. Es como el compañero de curso de cuarto básico que intenta caer bien con un humor estúpido y que al final termina cayendo bien por la pura gana de ser buena onda. Porque lo fome –palabra chilena, según la Rae- también causa gracia y cae bien. Chile tiene un sentido del humor tan híper desarrollado, que el absurdo también entretiene. Por eso la galería empezó a pedir la gaviota, porque fueron más allá de la ironía. No se quisieron burlar pidiendo la gaviota, quisieron unirse en un gesto, en un grito, para pasarla bien con una situación incomprensible. Porque el chileno encuentra el sentido de una situación y la disfruta igual, de la misma forma que tira una talla cuando falla algo en un funeral; y de la misma forma que inventa relatos jocosos en la cárcel, para puro pasar el tiempo y no morir de aburrimiento. Viene Don Omar y lo vamos a esperar, pero antes lo vamos a pasar bien, sean buenos o malos los chistes de Meruane, dijo la gente. Pero para someterse a que daba lo mismo si era fome, alguien debía propiciar una oportunidad. Esa oportunidad la dio Ricardo, porque a lo único que fue al escenario fue a mostrar que es auténtico. Un fome auténtico que quiere que lo pasemos bien. Y cuando Meruane se fue, todos nos quedamos con ganas de aplaudirlo, de abrazarlo y de decirle caballero lo queremos, pero es de un nivel fuera de serie de fome ¿Y si lo abrazáramos su respuesta serían llantos y lamentos? No, porque Meruane no se rinde. Seguirá buscando las fallas de su rutina y, como el tío que en el asao te hace reír con la vigésima versión de un chiste de 1988, va a volver. No lo duden. En cinco años más, Meruane va a volver; y Chile, un país donde los significados viajan en múltiples dimensiones, donde A significa B y Z y todos lo entienden y sacan provecho, va a volver a sentarse para ver qué diablos hará. O quizás, todo esto da lo mismo, porque quizás Meruane lo hizo todo para dejar la imagen de un fracaso rotundo, otra vez, y ahora viajar por Chile ganando plata con su nueva frase “loco, apaga la luz”. Quizás sabe más que nadie que su negocio es ser siempre el fome. Y puede que así también sea, porque en esta Patria cuando se trata de humor, todo puede pasar. Todo. Como ser masacrado por quince mil personas y responder con un: hay más. Porque había más. Pero por ahora, loco, por favor, apaga la luz.




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