Jorge Burgos, la fiera infiltrada

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Jorge Burgos está obligado en el Gobierno, haciendo un permanente sacrificio. Es una entrega casi religiosa, una cruz que debe cargar, porque sin él son muchos los que pierden las esperanzas. Jorge Burgos no quiere ser Ministro del Interior de este Gobierno. No cree en el programa, dice por la prensa que en la despenalización del aborto en caso de violación “estaría en un momento de duda”, declara que la Presidenta casi tuvo que arrodillarse para que aceptara el cargo, renuncia cuando no lo invitan a un viaje al sur, y se toma vacaciones justo cuando la Presidenta vuelve de las suyas convocando al primer consejo de Gabinete del año, para fijar la línea de trabajo con que espera por fin salir del hoyo en el que lleva más de un año, hundiéndose.

Pero a Jorge Burgos todo esto no le importa. No haber estado en ese primer consejo de Gabinete del año, no le importa. Las críticas le resbalan, “las intrigas” –como él entiende las acusaciones a la desprolijidad de sus palabras- le importan “un comino”; porque sabe que su tarea al mando del club no es captar más hinchas y simpatías, no es hacer check a la lista de reformas y proyectos de Ley que están sobre la mesa que encontró cuando, suplicado, tuvo que cambiarse de Defensa a La Moneda para hacer el apostolado. Su tarea no es otra que resistir, trancar, direccionar lo más posible el cariz progresista de ciertos proyectos hacia los valores conservadores que piden con urgencia ser resguardados. De otra forma no se entiende que el Ministro del Interior, el encargado de limar las tensiones que provoca en una coalición diversa el tema del aborto, sea el que las exacerbe. No se entiende que el que debe ordenar, mantener la armonía lo más firme posible para que un proyecto de Ley no sea un parto, sea el que desordene. Es que Jorge Burgos busca eso, desordenar, dar la imagen de que el Gobierno no sabe lo que quiere, de que al gobierno le da lo mismo si su Ley sale exitosa en un cien o un setenta por ciento. Jorge Burgos apuesta por que este gobierno sea un parto, un parto inducido, como dijo cuando anunció la salida de Cristián Riquelme, bypasseando a todos los partidos con los que se había acordado zanjar una salida lo menos traumática posible. Pero ahí estaba Burgos, apostando por el drama, con esa mueca que expresa entre soberbia y desdén, queriendo decirnos que todo le da lo mismo, que él está ahí porque lo pusieron, que él no cree en nada, que se quiere puro ir para la casa, en bicicleta, pero que su compromiso con algo no lo deja.

¿Con quién es su compromiso? Cabe preguntarse, entonces. Con la agenda del Gobierno, no. Si no, no dice que no tenía idea que afuera de su oficina golpearon a mansalva a mujeres que fueron a protestar por los femicidios en el país, siendo que el propio Sernam sacó una declaración horas después condenando los hechos. Si no, no dice en los mismos pasillos donde hace semanas se promulgó la nueva subsecretaría de Derechos Humanos como un hito histórico en el reconocimiento del tema, que Arellano Stark “era una persona que estaba muy enferma” y que sus familiares deben estar sufriendo. Eso, casi un consuelo a un criminal, en lugar de una condena a su legado marcado con sangre y cuervo. Si no, no abre La Moneda a un grupo de camioneros que llega con una actitud seudo golpista a tocarle la bocina a su casa, luego de cortar todas las rutas, convirtiendo la Plaza de la Ciudadanía en trincheras de combate. Si no, no responde frente a los presuntos delitos de Longueira que “no puedo hacer comentarios a favor o en contra de las personas”, después de que su vocero condenara la forma de hacer política del acusado de cohecho.

Ricardo Lagos dijo en entrevista con ADN que no creía que la forma de actuar de Burgos sea una provocación o un exabrupto. Lo blindó, defendió su estilo de obstrucción a un plan en marcha, un plan que ideó una transformación del país y que se está tratando de llevar a la práctica en una selva llena de fieras. Fieras propias, ajenas; errores y cobardías nacidas desde el seno. Fieras declaradas –familia Walker y Andrés Zaldívar- y fieras provocadoras. Quizás Burgos no es ninguna de esas, porque Burgos es un zigzagueante, un político de escuela que sabe de qué se trata el juego. Lo aprendió en “La oficina”. Un político que juega a ocultarse, a desviar la atención, a que no pueda identificarse por qué está donde está y qué es lo que quiere. Un político que devino en Ministro, y que ya no puede dejar de serlo, porque las fieras declaradas, los Walker y Gutenberg Martínez, ya le han dicho que es un indispensable, que si se va, la confabulación de la traición se termina, muere, se extingue, se debilita. Ya le han hecho saber, frente a su indecisión y hastío por el cargo, que él también es una fiera, pero una fiera distinta. Una que a veces es de “nosotros” y otras veces es ajeno, una fiera a la que no se sabe cómo recibir, porque temprano te invita a comer para pedirte el voto sobre algo, pero en la tarde te dice, en otro lenguaje, en otro código, que lo que te dijo en el almuerzo es precisamente lo que no hay que hacer. Ya le han hecho saber que él no es otra cosa que la fiera infiltrada, la elegida, la irreemplazable, la que va a tener que saber morir entre los “buenos” y los “malos”, en su inefable campo de batalla.




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