Una Democracia Maldita

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Detención por sospecha. Ley Mordaza. Cárcel por lesiones no visibles en Carabineros. Castigo a padres de menores de edad que participen en marchas con daño a inmuebles. Prescripción de dos años en los delitos electorales. Adecuaciones necesarias en la Ley laboral, que permite boicotear de todas formas el derecho a huelga. Tapar en CAE y deudas ad eternum a los estudiantes que no alcancen la gratuidad (500 de los cuales ya habían recibido el sí de la gratuidad, pero ya no, porque el Estado se enteró que se echaron un ramo). Parece un verdadero chiste cruel. Cuesta creer que cuando el sistema político da muestras de estar en el suelo, de sostenerse apenas entre el rechazo de un pueblo que se siente engañado, abusado, ultrajado, y las formalizaciones de una Justicia que tiene a casi todos los sectores en la mira; la respuesta del Gobierno, diputados y senadores, sea dispararse a los pies, y de paso, disparar contra los derechos de los millones de chilenos que aún tienen fe en levantar la democracia de una nación diluida, tambaleante. Una democracia apenas.

Para nadie es un misterio que la democracia chilena es de cartón, que no están demás esas comillas que hacemos con las manos cada vez que nos referimos al cambio de mando de Pinochet a Aylwin. Esta, la nuestra, es una democracia ENTRE COMILLAS. Una democracia en que desaparecen niños en el sur y en el norte, ante la impunidad de carabineros que son juzgados por la misma Justicia Militar de los 70. Esta, la nuestra, es una democracia en que se asesinan a mapuche y se sueltan a sus asesinos. Es una democracia en que un carro policial azota la cabeza de un estudiante resguardado tras su lienzo y la Corte Suprema se hace la loca, dejando que el diputado que lo acusó de terrorista siga hablando tonterías en el Congreso, ratificando su fuero. Esta, la chilena, es una democracia en que se asesina a un trabajador en una protesta en El Salvador, en lugar de legislar para que se solucione la esquizofrénica cifra de trabajadores subcontratados en un área estratégica para la economía nacional. Quichillao, Gutiérrez, Jiménez y tantos otros apellidos son los que vienen a la mente cuando pensamos en nuestra democracia y tratamos de sacarle las comillas. Y no lo logramos. Como tampoco lo logramos cuando se nos aparecen como flashes los médicos especialistas que todavía no llegan a Punta Arenas y Tocopilla, cuando se nos aparece el presidente de Chile Transparente –involucrado en los paraísos fiscales de Panamá- validando una consulta para beneficiar a Luksic en Caimanes, o cuando se nos aparecen los estudiantes de la Universidad de Los Leones siendo obligados a cambiarse de carrera porque en las que se metieron al comienzo ya no tienen tanta matrícula. Hay antecedentes para llenarse de rabia, sacarse el placer de fantasía con que el consumo nos decora la vista, y salir a romperlo todo. La democracia chilena es una farsa, no existe, dura hasta que se nos acaba la plata. Hasta allí llegan nuestros derechos, nuestra justicia, nuestro acceso a la salud y una buena educación.

Lo único que hasta aquí nos podía hacer dudar de sacarle las comillas a nuestra democracia era nuestra libertad de movimiento, nuestro amparo en la Ley para esquivar la mano abusadora de la Policía y la persecución injustificada de pacos por la sola sospecha de nuestra apariencia. “Eso ya no es como en los tiempos de Pinochet”, escuchamos. Pero ya ni eso estará quedando si siguen su curso, como lo están haciendo, los proyectos de Ley que nos tienen espantados estos días. ¿Control de identidad preventivo? ¡Pero por favor! Bajo esa excusa secuestraron, mataron y enterraron en un potrero perdido, quizás, a José Huenante. Lo vieron pobre, negro y sucio y pasó a ser sospecha. Y de la sospecha a la vejación y la alevosía. Con la nueva Ley, el Estado de esta democracia llamada Chile está convirtiéndonos a todos los que no damos la impresión de poder y autonomía en posibles José Huenante, en posibles víctimas de la opresión bajo la excusa fascista de “hay algunos sospechosos y otros no, y eso lo decido yo”. Cuatro horas va a permitir la Ley retenernos en una comisaría, previo paso por una cuca, donde vamos a recibir golpes de puños cubiertos por ropa y de lumazos estratégicos, para evitar moretones. Una hora será el plazo para “retener” –insoportable eufemismo de una detención- a menores de edad, convirtiendo la instancia en riesgo no sólo físico, sino sexual. Es cosa de mirar hacia atrás y leer cuántas denuncias por abusos sexuales a estudiantes de registran. Y si sumamos este probable escenario a las otras indicaciones consideradas en la agenda corta antidelincuencia, nos da para pensar que de democracia entre comillas debemos pasar a denominarla democracia maldita. Porque así como Carabineros usará la Ley para agarrar adolescentes en las esquinas más vulnerables de Chile, hasta golpearlos y luego encerrarlos en algún oscuro “hogar” del Sename, también podrán acusarlos de violentos, poniendo como pruebas brazos y labios intactos, porque aunque usted no lo crea, también se aprobó la penalización de golpes a Carabineros, aunque las marcas no sean visibles. Bastará con que un cabo diga, “señor juez, este cabro que está ahí, que lo pillé caminando en la esquina de una población y que metí, gracias a la Ley, al carro para interrogarlo, me pegó dos combos, pero la sangre ya no está”. Es la democracia maldita, que a los padres de otros cabros de esa misma población les cobrará millones de pesos por la rotura de un paradero, pero que pondrá un manto de impunidad sobre funcionarios de Fuerzas Especiales que incurran en lo mismo. Porque ¿Quién pagará los vidrios rotos por el guanaco? ¿Quién va a testificar que un vidrio en verdad lo rompió un estudiante? Da lo mismo, porque todo lo que diga Carabineros será la Ley. Eso nos están diciendo desde el sistema de representación política. Toda nuestra democracia queda a merced de los controladores del poder. Del poder militar, armamentístico y legal. Y también del poder material y económico. Porque mientras en la calle condeno y mato a los distintos, en tribunales coso con hilo de cárcel a los fiscales y periodistas que me acusen de algo malo en la relación entre política y dineros. ¿Y en la empresa? En la empresa mando al hombre del serrucho a hacerse cargo de martillo mientras afuera comienza la huelga, y mientras los hijos de esos trabajadores en huelga aún no saben si van a tener gratuidad o si se van a tener que, otro año, endeudar. Sí, esta que se está cocinando es una democracia maldita.




2 comentarios sobre “Una Democracia Maldita”