Homenaje a Betty, la fea: El triunfo del riesgo

por Bruno Córdova



Sobre Bruno Córdova

Por Bruno Córdova

Yo soy Betty, la fea es la telenovela más grande que se ha escrito en todos los tiempos. La más grande. No hay más. La trilogía de las Marías de Thalía pudo ofrecer historias tan divertidas como inverosímiles, pero no era una trilogía grandiosa. A Cuna de lobos, le faltó globalización. Romané es lo más grande, pero para nuestras humildes fronteras. Y Avenida Brasil es buena, muy buena, pero no está en la cima.

Betty es perfecta. Su lata original fue transmitida en la mayoría de los países del mundo. Asimismo, es la telenovela con mayor número de adaptaciones en la historia. Su éxito fue simultáneo en Latinoamérica: todos los países sudamericanos transmitieron esta historia con poco desfase de tiempo. Antes del internet y las transmisiones por streaming, los países del cono sur disfrutábamos sin mucho campo para el spoiler de esta obra maestra nacida en Colombia.

¿Por qué era la telenovela perfecta? Porque tenía riesgo. Porque se produjo con un presupuesto modesto, a puro cartón pintado, como las primeras telenovelas a color, y con un elenco de actores que no pertenecía a la primera línea del arte dramático colombiano. Porque podía ocurrir una semana de telenovela alternándose el set de la sala de juntas con el del corredor de las secretarias y la pobreza de recursos lograba ser disimulada con la riqueza de sus libretos: en Betty, había escenas que podían extenderse por diez minutos que se sostenían con tensión teatral sin relleno ninguno, pues cada movimiento en la trama estaba fríamente calculado.

Esto último era obra y milagro de Fernando Gaitán, una de las máximas plumas de la teledramaturgia latinoamericana, héroe experto en telenovelas de romances de compañeros de trabajo, fuera en los cafetales, como Café con aroma de mujer, o fuera en una automotora, como Hasta que la plata nos separe; esta última trama, más conocida en nuestras fronteras por su versión mexicana, protagonizada por el cantante Pedro Fernández y la célebre («¿qué haces besando a la lisiada?») Itatí Cantoral.

Gaitán escribió Betty pensando el corredor de secretarias de los pasillos de RCN, la productora (actualmente, canal de televisión) donde ha trabajado la mayor parte de su carrera. Gaitán pensaba en cómo se veía el glamour desde afuera, desde la gente que está ajena al glamour. Y esa idea la sintetizó en el personaje de Beatriz Aurora Pinzón Solano, cuya fealdad solo era funcional a la falta de glamour que Gaitán buscaba representar en Ecomoda. No era fea por vocación, no era fea de nacimiento: era fea por circunstancias, por estar alejada de la mano del glamour.

Betty es la niña de los ojos de Hermes Pinzón Galarza, un contador desempleado que dedicó su vida a transformar a Betty en su mejor versión. Es economista y hábil contadora. En teoría, está hecha para administrar una empresa, pero nadie le quiere dar trabajo por no verse bella ni presentable.

Ella entra a Ecomoda y es confinada lejos del glamour de una firma de modas: está instalada en una bodega detrás de la oficina de la presidencia de la empresa, escondida de la belleza y prestancia que requiere el presidente de una empresa de modas; para ese adorno, se encargará Patricia Fernández, la Peliteñida, la niña mimada que conoció los lujos de la clase alta al entrar a una universidad (aparentemente) privada, en donde logró cazar a un hombre rico, un tal Mauricio Brickman, con quien estuvo casada luego de haber estudiado seis semestres de finanzas.

Betty comparte el no glamour con las demás secretarias del corredor. Ellas se hacen llamar «el cuartel de las feas». Pero no precisamente son feas, sino que llevan vidas alejadas del (perdón por usar tantas veces la palabra) glamour. Ninguna es la mujer deseable para el hombre promedio. Están Inesita, que no es secretaria, sino una modista veterana; también Sofía, cuya vida entró en resentimiento luego de que su marido la cambiara por una joven modelo de tallaje; Berta, la más feliz del grupo, quien disfruta de la comida tanto como de su marido y de su embarazo; Sandra, bonita, pero desaliñada, a la vez que demasiado jirafona para los complejos de estatura de un hombre promedio; Mariana, igualmente bonita, pero debe enfrentar el racismo solapado en el sobrenombre que le dicen, Carboncillo; finalmente, Aura María, la más hermosa de todas, sensual, joven, divertida, pero madre soltera de un niño crecido y eso espanta al hombre conservador que aún desea una figura virginal a quien cortejar.

Pero el destino de ellas no varía demasiado a lo largo de la trama. Sus vidas se mantienen estáticas, al servicio de la comedia. Según la teoría, el personaje de humor no debe ofrecer arco dramático. El personaje del drama sí puede arquear, pues en él hay un aprendizaje desde el detonante dramático hasta el nuevo orden que se arma en el desenlace. El personaje cómico, en cambio, no aprende, no hace ningún viaje. Así, Inesita sigue siendo la modista de Hugo; Sofía sigue soltera, aunque acepta la relación de su exmarido con la modelo de tallaje; Berta sigue feliz, pero luego criando a una recién nacida; Sandra no encuentra hombre ni le pasa nada novedoso, como tampoco a Mariana. La única a quien pudo cambiarle la suerte fue a Aura María, quien logra vencer el prejuicio de la madre soltera (hey, estábamos en Latinoamérica a finales de los los noventa) y se convierte en la asistente de Betty, pero su relación con el mensajero Freddy sigue siendo igual de tirante como al comienzo: no aprenden.

Ellas son el coro griego que acompaña la trama principal o como las hadas de Sueño de una noche de verano. Ellas, además, hacen el contrapunto narrativo con Patricia, quien comparte con ellas el corredor de las secretarias, pero persiste en dar apariencia del glamour que perdió al divorciarse de Mauricio, a quien intentó llamar un par de veces y le colgó con insultos incluidos. Mauricio, de quien no conocemos ni su cara ni su voz, odia a Patricia: la odia por aparecida, la odia por alumbrada, la odia por arribista. La odia por las mismas razones que la odia el cuartel. En el corredor de las secretarias, Patricia es la decadencia, la que intentó ser más, pero no pudo, esa que se preocupó de ser envase sin contenido.

Patricia es el espejo, el inverso de esas mujeres poco glamorosas, pero que intentan ser felices lo más que pueden. A Patricia, le embargan el auto aunque gane tres veces el sueldo de las demás secretarias. Patricia depende de su amiga Marcela, la novia de Armando, para poder arañar la fastuosidad de sus tiempos de casada, sea bolseando eventos, bolseando almuerzos, hasta bolseando locomoción. Una vez, Patricia le pidió un aumento de sueldo a Betty, cuando le estaban cortando el plan del celular, y Betty le aconsejó que podía ayudarla a planificar mejor sus deudas. Patricia se hizo la ofendida y le recordó que ella había estudiado «seis semestres de Finanzas en la San Marino», pero Betty la resumió y la remató: «Esos seis semestres le enseñaron a gastar; le faltaron otros cuatro para que le enseñaran a pagar».

Y en esa marginalidad del no glamour, en esa bodega acondicionada como oficina, se encuentra Betty trabajando codo a codo con Armando, cuya vida se parece mucho a la de ella. Armando llegó a la presidencia de Ecomoda, luego de haber sido preparado toda su vida para ello por su padre, Roberto. Como Betty, Armando está allí para no fallar, porque tiene miedo de que los sueños de su padre se rompan como consecuencia de un fracaso. Ese punto en común los empieza a amarrar. Betty se enamora de Armando porque es el primer hombre que ve algo bueno en ella, aunque sea inicialmente solo respeto profesional. Pero el plan de Armando para Ecomoda falla. Armando se aterra con la idea de que su padre se decepcione de él y de que su archirrival y hermano de leche Daniel Valencia se cobre con la presidencia de la empresa. Toda la vida, Daniel y Armando compitieron por el respeto de Roberto. Daniel necesitaba una figura paterna que lo respetara y lo considerara, pues él y su hermana Marcela (aparte de la otra hermana, María Beatriz, quien vagamente figura en la trama) perdieron a sus padres cuando eran niños.

La solución para las deudas que contrajo Ecomoda como consecuencia del fracaso del plan de Armando para optimizar recursos es inventar una empresa de papel, Terramoda, la cual se convertiría en la principal acreedora de Ecomoda. La presidenta de esta empresa será la propia Betty. El capital inicial son los ahorros de Armando, quien los deja a recaudo de Nicolás Mora, el amigo de Betty, quien logra con mucho éxito hacer rendir ese capital en el mercado de la especulación.

Mario, el mejor amigo y compañero de parrandas de Armando, le dice que tenga cuidado. Después de todo, Betty es una intrusa adentro de una empresa familiar. Y Mario le recomienda seducir a Betty. Armando acepta. Empieza a cortejarla a media borrachera, como jugando a cuántas piscolas puede empezar a encontrarla rica. Pero rápidamente deja de necesitarlo. Armando ve en Betty cualidades que no había en las mujeres a las cuales aspiraba: honestidad, curiosidad, novedad y ternura. Mientras las mujeres perfectas seguían el guión de su propia perfección, en la belleza, en los temas de conversación, en la forma de coger, Betty podía sorprenderse, podía reírse. Además, besaba con ternura porque en ella sí había amor. Y eso Armando no lo conocía, el amor sin maquetas.

Armando intenta convencer a Mario de que sigue adentro del plan para enamorar a Betty. Sin embargo, ya no es un plan. Él está enamorado de su asistente, pero todavía siente pudor de admitir que le pasan cosas con ella. Armando quiere intentar una relación con ella. Y justo cuando empieza a tener el valor de admitir sus sentimientos, Betty se entera de la maquinación de Mario y Armando. El día anterior al cual deben presentar otro balance falseado más ante la junta directiva, pero Betty mostrará el balance real de la empresa y mostrará la existencia de Terramoda, así como su capital y su balance y, para rematar, presenta su renuncia indeclinable como asistente de presidencia de Ecomoda.

Todo ese día se convierte en siete capítulos de telenovela. Betty se entera de la carta escrita por Mario. Betty prepara el balance real. Betty arma el informe de Terramoda. Betty comunica todo en la reunión de la sala de juntas y desencadena una crisis. Betty se va de Ecomoda. Betty regresa a su casa. Betty recibe el llamado de Catalina Ángel para irse a Cartagena de Indias como su asistente personal en la producción del Miss Colombia. Betty toma un avión por primera vez en su vida. Armando se tortura con su doble fracaso, el de Ecomoda y el de haber perdido el amor. Finalmente, ese día termina con Betty aprendiendo un nuevo lado de ella misma: a pesar de haber fracasado en Ecomoda, ella puede reinventarse.

Mientras tanto, en Bogotá, están todos nerviosos. Betty no está en su casa y todos (salvo sus padres y Nicolás) desconocen su paradero. Los enemigos de Betty creen que ella se puede fugar con la empresa. Pese a que Betty dejó el poder para que los dueños de Ecomoda pudieran apropiarse de Terramoda, esa cesión no puede llevarse a cabo porque el cuasifraude pasaría a ser oficialmente fraude y los acreedores empezarían a apropiarse de los pedazos que quedasen de Ecomoda. Betty está obligada a volver.

Unos días después, Armando le explica la situación a Hermes y éste se sulfura: le dice a su hija por teléfono que vuelva lo antes posible a Bogotá. Al otro día, está sentada en la sala de juntas de Ecomoda. Pero Betty no es la fea que salió de la empresa apuntada como una delincuente. En esos días en Cartagena, Betty le entregó toda su intimidad a Catalina y ésta la reformó. Catalina descubrió en Betty su potencial profesional, su atractivo con los hombres y la belleza que ocultaba al negarse su derecho de aspirar al glamour.

Betty está sentada frente a todos los directivos de Ecomoda, siendo obligada a asumir la presidencia de la empresa. Para evitar una crisis financiera y legal, la jerarquía de la empresa de papel debe existir en el organigrama de la empresa real. Inmediatamente, aparece Nicolás para ser el vicepresidente financiero de Ecomoda. Y luego, a pedido de Roberto, llega Hermes como contador de la empresa.

Esa aparición es simbólica. Roberto y Hermes se reúnen porque, en el fondo, son parecidos: ambos esperaban que sus hijos fueran sus dignos sucesores, pero los decepcionaron con el cuasifraude de Terramoda. Y ahora los hijos están obligados a dar la cara para reivindicarse. Roberto y Hermes están juntos para reafirmarnos como televidentes que Armando y Betty están condenados a estar juntos. En cierta forma, ambos son los casamenteros de sus propios hijos; los obligan a reflejarse mutuamente en sus virtudes y en sus defectos.

Finalmente, como testigo silente de todos los desastres que la rodean está Marcela. Marcela es la hermana de leche de Armando y su novia eterna. Marcela fue una mujer que siempre intentó hacer lo correcto. Estudió para ser funcional al cargo de gerenta de puntos de venta de Ecomoda, se arregla para estar a la altura de las exigencias de ser una ejecutiva y copropietaria de una empresa de modas, además de buscar mantener la propiedad de la compañía en familia, para evitar la dilución de la propiedad.

Pero algo no resulta en su vida. Capítulo a capítulo, podemos ver cómo a Marcela le están quitando todo: la empresa, el marido, el respeto de sus pares. Ella pareciera haberlo hecho todo bien, pero sufre. Podría ser la antagonista más sufrida que pudo imaginar una telenovela, de esas antagonistas víctimas de la protagonista villana. Pero tampoco. No es la coja Maribel de Rubí, pues al final Maribel logra ser feliz a pesar de las desgracias y consolida su relación de amor. En cambio, Marcela las sufre todas y no gana ninguna. ¿Por qué no gana? Porque Marcela es víctima de su propia ansiedad y de su propia cobardía. Porque, a diferencia de Betty, Marcela necesita de un hombre para poder hacerse valer. Eso la hace timorata y pasivoagresiva. Por eso, tiene que fracasar. Por eso, Fernando Gaitán la hace fracasar.

Gaitán escribe a Marcela Valencia para dictar el estándar de la nueva telenovela, para romper la cuarta pared. A Marcela le tiene que ir mal porque es güeona. Porque las víctimas del destino deben fracasar. Porque no pueden seguir ganando las heroínas virginales dibujadas por la telenovela rosa clásica, esas que fueron protagonizadas otrora por Lucía Méndez, por Verónica Castro o por la lacrimógena Victoria Ruffo. Porque a partir del tercer milenio, el triunfo tiene que ser para una mujer imperfecta, aunque haya sido cómplice en un cuasifraude. No importa el fraude de Terramoda, Betty ganó porque arriesgó.

Y en el riesgo está su triunfo. El triunfo de Betty y el de Fernando Gaitán al escribir Betty.




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