Longueira, el más grosero de todos

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Como el de un títere, un peón de hacienda, un conscripto en el servicio militar, o hasta un esclavo. Así se podría calificar el comportamiento de Pablo Longueira para realizar la Gran Estafa de Soquimich al Estado chileno en la redacción de un artículo de la Ley de Royalty, que le ahorrará a Ponce Lerou cientos de millones de dólares de aquí al 2025. Como senador, el líder de la UDI recibía correos del Gobierno, se los reenviaba al gerente general de SQM, Patricio Contesse, y éste a punta de tallas internas y coqueterías le respondía que no, que así no podía ser la Ley, que a su empresa no le podían subir los impuestos después de la reconstrucción del terremoto –como decía el proyecto original del Gobierno de Piñera-, que tenían que congelárselos hasta el 2025, para quedar con los mismos beneficios de las empresas extranjeras. Y Longueira a todo decía que sí.

Pero a Longueira no se le puede calificar como un títere, o un esclavo, o un peón de Hacienda; porque su retribución no eran fichas para comprar un kilo de arroz, un desayuno que lo mantuviera en pie, o un techo y abrigo para su familia. La retribución era plata: $730 millones recibidos por sus cercanos a través de boletas ideológicamente falsas, mientras era senador, mientras era ministro de Economía –cargo bajo el cual se firmaron los beneficios para SQM Salar y SQM Nitratos- y mientras era precandidato presidencial. Entonces, lo que queda de Longueira no es más que la imagen de un grosero, un ordinario, un ladrón de los de menor monta. Porque es tan normal en su concepción de la vida el hacer favores a amigos de tantos años, que ni siquiera se molestó en juntarse con Contesse en un restaurant privado para luego tirar los computadores del delito en un canal, a la usanza de los coludidos del confort. No, para Longueira bastaba recibir correos en formato de carta y sólo firmarlos. Eso hizo con la redacción del artículo del proyecto de Ley que finalmente se terminó aprobando y que –según develó Ciper- fue enviado por Contesse con un espacio en blanco en la parte de “Estimado:” para que Longueira se lo mandara a Golborne –ministro de Minería-, Piñera, o a quien quisiera, sin siquiera leerlo.

Nunca más le digamos a Longueira funcionario de SQM como insulto. Ni peón y ni siquiera esclavo. Por respeto a los funcionarios decentes y probos del país, y por la dignidad de los que sin tener otra opción frente a la vida tuvieron que sufrir la condición de ser propiedad de otras personas. Longueira no fue eso. Lo que sí fue es todas las definiciones que se pueden encontrar para un grosero: “De mal gusto”, reenviando correos sin leer. “Carente de educación y delicadeza”, pasándose a ministro para, ahora bajo otra investidura, seguir sirviendo a quien le pagaba cientos de millones por debajo de la mesa. “Sin refinar. Evidente”, al responder a las pruebas publicadas por los medios con una columna en que acusa que lo que está pasando en este país es un terrible ataque a los políticos. “Me duele ver a los dirigentes políticos ser tratados como delincuentes”, dijo. Bueno, el cohecho es un delito. Y el cohecho no es más que dictaminar el camino de algo mediante sobornos. Aquí ni siquiera hay que escudriñar, urdir, sumar o restar. Porque Longueira lo hizo todo tan evidente. Tan grosero. A Soquimich, después de hacer un “esforzado” aporte tras el terremoto (con una utilidad que en 2010 creció en un 27%, llegando a $1800 millones de dólares), le volvieron a reducir su carga tributaria en 2013, y gracias a Longueira, se le aseguró que ninguna reforma tributaria los va a tocar hasta el 2025. Nunca van a pagar más del 5% de sus utilidades, en vez de aplicársele el alza del impuesto a la minería que varía según el margen operacional, entre 5% y 14%. Todo gracias a una red inmensa de protección que encuentra en Longueira su expresión más rústica, más grosera. Todo por 730 millones de pesos que terminaron perdiéndose en viajes con barba de diez días, después de colapsos políticos y nerviosos decantados en una depresión, quizás provocada por tantas culpas inexpugnables. Todo por $730 millones financiando una forma de hacer política que sólo es calificada como la de un hombre de Estado por referentes como José Miguel Insulza, socio de tantas proezas para Chile: como traer de vuelta a Pinochet de Londres, como la creación de un Tribunal de Defensa de la Libre Competencia que sacó de cuajo la cárcel para empresarios coludidos. Como la defensa corporativa de un matrimonio sucio y nervioso entre los representantes populares y los operadores de una economía en la que sólo algunos ganan, llenando bolsillos con la invención de peguitas y asesorías nunca hechas. Así se hizo lo que somos, de una forma tan grosera, por rostros tan groseros como el de Longueira, el más grosero de todos. El que decidió, por pura voluntad, ser propiedad de otros.




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