Causal de violación

por Felipe Vega Leiva



Sobre Felipe Vega Leiva

Por Felipe Vega-Leiva

Eran en las postrimerías de nuestra amada década de los noventa y con mi familia recurríamos a visitar a una gran legión familiar de lejano lazo sanguíneo que teníamos por allá en Viña de Mar, entre los cerros que la alcaldesa olvida entre tanto festival, reloj de flores, piscinazo con pétalos, Chayannes y Reñacas que se paseaban y se pasean como lo más importante del verano y el jetset criollo.

Entre que yo jugaba y afinaba la memoria, escuché el relato de un tío que entre lágrimas y vergüenza confesaba a mis padres y a mis abuelos que su hija, la más bella figura morena que yo pudiese recordar de los tierrales de mi memoria en los cerros de la ciudad jardín, había sido violada entre los callejones sin salida de algún paraje viñamarino. Desde aquel momento apareció para mí la violación como un acto real, no simplemente televisivo; no era ya la imagen de la actriz bonita llorando bajo la ducha, era mi consanguínea, una mujer que yo conocía había sido víctima de de una de las peores infamias que aún, con feminismo sobre la Quinta Vergara –Gracias Natalia Valdebenito, homenaje.–, siguen sucediendo.

Hoy, ya de grande, reconozco con lamento el trato liviano que se le da al tema de la violación en nuestra infancia. Recuerdo juegos de niños (en un colegio de hombres) donde unos montados sobre otros, muy en edad de explorar y hacer florecer nuestras hormonas, más de algún excitado condiscípulo gritó en el bus escolar “¡me están violando!” desatando carcajadas que, como es muy digno de nuestra patria, ocultaba bajo una delgada alfombra una de las prácticas más nefastas que el machismo nacional tolera a punta de silencio. Ni mencionar la hipótesis de cuántos de esos críos en el bus que festinaron con el humor de la violación, hayan nacido producto de un coito obligado (eso se los dejo a otrxs que orquestan argumentos apaleando a su rival con miserias indeseables para nadie.).

Resulta que contrario a mi imaginario de infante, las violaciones son más cotidianas de lo que pudiese yo haber pensado. En mis primeros años en la universidad, una de esas típicas personas que uno idolatra porque te embolinan la perdiz con lingüística y posmodernidad –a quien hoy quiero todavía—, me confesaba que su soledad se habría originado a partir de lo negligente que muchxs de sus amigxs la encontraron cuando en uno de sus cumpleaños uno de los invitados forcejeó hasta tener sexo con una de sus amigas, víctima que hoy es también profesora. Revoco este recuerdo porque quedé atónito al oírlo; sorprendido de lo blando del relato, impresionado porque no hubo culpables, no hubo delito… sólo la culpa de mi amiga, incapacitada para detener la violación ¡fue a ella a quien la cubrió por años la soledad por no haber “ayudado” a su propia amiga!, ¿y quién sabría hacerlo?, ¿quién se detiene a frenar la violencia callejera? ¡Nadie!, imagínense cuando se trata de un acto físico. Ella, la autora del relato en primera persona no pudo salvar a su amiga de un violador, y por eso fue castigada con el desprecio social de una generación de estudiantes universitarios sólo un poco mayores que yo quienes hoy deben llenarse la boca con igualdades en sus salas de clases. De él violador no se cuenta más.

Comentando estos parajes después de haberme dormido el otro día en el regazo de una de mis grandes compañeras de vida (a quien dedico en el anonimato estas letras) en el remanso de una noche impostergable, mientras hacíamos conteo de cuantas personas habían pasado por nuestras sábanas, me confesó a regañadientes que tuvo sexo con un hombre que la forcejeó y la manoseó en un carrete hasta que ella, naturalizando la violencia estructural del patriarcado, se dejó vencer por el miedo, la incomprensión, porque más vale dejarse llevar que detener el deseo de quien tiene más poder y más fuerza bruta.

Me duele. Me da rabia. Y me sigue doliendo lo impotente que somos frente a la violencia doméstica. Solidarizo pero quedo en deuda por no poder detener el crimen del silencio, victimario del machismo penetrante y abusivo hasta un punto escandaloso. Me da rabia gritar que somos feministas por cosas como esta, porque no hemos podido detenerlo. No hemos podido detener una generación completa (lo veo en mis estudiantes) que hoy no cuestiona las desigualdades en las relaciones sexuales; una generación que aturdida por los medios de manipulación masivas y orquestados por los grupos conservadores de nuestra sanguinaria patria, siguen cuestionando la causal del aborto como posibilidad para un aborto, arguyendo “dirán que fueron violadas para poder abortar”, como si el simple hecho no fuera ya lo suficientemente crudo.

De mi prima nunca más supe. De la ex-amiga de mi amiga universitaria tampoco. Con mi gran compañera jamás volvimos a hablar de ese tema. Pero la violación sigue ahí, en sus memorias, en nuestra monstruosa naturaleza, debajo de la alfombra, entre tanto machito marchando el 8 de marzo gritando igualdades, y fortaleciendo las diferencias sexuales de roles en la cama, en lo doméstico. La violación sigue ahí, instalada en el debate público como una causal que a no todxs convence, pero que naturalizamos sin piedad; herencia tiránica de ese machismo solapado que conduce los pasitos de esta viril nación.




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