Me enamoré de un machista (hueca versión)

por Felipe Vega Leiva



Sobre Felipe Vega Leiva

Por Felipe S. Vega-Leiva

El colegio era el Alicante, insigne emblema de la educación de mercado que partió en esos años como un proyecto de poca fe en la circunvalación Américo Vespucio poniente cuando todavía pasaban los micros amarillas. Entonces, yo que usaba pantalón gris sueltísimo (porque temía decirle a mi madre que quería pitillos) lo miraba desde mi sala de clases. Fue mi primer amor.

Ya había besado a un par de muchachos en esos años en que el Parque Forestal se llenaba de tribus urbanas, de calcetas y poleras rayadas, de corsés sobre la camisa, uñas pintadas y casquillas de Brian Molko que por supuesto, como toda estética mariconera, pasó en breve tiempo a cautivar a los washiturros de nuestra patria.

Entonces, él se escapaba de la sala de cuarto medio privilegiadamente ubicada en el tercer piso, yo lo veía salir y pedía permiso para ir al baño. Yo aún iba en tercero, y en el baño del colegio nos besábamos y algo más. Nos seguíamos besando y algo más.

La moda para nosotrxs dejó de ser el disfraz pokemón, las patillas harcoritas y el brit pop. Para nuestra generación, Yingo era un kitsch contemporáneo que todxs igualmente (re)conocíamos con cierta suspicacia, cuando dejamos de emborracharnos con el uniforme a cuestas cantábamos karaokes de nuestros contemporáneos Harcorito y Kneza. Entramos a la universidad, y ahí empecé a evidenciarlo: me había enamorado de un machista.

Me negó con su madre y sus hermanos. Me negó cariños porque no eran de hombres; me negó la mano porque maleducábamos a lxs niñxs de la calle, porque era mal ejemplo, porque no era misión nuestra decirle a esos polluelos que el amor entre dos hombres es real y cotidiano. Me negó un beso –y un baile, y una caricia, e incluso una conversación– en una fiesta de su facultad porque carreteaba ahí uno de sus profesores poco mayor que nosotrxs, y que algún día en el futuro podría darle pega (según él), y por supuesto, que estos maricones locas no debían ser visibles.

Fuimos a la playa cuando yo recién era un bebé adolescente pasando a duras penas a cuarto medio, y su cara fue terrible cuando le dije “mi amor”. Sus amigxs por cierto (amigxs míxs aún) recuerdan con nostalgia el trato vejatorio que tenía ese profeta de la masculinidad. Sumándose incluso a la burla de mi mano chueca y mi voz cantadita, para en la noche amarme a escondidas. Omitiré entre estas líneas el dolor de su voz al enojarse, al gritarme, al golpear la pared; omitiré en este texto las vez que terminamos a golpes bajo la Torre Telefónica. No siento que sólo la violencia física sea menester para dar cuenta del machismo en una relación, que no es sino un trato dispar, una lucha de poder, una inecuación peligrosa, un flagelo al amor donde él era quien mandaba, y yo su peón obediente.

Aseguraba que ser gay no tenía que ver con ser femenino. Y me dejó de hablar por un día completo cuando insinué que su caminar tenía un mariposón frenesí. Le gusta competir por el tamaño del pene, y burlarse de quienes solo follaban recibiendo amores, valga decir, ese extraño estereotipo que la televisión y el mercado alimentaron, ese maricón bien hombre que no duda segundo alguno en distanciar su identidad de las colas indómitas.

Me aburría en los bailes universitarios porque quería bailar con él, que me hiciera ese paso tipo Lucho Jara que tanto le gustaba hacer moviéndole la pelvis a sus compañeras. Me puse celoso de ellas rodeándole con amor universitario, porque él era maricón, pero no se le notaba, era fleto pero bien hombre, tanto así que las besaba. Me encelé de ellas, y caí mal, lo besaban noche a noche y él era el gigoló marimacho que se las comía a vista y paciencia mía… aún no entraba yo en las líneas del amor libre, y sólo pregonaba en esos años lo bello que era una vida en pareja monógama, aunque detrás de la puerta, cuando nadie oyera, su voz de hombre me haría trizas el corazón.

Ese mismo año pasó que lo esperé en el metro por horas para una cita que tendríamos, pero él llegó con la tropa de compañeras y ñoños zorrones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, y fui arrastrado a un doloroso brindis en la Piojera donde los “Hijos  de Bello” se celebraban a sí mismos por ser mejores que otros, que otros como yo. (No les importaba la carrera que estudiaba, aseguraron, estaban en la Chile, y en Medicina. ¡Salú!)

Debí haberlo presagiado desde hacía años. Desde que en el Almagro, un día me dijo: cuando estemos con mis amigos, haremos como que yo soy el hombre. Si quieres cuando estemos con tus amigos puedo yo ser como la mujer. Un par de horas después corríamos de los nazis.

Me enamoré por años de la violencia patriarcal. De su manera despectiva de tratar a otras maricas. De creerse hombre y discriminar a los homosexuales que le rodeaban con gestos femeninos. Me enamoré de una relación desigual, estereotípica y normada; violenta por lo demás. Antes de que termináramos, él ya andaba con otro.

Terminamos el 2011.

Cuando volví a hablar con él me puse nervioso. Me dijo que se había titulado y que era el mejor de su universidad, que en la colonia donde ayudaban a los pobres con su profesión bella él era el más reconocido y conocedor de la materia. Supe que trató así mismo al rucio muchacho que me reemplazó antes de haberle hecho bajar de peso para presentarle por fin a su madre un digno joven con que afrontar su homosexualidad de corazón partío.

Un par de palabras y me di cuenta que aquello a lo que el feminismo me enseñó a luchar estaba todavía en él.




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