Homenaje a la historia de un oso

por Javier Manriquez



Sobre Javier Manriquez

Por Javier Manríquez Piérola

Después de saber la historia detrás, después que los Minions anunciaran su nombre, después que Gabriel Osorio se lo dedicara a su abuelo, después de escuchar Viva Chile en la transmisión de los Oscar, después de todo, y mientras veía el corto por primera vez, me puse a llorar.

Porque uno no puede desligarse de la realidad, o de lo que uno sabe.

Y en este caso, uno sabe que el corto es la historia del abuelo exiliado, que sólo pudo volver a Chile quince años después, cuando su hijo ya había muerto. Que el circo es la dictadura, que esa familia es la de él. Y es imposible no sentir una pena desgarradora con el primer fotograma. Con la música de la cajita de música, que es la música de cuando niños. Con esa pieza donde ya no queda nadie.

Y a pesar que esté inmersa en ella, no se trata de una historia en el  género político; lo que se siente en la película es por sobre todo la mirada cariñosa de un niño hacia su abuelo, imaginando como él los miraba a ellos desde lejos.

No hay mayores juicios en el relato, sino inocencia, por todos lados. Unos hombres malos llegan una noche y se llevan a ese hombre bueno. No sabemos por qué. Y al hombre bueno se le hace demasiado tarde.

En cada imagen se escapa tristeza y cierta forma de empatía.

“Esto se lo dedico a mi abuelo” dijo Gabriel en el teatro Kodak, frente al Cine, que lo aplaudía, cinco años después de empezar con una idea y diez minutos por delante. Esto es para la gente que vivió en el exilio. Para que no vuelva a pasar más. En el fondo, la historia de un oso es una historia movida primero por lo humano, como cuando decimos “el lado humano” de alguien, y nos referimos a su sensibilidad. No por la rabia, ni el odio, ni nada. Es cariño. Un deseo sincero, y quizá por esa sinceridad nos toca a todos.

Yo no quiero que arranquen a nadie mas de su familia y lo dejen solo. A mi abuelo lo tomaron y se lo llevaron. Y quedamos solos. Y él se quedó solo.

Me emociono viendo, por lo que es y por otras cosas, como un gatillo emocional, me acuerdo de ser niño, me acuerdo de lo que soñaba, me acuerdo de mis miedos, de mis juguetes, de lo frágil que era uno cuando chico.

Pienso en ese oso como si existiera, y me duele lo que le pasó, porque sí existe, me duele como si me pasara, como si me quedara solo, me dan ganas de cambiar la historia.

Pero no se puede.

Y la gente sigue sola. Pienso en las historias, en las que nos cuentan, en las que contamos, y pienso que, quizá, cada historia sea una forma de encontrarse. Al menos esta lo es. Una historia triste sobre la gente que inventa historias felices para que la ficción redima de algún modo un recuerdo demasiado injusto para que sea cierto. Y seguir adelante.

Al final nos queda la memoria. Los recuerdos lindos que le ganan a los recuerdos malos. Las manos para construir artefactos que pueden ser otras formas de decir te quiero. El poder contar las historias que importan, que sanan.

“Viva Chile” grita Patricio Escala al final, emocionado, acordándose de este país pequeño y fracturado, que nunca se había ganado un Oscar y que gracias al trabajo de él y de ese equipo puede decir que se ganó el primero. Que vivan ellos. Que viva esa historia. Que no se nos olvide.

 




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