Dos coloradas para Kel Calderón: Crónica de un justo triunfo

por Javier Gallegos Gambino



Sobre Javier Gallegos Gambino

Por Javier Gallegos Gambino

No fue suerte, no fue un aprovechamiento de su posición mediática, no fue fruto de maquinaciones fraudulentas ni pitutos: el examen de grado de Raquel Calderón Argandoña fue un derroche de talento, solidez, categoría y prestancia. Y nadie podría afirmar lo contrario.

Quienes tuvimos la oportunidad de ser testigos presenciales de lo que el día viernes 15 sucedió en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile; en una sala de Facultad donde no cabía una sola alma; con la mirada atenta de ocho profesores y profesoras partes de la comisión encargada de enfrentar una nueva jornada de interrogación; y con el peso de la historia de los Decanos que ha tenido la Facultad, plasmada en intimidantes retratos enmarcados en oro y bronce; podemos decir con certeza que la nota 6.0 (representada en “dos coloradas” o bolitas de color rojo que tradicionalmente se utilizan en los exámenes orales de Derecho para evaluar a los alumnos) hizo justicia al contenido y forma en que Raquel enfrentó las tres etapas que componen el odiado –y muchas veces temido- examen de grado.

Tras una impecable cédula en Derecho del Medioambiente, en que demostró gran manejo de la normativa aplicable y la jurisprudencia reciente al respecto, sin ningún traspié hizo de su interrogación inicial un mero trámite. Respondió bien, pasó a la siguiente etapa. Ya iban 15 minutos, aproximadamente, y, con menos actitud pero igual contundencia, se sumergió en las pantanosas arenas del Derecho Civil, para enfrentar con solidez a la prescripción, a la posesión, al derecho de familia y el derecho sucesorio. Respondió bien, pasó a Procesal. La profesora la introdujo en materia de recursos. Definición, paralelo entre casación y nulidad, requisitos, procedimiento. Pese a cometer ciertas imprecisiones y perder parte de la seguridad que hasta ese minuto había tenido, nada fue capaz de doblegar su espíritu triunfador. Respondió bien, fin del examen. Deliberación de la comisión, dos coloradas, aplauso del público. Merecido champañazo de celebración.

Pero no es sólo la Kel, sino decenas de silenciosos e incógnitos estudiantes de Derecho que semana a semana tienen el deber de enfrentar esta agobiante instancia, que es sólo uno de los trámites necesarios para conseguir el anhelado título de abogado/a (además del pregrado, la elaboración de una tesis y una práctica de 6 meses). Aprobar el examen de grado es un triunfo de la alegría, porque después de 8 meses (como mínimo) de enfrentar un proceso que esconde altos niveles de frustración, miseria e incertidumbre, no existe mejor premio que dejar de lado –al menos por un buen tiempo- los millones de apuntes, destacadores, textos y códigos que acompañan al/la gradista en esta etapa.

El examen de grado en Derecho es una brutalidad de principio a fin. Desde la escasa base teórica con la que uno llega a enfrentarse a este proceso después de 5 (o más) años de pregrado, pasando por la cantidad de tiempo (mal) invertido en un estudio que se caracteriza por idiotizar al cerebro en la memorización de contenidos que muy probablemente servirán de poco en el ámbito profesional, hasta el momento mismo de rendición del examen, cuyo desarrollo está entregado casi en su totalidad al azar de la comisión que se sortea. Una nota 6.0 frente a una comisión, podría ser un 4.0 en otra, o, peor aún, podría significar su reprobación. No hay nada que regule el límite a la arbitrariedad de la que muchos y muchas compañeras han sido víctimas en el desarrollo de su interrogación.

Raquel Calderón no es una figura insigne que represente al sujeto popular. Es, de hecho, precisamente, el paradigma contrario: salió de un colegio particular, probablemente pagó un buen preuniversitario y aseguró su puntaje para entrar a una carrera elitista como Derecho; militó y fue representante de la Centro Derecha Universitaria, y posiblemente contrató a una buena oficina de interrogadores que la acompañaron en el proceso. Los factores de la ecuación -que están presentes en cualquier persona con buena capacidad económica en este país- aumentaron considerablemente sus probabilidades de éxito.

Pero sería injusto decir que todo fue fácil. Kel tuvo su propia batalla: contra el prejuicio y la presión de una social y familiar de salir con éxito de este proceso; contra el machismo enfermizo arraigado en este país, que la ataca constantemente y de manera arrebatada en redes sociales, atribuyendo su éxito académico a cuestiones superficiales o de su fama; o contra el mensaje instalado de “si ella pudo, yo también puedo hacerlo”, como si existiera alguna limitante a su capacidad intelectual-académica por ser una persona influyente en el ámbito farandulero nacional.

La Kel, enemiga de la disciplina y cuya forma de vida es la anarquía, ganó, y con justicia. Tapó las bocas de un público esencialmente chaquetero y odioso, que la quiso ver destruida, mas no lo logró.



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