Los padres del fútbol

por Javier Manriquez



Sobre Javier Manriquez

Por Javier Manriquez Piérola

Como si O’Higgins nos hubiera heredado algún tipo de carencia ya inseparable a estas alturas, a veces pareciera que algo le pasa a Chile que está siempre como buscando un papá. En el Estado, en Dios o en cualquiera de sus encarnaciones, en el deporte, en fin, se repite: la búsqueda por una figura fuerte y severa a la que querer o contra la cual rebelarse.

Quizá algo nos pase justo a nosotros más que al resto, que de otra forma no se explica esa incapacidad que tenemos para hacer ídolos, esa propensión al juicio, ese respeto al orden, esa rabia contenida, esa inseguridad, ese respeto por el rol paterno calado en lo más hondo de nuestra tradición moral.

Imposible endiosar a Marcelo Ríos, entonces, si a pesar de su talento descriteriado está loco. Todo bien con el Chino, pero la opinión pública valora más aquellos en la senda de lo correcto. Los Tomás González. Los Fernando González. (Algo hay con los González).

Y en ese sentido es bonito el fútbol porque aúna a millones de personas desde sus instintos más íntimos, encausándolos. Y puede pasar que los miedos del fútbol sean también los miedos de otra cosa.

El miedo a la deriva, por ejemplo, el miedo a la fragilidad.

Quizá por eso se hable de tantas paternidades simbólicas, de tantos hijos adoptivos y eternos, de toda esta cultura tribal, de reglas, de lealtades, de aguante, de identidad, de pertenencia.

Quizá de eso también se trate el juicio que le hicimos a Jorge Sampaoli, que llegó a Chile desde el otro O’Higgins, el Capo de Provincia, y que, como esa primera figura paterna patria, desapareció antes de lo esperado. Y a lo mejor de ahí mismo viene el amor por Marcelo Bielsa, y la inquietud que genera ahora el nuevo director técnico de la Selección, Juan Antonio Pizzi.

Porque quizá, el Director Técnico de la Selección chilena de fútbol no sea un director técnico, sino un papá. O eso sea lo que queremos.

“No puedo ni quiero seguir”, declaraba muy sentimentalmente Sampaoli hace un tiempo, como el rebelde inclaudicable que quiere ser. Inquieto, obseso, nos llevó a ser los mejores de América, estuvo a cargo cuando Chile le ganó al campeón del Mundo.

Pero después Jorge ya no quiso estar aquí y nos dolió como el niño que no sabe qué sentir frente a ese hombre que ama y que aparece con intermitencia. Ese tipo encantador al que la vida de pareja nunca le vino bien. Y que se fue. Y lo odiamos. Lo queremos, cómo no, y lo odiamos.

¿Seguiremos siendo igual de buenos para la pelota ahora que se fue Sampaoli? Ya nos pasó una vez, después de Bielsa, que Borghi propuso otra cosa y así nos fue. Nos dio libertad y no la supimos aprovechar. Penaba en Juan Pinto Durán el fantasma de la indisciplina hasta que llegó el “Hombrecito” a enrielarlo todo.

Es como si no se tratara del fondo, sino de la forma. No es que seamos buenos: es que nos hacen jugar bien. Como Nicolás Massú, somos un jugador malo que pasó por un muy buen momento. Pero en el fondo somos malos.

¿A qué juega Pizzi? Pareciera amar menos el vértigo en virtud del pragmatismo, pareciera ser más ingeniero y menos poeta, más Salah y menos Jadue.

Si con Bielsa los niños se criaron en el rigor, si con Borghi se relajaron, si con Sampaoli volvieron a la intensidad hasta llegar incluso a la soberbia, ¿qué pasará ahora? ¿Cambiará el rumbo, cambiaremos todos?

Se están cambiando las reglas, se están creando nuevas reglas. Colo Colo y la ANFP trabajan cada uno en códigos disciplinarios internos. Para controlar y prevenir. Para que no nos golee Argentina.

Algo pasa con nuestra autoestima. Somos campeones, tenemos jugadores en las mejores ligas y en los mejores equipos. Esta generación viene jugando bien desde el Mundial juvenil, en 2007, cuando en el aeropuerto decían que iban a ser campeones del mundo, porque si no era para ganarlo, mejor no viajaban.

Y aunque se les criticó, casi lo logran, de no ser por ese partido ingrato contra Argentina y esa patada maldita que no llegó a ser de Gary Medel.

Después vino el Profe, todo lo demás y aquí estamos todavía.

Dudando. Con una sensación extraña. Como de incertidumbre. Expectantes. Como si de pronto cobrara otro sentido esa arenga mítica de Luis María Bonini a Humberto Suazo en el túnel del Centenario en Uruguay, segundos antes de salir a esa cancha donde Chile nunca pudo ganar: “te quiero ver, Papá”.

Puede, como diría Freud, que ya sea tiempo de matarlo, de una vez por todas.

 




1 comentario sobre “Los padres del fútbol”