Verdades a medias y la teoría del empate: algunas ideas sobre Medio Oriente, la resistencia y la ocupación

por Felipe Ramírez



Sobre Felipe Ramírez

Por Felipe Ramírez

Hoy pude leer una breve columna escrita por Nicolás Copano en el periódico Publimetro en la que comenta sus impresiones luego de una visita que realizó a Israel.

En ella, la principal tesis del periodista está basada en la teoría de las dos víctimas de la violencia en el conflicto armado: la población israelí y los palestinos. Estos últimos además sufrirían del auge del “islamofacismo” como lo cataloga, y de la corrupción que Copano le atribuye a los miembros de Hamas, que gobierno en la sitiada Franja de Gaza.

Hay varios puntos en los que discrepo profundamente con Copano. El primero tiene que ver con la forma en la que plantea su teoría de las dos víctimas de la violencia. Esto porque si bien es claro que todos los civiles israelíes y palestinos son víctimas de la violencia, ésta no nace de la nada, sino que tiene una base concreta.

Sin retroceder a 1948 cuando se crea el Estado de Israel en base a la inmigración de población de religión judía al antiguo mandato británico de Palestina, resulta más que evidente que a partir de 1967 Israel ha implementado una constante política de ocupación militar de los territorios que le corresponderían al –siempre eventual e hipotético- Estado de Palestina.

Ya sea gracias a la construcción del muro en Cisjordania o a la construcción de asentamientos ilegales de colonos –muchos de ellos pertenecientes a los segmentos más radicales de las sectas judías-, los palestinos han visto cómo se les expropian tierras, se les quita el derecho a acceder al agua, se destruyen sus cultivos y se les demuelen sus casas, sin derecho a apelación.

En una búsqueda de empatar la situación de vulnerabilidad y abuso en la que viven miles de civiles palestinos en Cisjordania –y aún más en Gaza-, Copano intenta empatar la situación basándose en la crisis generada desde octubre pasado, desatada por una seguidilla de casos de apuñalamiento de israelíes, que se encumbra a al menos 160 víctimas.

Si bien esta situación es terrible y debe ser rechazada sin dudarlo, hay que tener en cuenta las circunstancias en que surgen estos ataques, que no han sido realizados por militantes ni de Hamas, ni de las organizaciones agrupadas en la OLP, sino que por simples palestinos, civiles en su gran mayoría apartidistas.

Esta crisis surge en un momento en la que la Autoridad Nacional Palestina se encuentra profundamente carcomida por el descrédito producto de la corrupción, y por su incapacidad absoluta de llegar a un acuerdo que permita el establecimiento formal del Estado palestino en las fronteras definidas tras la guerra de 1967.

Por el contrario, luego de los acuerdos de Oslo ha sido Israel –y sobre todo bajo gobiernos de la “centroizquierda”- quien ha alejado la posibilidad de la paz y ha aumentado la desesperanza entre la población palestina gracias a su profundización de la ocupación militar de los territorios mediante la construcción de asentamientos, ha deslegitimado los organismos de autogobierno palestino controlados por Al Fatah a través de estas acciones, y se ha negado a aceptar la inclusión de los partidos islámicos en el sistema político, sentando las bases para la actual crisis.

Hamas, las elecciones de 2006 y el fracasado gobierno de unidad nacional

Para entender la actual situación en Palestina hay que hacer un poco de historia. En Gaza y Cisjordania hay dos bandos enfrentados entre los palestinos: Fatah, un partido laico y nacionalista nacido en los 50 y Hamas, movimiento islámico surgido en 1987 durante la primera intifada.

Si bien históricamente la resistencia palestina ha estado conformada por grupos laicos, nacionalistas y de izquierda, el desarrollo de Hamas durante los últimos 30 años se debe a su activismo social que les ha permitido enraizarse en las zonas más precarizadas por la guerra como Gaza, y a su rechazo a los acuerdos con un Israel que no se ha movido de su postura intransigente a la hora de negociar una solución de dos Estados.

Tal como explica Stuart Reigeluth en su artículo “Hamas y Hezbolá: Reflejos de la resistencia, retos para la democracia”, Hamas abandonó los ataques suicidas contra Israel en el momento en el que este país retiró a los colonos y a sus tropas de la Franja de Gaza. Es fácil establecer una relación directa entre la colonización y la ocupación de Palestina, y el respaldo entre la población árabe a las organizaciones más radicales, en momentos en los que se hace cada vez más lejana la solución de los dos Estados debido a los asentamientos.

En este punto, es importante hacer hincapié en que en el momento en el que los sectores más moderados de Hamas pugnaron por hacer participar a la organización en las elecciones democráticas y en la dinámica política, fueron rechazados transversalmente por Occidente e Israel a pesar de haber sido reconocidas como las elecciones más libres del mundo árabe hasta ese momento, abriendo la puerta al desastre actual.

Tras las elecciones parlamentarias del 2006, cuando Hamas triunfó sobre las fuerzas tradicionales encabezadas por Al Fatah, Estados Unidos, Israel, La Unión Europea y algunos estados árabes establecieron sanciones en contra de los palestinos por el delito de escoger libremente una opción que no fue de su agrado, lo que hizo aumentar las tensiones entre los dos bandos árabes hasta el enfrentamiento militar. Hamas quedó en el poder en Gaza y Fatah en una colonizada Cisjordania hasta el acuerdo del 2014, cuando ambos sectores firmaron un tratado para un Gobierno de Unidad Nacional.

Esta nueva oportunidad para incorporar a los movimientos islámicos a la solución política del conflicto fue rechazada otra vez por Israel, que no sólo cortó las negociaciones de paz, sino que atacó el 2015 la Franja de Gaza en una escala que produjo miles de muertos civiles, muchos de ellos niños.

El “islamofascismo”
Nicolás Copano asegura en su columna que “Hamas es efectivamente un retroceso incluso para su pueblo”. Tiene obviamente todo el derecho a emitir un juicio de ese calibre, pero la duda que me asalta es ¿cuál es entonces la alternativa, si Hamas fue la opción elegida democráticamente por los palestinos en unas elecciones bastante libres y en medio de un intento de giro hacia la política que fue saboteado por Occidente e Israel?

La respuesta la ha dictado la desesperación: cientos de ataques de jóvenes civiles palestinos con armas blancas en contra de quienes, en su visión, representan la ocupación. Copano menciona “los camioncitos” entrando a Gaza para denunciar la supuesta corrupción de Hamas ¿Pudo ver también a la marina israelí atacando los pesqueros gazatíes? ¿los campos de olivos destruidos por las tropas de ocupación en Cisjordania? ¿las manifestaciones conjuntas de árabes e israelíes contra el muro del nuevo apartheid en localidades como Bil’in? Pareciera que lamentablemente no tuvo la oportunidad de observar las consecuencias de la política colonialista de Israel, aquella que está en la base del conflicto.

Es claro que lo que sucede en Palestina no es un partido de fútbol, y tenemos que tener claro que no se trata de asumir una postura antisemita al respecto: no podemos olvidar que la tercera fuerza política en Israel es una lista conjunta entre organizaciones árabes e israelíes, ni que el racismo está en la base del fascismo.

Pero tampoco podemos olvidar que una solución al conflicto implica la incorporación de las fuerzas islamistas al debate político, tal como se intentó en 2006 y en 2014, y el respeto a las decisiones democráticas de las y los palestinos como un paso para fortalecer esa democracia que Occidente ha intentado instalar en Oriente Medio durante la última década a punta de bombas, con los resultados conocidos.

El error que comete Nicolás Copano es comparar a Hamas con Daesh, el llamado “Estado Islámico”, lo que demuestra su desconocimiento absoluto de cómo se han desarrollado los hechos en Medio Oriente durante los últimos años. Hamas tuvo simpatías indudables con varios grupos de la oposición armada a Bashar al-Assad –a diferencia de otros grupos palestinos que participan activamente de la lucha en Siria del lado del gobierno-, pero nunca ha tenido cercanía con el ISIS. Por el contrario, en Gaza han sido las fuerzas de seguridad de Hamas las que han desarticulado los minoritarios grupos que han intentado unirse al califato en la Franja, en una muestra más del pragmatismo que se ha ido generando en el grupo palestino desde que ocupa el poder en esa zona.

Hamases un movimiento de resistencia forjado en la lucha contra la ocupación de Israel, cuyo discurso se genera a partir de una visión radical del islamismo sunita, y que utilizó en el pasado formas de ataque suicidas contra civiles israelíes –con el telón de fondo de los ataques a civiles por parte de Israel no sólo en Palestina sino también en Líbano-.

Esas prácticas fueron abandonadas, como ya mencioné, el 2004, cuando Israel se retiró de la Franja de Gaza y Hamas decidió participar del sistema democrático oficial en la ANP, pero aún hoy podemos ver cientos de ejemplos cotidianos de abusos a los Derechos Humanos por parte de las fuerzas militares de Israel contra los palestinos.

Es ahí cuando conceptos como “islamofascismo” pierden contenido. ¿Cómo denominar entonces a los extremistas judíos que controlan la disputa política en Israel, que creen que tienen un derecho divino sobre todo Palestina y que han llegado a quemar vivo a un bebé en Cisjordania?

Hay dos víctimas en todo esto, los civiles de uno y otro lado que quieren vivir sin miedo a morir, pero no perdamos de foco que hay un Estado ocupante, y fuerzas políticas –algunas laicas y otras religiosas- que se han forjado en base a la resistencia a la ocupación, y que sobre todo durante los últimos años han buscado fórmulas para forjar instituciones democráticas, con todas las equivocaciones que puedan cometer.

En lo que si estoy de acuerdo con Copano es en su frase final. “Pensemos más. Hablemos mejor. Esto no es un superclásico. Es sobre personas”. Efectivamente, acá no hablamos de equipos que disputan un partido y después se van a sus casas, hablamos de décadas de conflicto, de heridas sin cicatrizar, de ocupación y resistencia, de democracia y de respeto a las particularidades de cada pueblo para forjar su destino.




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