Homenaje a La Fiera

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

“Yo siempre te espero, siempre te voy a esperar”, le dijo la Mirta Jaramillo al Santo, su esposo, capturado por el temible Caleuche, que lo atrapó en alta mar, quitándole su cariño y cubriéndola de negro hasta el día de su muerte. Porque el Santo no va a volver. Eso su hijo, el Lobo, lo sabe, y le dice mamita, deje de esperarlo, mi papá se cayó al mar. La Fiera es una teleserie cariñosa, suavecita, hasta el audio se oye tenue, venido desde lejos, desde la Isla de Chiloé, donde suceden cosas mágicas, como que la Mirta con el Alvarado chico vuelvan a la playa a la mañana siguiente de dejar un banquete para el Caleuche, y se encuentren con los platos vacíos y las huellas intactas. La Fiera es de todo un pueblo, porque los personajes anexos son hasta más relevantes, incluso, que los vaivenes amorosos entre la Catalina y el Echaurren.

En La Fiera conviven los dolores con las tradiciones, los de allá con los de aquí. Los brujos se usan a conveniencia para matizar los traumas, las pérdidas, las ausencias de cariño. En La Fiera las familias las sostienen las mujeres, que a la vez son sometidas al machismo, como la Berta, chata, harta de los engaños del Chamorro, hasta arrancarse a la capital, detenida por el Guata, quien deja en claro que “la próxima vez que te vayai no te voy a buscar ni a la esquina. Tu lugar está aquí, al lado mío”.

En La Fiera se expone con calor de pancito amasado y licor de oro cómo las tradiciones se van resquebrajando, cuestionadas por jóvenes de la zona que conocen el Tecno y los gustos de Santiago, mostrados por restauradores que se encantan de un aire tan fresco como misterioso. Llueve siempre, como si el agüita buscara sellar en las nuevas generaciones el apego a las creencias que les han dado sentido a sus padres y madres, como se lo dieron a la Asunción Catrilaf, huraña con los hombres, fiel al mito del Trauco, violador, padre de su hija y enemigo número uno del Alvarado Grande, el verdadero padre; cobarde cuando joven, dependiente de la mamá, un gallo, sin dudas, menos confiable que el Trauco para justificar una niña en camino.

Amamos La Fiera, repetida por enésima vez en las pantallas de TVN, no sólo por sus verdes oscuros y diversos y sus aguas deteniéndose lentamente entre las piedras; amamos La Fiera por la pasión de sus personajes, inyectados de sur, ese sur intenso y cantadito, mostrado por primera vez con tanta dedicación en la tele chilena. Y apareció el Ernesto, Qué derroche digo yo, puta el viejo cagao, con sus guantes de boxeo y su tacañería tan nuestra, a veces. Y aparece el Chalo, preguntando en pleno carrete electrónico “¿dónde está el cassette de René Inostroza?”, para recibir de vuelta un “¿Ese loco hace hip hop?”. También aparece la Tato, negándose a usar la lavadora “porque puede que yo eche a perder esa cuestión”. Y las brujas negándose a comer cebolla, y los hombres saludándose y sintiendo corriente, para advertir que eso indica de la presencia de problemas con alguien. De mala sangre, de andar cargao. Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana. Que la virgen y el niño alejen al maligno.

Pero si hay alguien que se roba la película, ese es El Cereza, José Soza en su mejor momento, con un vozarrón de los dioses, un buzo digno de Nelson Acosta, y una deuda interminable por encalillarse para viajar al Mundial de Francia 98. El padre de familia chileno emblema de los 90, trastornado por el consumo, huyendo en pena crisis asiática, con una hija que sólo disfruta de remixes y un par de vinilos. Esa hija es nuestra Dj Katia, una joven que, como la Joyita –la mala más atractiva de las teleseries de los 90-, no está comprometida ni casada ni nada. Y tampoco le interesa, porque cuando la Blanquita le habla de sus pololos que la tienen con tanto sufrimiento, Katia aconseja “Libérate de los hombres. La mujeres tenemos el poder, aprovéchalo”. Katia, la misma que se niega a enamorarse del Lobo “porque yo lo único que quiero es ser dj y los hombres valen hongo pa mí”. Viva Chiloé, Vivan las Regiones y Viva el Sur de Chile, porque:
Discreto, fino y sencillo
son joyas resplandecientes
con las que el hombre que es hombre
se luce decentemente.




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