Homenaje: Salazar, sin rueditas en la bici y nada de que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”

por Virginia Gutierrez



Sobre Virginia Gutierrez

Por Virginia Gutierrez

Esta es una historia que parte conmigo, pero no se trata de mí.

Uno se juega la vida a veces sin saberlo. Yo me la he jugado exactamente cinco veces y siempre por amor. Una por amor de Eros, dos por amor a mí, una por amor a mi hermana, otra por ágape, el amor por los otros que son yo también. Una vez traté de jugármela por los afiliados a FONASA, por el hecho absurdo de que los maridos pueden tener a sus esposas de carga, pero las mujeres a sus esposos, no. Me dijeron que eso cambiaría cuando se aprobara el acuerdo de unión civil (que, dicho sea de paso, me parece poco: homologuemos todos los derechos de una buena vez y que se casen los que quieran, concubinen otros, se unan civilmente varios, maraqueen los que eso prefieran). No pasó. Entonces, para mí, empezó esto.

Furia, pena, pensar: a mí ya no me afecta, pero a otros sí, a otras, cuántas familias. Qué hacer: con quién hablar de esto.
Escribí. Les escribí a toditos nuestros representantes del Congreso de las comisiones del trabajo y la salud, porque esa normativa es del ministerio de trabajo, pero afecta la salud de todos.
Solo me contestaron los comandos de Boric y Jackson. Me contestaron las asesoras legales de los dos: dos tremendas mujeres, dos feministas, más jóvenes que yo, más inteligentes, veteranas del movimiento estudiantil que me limité a seguir de lejos, con una ética y consistencia que dejan chicos a cualquiera. Una de ellas es Andrea Salazar.
Andrea Salazar entendió de una, antes de que yo terminara de contar, que como feminista es inaceptable ver que FONASA perjudica a los hombres de la forma que lo hace. Nos juntamos para un café, hablamos por cinco, conversamos de feminismo, vinos, política, problemas sociales, derechos LGBT, el conflicto chileno-mapuche en el sur, los terremotos en el norte, la diferencia de sueldo, el acoso callejero, el hecho de que ninguno de los dos últimos problemas se va a acabar si no eliminamos la violencia que subyace todo. Esa violencia se traduce en los carabineros tan sobrepasados que llegan 45 minutos después, comisaría a media cuadra del hecho, a una llamada por maltrato doméstico. No hay denuncias a menos que haya fractura expuesta, vemos cien minutos de fútbol en las noticias cuando los femicidios son tantos más que los  goles, soñamos con terminar el patriarcado por amor a hombres y mujeres y vemos a Hasbún en la tele decir cosas tan absurdas sobre el aborto que el medioevo se hace entrañable. Me di cuenta otra vez de algo que sé, pero me da pena y por eso me olvido: los que no crecieron en dictadura tienen menos susto, la palabra neoliberalismo es el cuco, pero no el cuco rey que era para mí, sino algo que puede y tiene que ser desafiado.
No soy fan de asopaos escribiendo sobre gente en política. Esto no es como el poema de Neruda a Stalin, no es el de Zurita a Lagos (perdón, Zurita, pero la anduviste cagando ahí). Salazar no tiene poder ni lucas, yo no me ganaré una beca para ninguna cosa. Solo sé, sabemos, que se necesita alguien en primera línea, en este caso en la dirección ejecutiva, preocupado/a de temas que cuentan y sabiendo qué hacer sobre ellos. No es “ya no más pobreza no más violencia gratuidad en salud lalala.” Salazar tiene proyectos concretos. Esto que escribo no sirve de nada si no consigue el espacio para hacerlos. El espacio que pide es tan chico, pero lo que quiere es grande: autonomía. Sin rueditas chicas, sin tener que explicar con peras y manzanas o en cetáceo por qué es malo el patriarcado (gracias, Valdebenitos) ni el neoliberalismo (gracias, Naomi Klein). Con toda la fuerza, como Harry Potter a los once años empujando su carrito hacia una estación de tren que solo existe cuando se atreve a chocar contra la entrada.



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