Los osos existen

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Los osos existen. Están viejos. Usan chalequitos con rayas y pantalones de tela. Van a comprar el diario y se sientan en la plaza la mañana de los domingos en pueblos retirados. Usan salidas de cancha y juegan a la pelota, a veces. Están en las marchas vendiendo El Siglo, chapitas de Salvador Allende, banderas rojas y otras mapuche. Algunos tienen el pelo largo y se visten como niños. A veces dicen palabras en alemán o francés, porque les cuesta encontrar cómo se dicen algunas cosas en español. Lo olvidaron hace treinta años. Escuchan Vuelvo del Inti Illimani y se ponen a llorar. Tienen cassettes de Illapu y tienen muchos amigos. Músicos, profesores. Los saludan en la calle y se quedan media hora conversando. Artesanos, también. Los nietos se aburren de sus historias en la embajada de Italia, saltando una reja, escondiéndose en autos, perdiéndose en potreros de 1974. Los osos existen también en universidades, con canas tapando cabezas enteras entre cabros de veinte años. Estudiaron viejos porque les llegó una beca Valech. Muchos no terminan, no se acostumbran, se aburren. Otros sí y escriben libros, sobre ellos y sus nietos. Sobre sueños que todavía tienen en gorras que no pasan de moda. Los osos están en Maipú, en Peñalolén y en Curanilahue. También los hay en Chiloé. Unos pusieron almacenes, otros entraron a municipalidades, pero cuando hay marcha, faltan a la pega. Se pegan una arrancadita y se envuelven en carteles con letras desordenadas y faltas de ortografía. No más AFP. Los abuelitos apoyamos a los estudiantes, dicen, de la mano, los que pueden. Otros están solos, arrugados, negros de sol, tristes, porque esto no es como antes. Otros trabajan en radios, caminan despacito, pero saludan a todos, siempre. Estuvieron en Suecia, México y España, pero son chilenos. Cuando se mueren, esos viejos se van en cajones cubiertos de consignas. Sus amigos los despiden con el puño en alto (ya apenas los levantan) y casi nunca piden cura, sacerdote. La mayoría no cree en Dios. Cree en las personas. Sus nietos les ponen canciones de Manuel García. Algunos les tocan sus guitarras y les escriben cartas que se secan en los nichos.

Algunos osos son mujeres. Son osas. Tienen noventa años y a veces caen al hospital. Salen siempre, con una sonrisa. Saben que no van a encontrar a sus familiares, lo más probable, pero no le creen a lo que saben. Van a morir luchando, buscando, contagiando una fe que lo único que quiere es ganarle al olvido. Pero ya le ganaron. Ellas saben que le ganaron. Porque están viviendo gracias a un recuerdo que pide justicia. Aquí. Ahora. Una justicia que todavía no llega, pero que llegará mientras otros que también tengan memoria, más adelante, en varias decenas de años, no dejen de reír. Porque en esa sonrisa no sólo vivirán ellas y sus recuerdos. Vivirán todos los que no pudieron sonreír, los que no sobrevivieron, los que se suicidaron, los que se murieron jóvenes, en la amargura, en lo oscuro, lejos. Los que no se convirtieron en osos.

Los osos, como ese de apellido Osorio que conmovió al mundo en el corto que ganó el Oscar, son los exiliados viejos, las abuelas de mayo, las que bailaron la cueca sola. Es Ana González, es el vecino que entró a estudiar en el vespertino de la Ucinf. Es Cecilia Radrigán, dirigenta del MIR, hermana de un Detenido Desaparecido. Es el abuelo de un compañero de la U que tiene la piel dura, áspera, pero una cara noble. Es Sergio Buschmann caminando por los cerros de Valparaíso con carcajadas que despiertan mañanas. Es el concejal de Futrono que sigue creyendo en la política. Es el que hace como que se olvidó de todo, pero se toma unos vinitos y canta la marsellesa. Es Sola Sierra y Viviana Díaz con caritas colgando de su pecho, en cartones de negro y blanco. Son todos los que se fueron, escupidos, a tierras extrañas, a hablar lenguas que no querían, a vestir de invierno cuando querían veranos. A pedir permiso para vivir, hasta volver y seguir, acomodándose de nuevo a ser chilenos, hasta morir, aquí, mostrando a quienes puedan la cajita que muestra sus vidas, como si fueran los organilleros perdidos de una esquina fría, esperando aún que se caliente, con cariño, con abrazos, con justicia, con piedad. Con la bondad que siempre quisieron para Chile. La bondad que siempre tienen los niños.




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