En la medida de lo posible

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

“Aylwin fue un hombre que nos cobijó a todos. El arquitecto de la reconstrucción democrática del país”, dijo esta mañana el senador de la UDI, Víctor Pérez. “La democracia de los acuerdos fue la piedra angular”, le sumó Alberto Espina. Este acuerdo transversal en el pesar por la muerte del primer Presidente de la República desde el final de la administración de Pinochet habla por sí solo de lo que fue la figura de Patricio Aylwin Azócar y lo que representó su formar de ser y de hacer para toda una generación: la generación que se intentó desarrollar en la medida de lo posible, la que recibió una justicia a medias, con un ejemplar del informe Rettig guardado en un cajón afirmado por el rostro en blanco y negro de un detenido desaparecido, mientras se veía por televisión cómo el gobierno sucesor de Aylwin lideraba la férrea defensa del dictador Pinochet en Londres, para devolverlo a su sitial de impunidad en La Dehesa.

Deberán saber entender los republicanos que hoy lo lloran, que recuerdan sus esfuerzos por conectar a los de aquí con los de allá, que los de esta generación, a la que pertenecemos los que no hemos llegado a los treinta, no podemos sentir congoja, no podemos pensar que es “un día triste para el país, porque ya no está el que reconstruyó la unidad de la nación”, como dice Enrique Correa, porque precisamente esa unidad es la que hoy nos tiene como el sexto país más desigual de América Latina, con millonarios enfermos de egoísmo, acumulando riquezas sustentadas en la miseria disfrazada que vive en las periferias de todas las ciudades de Chile, con las familias de sueldo mínimo sobreviviendo en viviendas sociales de 36 metros cuadrados.

No podemos compartir la pena de la oficialidad chilena porque nuestra generación es la que ha sufrido las consecuencias de su forma de ser llevada a forma de hacer política por más de veinte años. Una forma que une a los sectores diversos justo hasta percibir que el avance se puede convertir en transformación, y Aylwin no quiso transformar el corazón del país que Pinochet le pasó en sus manos. Le acomodó trabajar con Pinochet, más allá de las crisis que hoy se nos presentan como casi un intento de nuevos Golpes. Si no, no hubiese dicho después que “tal vez la permanencia de Pinochet ha ayudado a la estabilidad del proceso (…) Es una personalidad bastante más compleja de lo que la gente cree y no es una figura que se pueda definir, simplemente, como en blanco y negro”.

Pero la buena relación de Aylwin con Pinochet no se queda sólo en su figura pícara y divertida, se extiende también a lo político, quizás a lo más político de nuestro tiempo, lo que nos ha hecho lo que somos: la economía neoliberal. Aylwin declaró que durante el régimen militar “no todo fue negro”, y destacó obras como “las reformas económicas de saneamiento, liberalización y apertura de la economía chilena”. ¿Saneamiento de qué? ¿De los vestigios de preeminencia del Estado en áreas sociales? ¿De nuestro derecho a juntar la plata en un organismo público para retirarla de forma justa al momento de jubilar? ¿De nuestro derecho a educarnos en un colegio público digno, financiado de forma directa y no por la asistencia de niños pobres? Porque los mismos que hoy aplauden, desde todos los sectores, que su reforma tributaria pactada con la Derecha nos hizo crecer al 7% y terminó con cientos de miles de pobres, obvian que esos pobres, ahora con casa propia en Pudahuel Sur, en Hualpén y Puente Alto, viven otra forma de pobreza, una pobreza más oculta, de esas que no se ven en la falta de zapatos, sino en las muertes por falta de medicamentos, por interminables listas de espera en hospitales con cada vez menos especialistas, por la pena de vivir entre las rejas que impiden el paso de los ladrones domésticos que roban algo que les permita consumir y subsistir entre los dueños de poblaciones que se han convertido en guetos, guetos de esta pobreza maquillada por un Estado que desde Aylwin en adelante, sólo ha sabido engordar a los que ya tienen y adelgazar a los que no, tocando así su legado a todas las generaciones.

“Son más las cosas que nos unen que las que nos dividen”, insisten en el Congreso Espina y René Manuel García después del minuto de silencio, y no nos sorprendemos. A ellos, los constructores de la democracia en la medida de lo posible, del Chile que se desangra de tanta desigualdad, son siempre más las cosas que los han unido, desde hace cuatro décadas, cuando el Gobierno de la Unidad Popular quiso desarrollar un sistema de país distinto al de la desigual distribución de la riqueza.

En ese tiempo, Aylwin fue presidente de la Democracia Cristiana, el partido que hoy iza sus banderas y que ayer fue el más fuerte de la oposición a Allende. Hoy Ignacio Walker habla de los esfuerzos que hizo Don Patricio por evitar la tragedia. ¿Esfuerzo es pedirle a Allende, tres semanas antes del Golpe, cupos en los ministerios claves como única forma de que su partido deje de hacer tan violenta oposición? ¿Esfuerzo es declarar el 26 de agosto de 1973 que “si me dieran a elegir entre una dictadura marxista y una dictadura de nuestros militares, yo elegiría la segunda”? Y Don Patricio estaba convencido de que la dictadura del proletariado se venía, sino no le hubiera dicho a la Televisión Española que “ellos se aprestaban -a través de la organización de milicias armadas, muy fuertemente equipadas y que constituían un verdadero ejército paralelo para dar un autogolpe y asumir por la violencia la totalidad del poder. En estas circunstancias pensamos que la acción de las Fuerzas Armadas simplemente se anticipó a ese riesgo para salvar al país de caer en una guerra civil o en una tiranía comunista”. O sea, Aylwin –al igual que la derecha más fascista- siempre creyó en el plan Z y que su única alternativa fue la dictadura de Pinochet. Difícil creer en esos esfuerzos, señor Walker. Más difícil, si años después, en 1998, en su libro “El reencuentro de los demócratas”, Aylwin insiste en que “nosotros admitíamos que, lamentablemente, cierto periodo de la dictadura era necesario, pero pensábamos que debía ser lo más breve posible; dos, tres o cinco años”. Así nos queda más claro por qué la cárcel para los genocidas debía ser en la medida de lo posible.

Es paradójico, pero hoy Eugenio Tironi, la Derecha política y empresarial y el alma conmovida de la Concertación nos dicen que partió el que nos supo unir, pero nada dicen de que su modelo de desarrollo, el de la economía de libre mercado, hoy nos tiene quizás más divididos que nunca en la historia de Chile. Los pobres con los pobres en los colegios y liceos municipales donde, además de intentar enseñar, los profesores deben quitarles cuchillos a sus alumnos en el recreo. Los clase media con los clase media en los subvencionados que obligan a padres y madres a trabajar enfermizas horas extras para juntar lo que permita mayores conocimientos y el sueño de la universidad. Y los ricos con los ricos, como siempre, haciéndose cada vez más ricos y oponiéndose –como lo hace su hija más política, Mariana Aylwin- a toda medida democratizadora real, que saque el negocio del centro de nuestras vidas divididas, tan divididas como los civiles y militares que Don Patricio en el Estadio Nacional intentó unir.

Tanto amor de todas partes a Aylwin debe ser a lo menos sospechoso. Porque es un amor que, hoy se percibe, llega desde las partes del poder, no de un pueblo agradecido. Ha de ser que nos hemos dado cuenta que la política de la que Aylwin es el símbolo no nos ha hecho más justos, sino incluso más despojados que en la dictadura. Ya lo decía su ministro Secretario General, Eduardo Boeninger, “el gobierno de Aylwin cumplió la misión de legitimar el modelo económico impuesto en los años de la dictadura. Sin esta legitimación, el modelo de economía abierto hacia el exterior, basado en la propiedad privada y de mercado, no se habría desarrollado en Chile. Hemos legitimado el pasado sobre la base de que éste es parte de la realidad del Chile del presente y del futuro (…) En los viajes del Presidente Aylwin a varios países, los empresarios que lo acompañaban pudieron darse cuenta de la admiración con que los extranjeros comprueban la sorprendente cohabitación que dentro del estricto marco de la Constitución se ha producido entre el Presidente y el Comandante en Jefe del Ejército, expresión notable de la capacidad de convivencia que ha caracterizado a nuestro país en estos años”.

Una convivencia que, a diferencia de lo expuesto por el senador de la UDI, Víctor Pérez, no nos cobijó a todos. No cobijó al 86% de trabajadores sin sindicato que ven cómo el 1% descrito por Boeninger concentra el 35% de la riqueza que los obreros producen. No cobijó al 75% de hogares chilenos que a veintidós años de terminada su obra, continuada por varios gobiernos, vive con menos de 800 mil pesos y altamente endeudados. No cobijó a los 33 militantes de izquierda asesinados por agentes del Estado (particularmente de la Oficina) durante el gobierno de Patricio Aylwin, como apunta Radio Villa Francia.

“Chile vuelve a la democracia y vuelve sin violencia, sin sangre, sin odio. Vuelve por los caminos de la paz”, dijo Aylwin al asumir, haciendo como si las decenas de muertos en las protestas nacionales, los quemados y torturados, no hubieran existido, reforzando el mito de la derrota a la dictadura con un lápiz y un papel. Quizás dentro de esos “caminos de la paz” estuvieron “los excesos cometidos”, como nombró a los crímenes de Estado cuando pidió a las Fuerzas Armadas que colaboraran con la verdad.

Pero para los muertos que dejó su naciente democracia ni siquiera dio para hablar de “excesos” ni hacer solicitudes de perdón. Había que matar, nomás. Por la unidad nacional, una unidad que desde 1990 a 2013 aumentó en un 100% la diferencia entre los ingresos que percibe el 5% más rico y el 5% más pobre del país, según la Fundación Sol. 257 veces de diferencia, 257 veces desiguales, 257 veces desunidos. Ese el país que construyó Don Patricio, que en paz descanse, celebrado durante toda esta semana por quienes son parte de su historia, la de Chile en la medida de lo posible.




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