Repudio al proyecto inmobiliario que destruye los sueños de Tomé

por Manuel Sepulveda



Sobre Manuel Sepulveda

Por Manuel Sepúlveda

Tomé está a 30 km de Concepción. Es la comuna a la que pertenece Dichato, ese balneario golpeado por el maremoto del 2010 donde se armó un festival que superó en rating a Viña. Es la tierra donde nacieron Cecilia (la incomparable), Rubén Espinoza (campeón de la Libertadores el 91), Erto Pantoja (el “Petero” en “Iorana”), y José “Papa Tomé” Reyes (uno de los mejores skater del país), y es el lugar que escogieron para vivir (y morir) los artistas Rafael Ampuero y Alfonso Alcalde. En Tomé se emplaza Pingueral, un exclusivo complejo turístico que la mayoría de los tomecinos no conocemos pero que siempre nos pareció importante, porque ahí vacacionaba el Chino Ríos y Lucho Jara (quien está casado con una tomecina). Y aunque usted haya visto algo distinto en las noticias, Tomé no instala los paraderos al revés.

Durante el siglo pasado Tomé fue mundialmente reconocido por su industria textil, que trajo crecimiento económico y desarrollo social a la zona. Fueron tres las fábricas de paños que se emplazaron en nuestra localidad: Paños Bellavista Tomé, Paños Oveja, y la Fábrica Ítalo Americana de Paños (FIAP), empresas que forjaron la esencia de lo que hoy es la comuna. Esto último puede sonar exagerado, pero no lo es.

No lo es porque cuando las opciones son la pesca, el campo o la mina, ser obrero textil representaba un salto. Significaba tener buena pega, sueldo estable, y tela para hacer el vestido de la vieja, el uniforme de los niños, y el terno para el fin de semana. Todo eso enorgullece, y ese orgullo se traspasa.

Se traspasa porque hoy existen poblaciones completas que en su minuto fueron construidas para los trabajadores de la fábrica, porque el arte tomecino ha girado en torno al auge y caída de esta industria, porque existió un desarrollo sindical que marcó el devenir político de la comuna. Porque sabemos que en cada familia hay algún papá, mamá, tío, tía, abuelo o abuela que fue obrero/a textil.

Pero todo esto está a punto de destruirse. Si hace diez años la última industria en pie tuvo que despedir a prácticamente todos sus trabajadores, hoy se amenaza con eliminar los últimos vestigios de esta cultura. El motivo es cuento repetido: los dueños de la fábrica quieren modificar el uso del suelo para construir allí un proyecto inmobiliario. Los llamados costos del progreso.

Hace dos años el municipio ingresó una solicitud para que la fábrica Bellavista Oveja Tomé sea declarada monumento nacional. Hoy la comunidad organizada en la “Mesa Ciudadana por el Patrimonio de Tomé” busca agilizar este trámite, cuestión clave para evitar la destrucción de esta obra arquitectónica. Es el recurso para combatir a quienes no conformes con estrujarnos con colusiones, AFP, Isapres o universidades chantas, también quieren quitarnos nuestra historia, y con eso, el futuro.

Y no se trata de rescatar la fábrica porque soñamos ganarle a China en la producción de telas o porque el edificio sea bonito. Acá hablamos de pertenencia y de construcción de comunidad. Vivimos en el país donde se incubó el neoliberalismo, donde el individualismo y la competencia son los “valores” más importantes, y donde sindicatos, juntas de vecinos y clubes deportivos tienen un rol absolutamente secundario en la escena pública. Para quienes queremos cambiar esta realidad, defender aquello que nos congrega y genera identidad es simplemente una obligación.

En los últimos años Tomé ha apostado por el desarrollo turístico, invirtiendo en infraestructura y en eventos que potencien su paisaje, sus playas y su gastronomía. ¿No será bueno pensar en qué valor agregado queremos para esta actividad? ¿No parece interesante construir en Tomé una ruta turística que relate la historia de la producción textil en el país? ¿No será mejor acondicionar la infraestructura de la fábrica para tener un museo y/o un centro cultural que se acompañen de proyectos comerciales relacionados con la temática? Si la industria de la cerveza, el pisco, o las salitreras han generado desarrollo económico a partir del turismo, ¿por qué no podemos imaginarnos algo parecido?

Tengo 28 años y desde hace cinco vivo en Santiago. Antes de eso, nací, crecí y estudié en Tomé, lugar al que vuelvo sagradamente una vez al mes. Para mis amigos de Tomé soy “el santiaguino vendido” y para mis amigos de Santiago, “el provinciano engrupido”. Escribo esta columna porque estoy seguro que ese “engrupimiento” no es otra cosa que sentido de pertenencia. Porque no quiero ver las ruinas desde el cerro, y en cambio, cuando llegue a Tomé quiero seguir encontrándome con la fábrica al final de la cuesta Caracoles. Porque cuando tenga hijos no quiero contarles historias sobre la pega de mi abuelo. Porque quiero que conozcan esa historia a través de sus ojos.

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