Repudio al nuevo logo de la UDI

por Matilde Mendez



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Por Matilde Méndez

“La hueá horrible”, fue lo primero que muchos pensamos al ver el nuevo “logo” que el partido más conservador de Chile presentó este sábado en sociedad, al finalizar su mediatizada convención programática, con el objetivo de renovar su imagen, poniendo fin al característico “Udi popular” que los representó desde el 2005 a la fecha. Esto había sido anticipado a mediados de febrero provocando la reacción jocosa e incrédula de la ciudadanía.

En una fecha donde varios partidos desarrollan procesos de elecciones internas, congresos y convenciones de cara a las municipales, cobra sentido que la tienda fundada por Jaime Guzmán y Pablo Longueira en 1983 tratara de realizar una autocrítica por los diversos escándalos de corrupción y constantes atentados contra la dignidad e inteligencia de nuestro pueblo. Sin embargo, a la par que declaraban un “nunca más” en temas de corrupción y violaciones a los derechos humanos –ambas cosas casi imposibles de creer-, se develaba una maniobra tan maquiavélica como burda: su cambio de imagen era radical y, a pesar de sus intenciones, nos dice mucho sobre la UDI que ya conocemos.

Antes de realizar un análisis más profundo de la nueva imagen corporativa, es necesario establecer la pobrísima calidad de su construcción, calificada por entendidos en el tema como “irregular, con problemas en la alineación y ajustes de los espacios blancos entre los elementos”. Otra de las personas consultadas en la búsqueda de una explicación a lo que contemplaban mis ojos, fue categórica al condenar el trabajo como “peor que una entrega de primer año”. Sin duda el mundo del diseño gráfico se encuentra profundamente ofendido por esta afrenta a la disciplina, nacida en el siglo XX como un intento de racionalizar la comunicación visual.

Si tratamos de reconstruir hipotéticamente la historia del encargo de este logo a partir de su resultado, no podemos sino imaginar el diagnóstico terminal que la Udi popular trataba de revertir: en primer lugar, realmente necesitaban un cambio de nombre, para dejar de ser la vapuleada Udi, para que esas siglas desaparecieran del mapa político, para dejar de sonar como nombre de unidad de cuidados intensivos, para dejar de sonar como nombre de vieja sapa. Por otro lado, necesitaban algo que transmitiera transparencia, probidad, confianza y decisión. Es decir, necesitaban hacer desaparecer –“en eso tenemos experiencia”, dijeron para sí- todo cuanto en verdad son, y crear la ilusión de lo que nunca van a ser. Hay quienes tratan de usar el diseño para hacer eso; aunque en este caso, de diseño hay poco y nada.

“Helvética” fue la solución de manual que alguien ofreció ante el desesperado llamado de la Udi. Una característica tipografía “palo seco”, es decir, sin ornamentos, y concebida como “neutral” y carente de expresión (hay un documental entero dedicado a ella). Para muchos, una opción por defecto. Sin embargo, más allá de los principios que rigen a este tipo de letra, la historia se encargó de asociarla a la identidad de grandes corporaciones estadounidenses y transnacionales de todo tipo. Su uso en cursiva resulta un discurso ambiguo, a medio camino entre el movimiento y el derrumbe.

Sin embargo, de todo lo descrito lo que más sorprende es la patente incoherencia de los cuadraditos de colores: destinados a “resaltar la unidad, la que tiene sentido cuando hay diversidad”, en palabras del Secretario General de la UDI, Guillermo Ramírez, el mensaje que subyace, de fragmentación y aislamiento, contrasta con otros ejemplos obvios, como lo es el famoso arcoíris del NO.

En síntesis, no parece posible que un diseñador o diseñadora se haya tomado en serio el trabajo de crear la nueva imagen corporativa de la Udi. No obstante, aun existe un mensaje, y se trata de exponer aquella idea brutal de que es posible engañar a las personas. Porque cuando nos dicen que ellos son “Unión para trabajar por la clase media”, todos nos preguntamos si acaso ahora apoyarán el fin al endeudamiento estudiantil, si acaso estarán de acuerdo con otorgar derechos a las y los trabajadores –aquella “clase media” empobrecida aun teniendo trabajo estable-, o si de pronto se les pasó por la mente poner fin a las AFPs, que se roban cada año el fruto del esfuerzo de millones de chilenos y chilenas, gracias al sistema de pensiones establecido por la dictadura, bajo el todopoderoso principio de subsidiariedad, el que han mantenido intacto en su declaración de principios, y que ha sobrevivido a cuatro logos distintos.




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