Mi colega: Misógino, machista y profesor

por Felipe Vega Leiva



Sobre Felipe Vega Leiva

Por Felipe Vega Leiva

Hace dos años –junto a colegas con quienes hoy somos grandes amigxs y compañerxs,– empezamos a forjar historias valientes en un colegio que descansa a las orillas de una tempestuosa montaña que alberga vulnerabilidades típicas de las comunas marginales; ahí, en las inmediaciones de un colegio puentealtino surge, como en tantas otras latitudes (sé y asumo), una inagotable lucha que debemos dar lxs educadores contra la educación tradicional, conservadora y todo el pupurrí de aparatajes violentos que trae consigo esto.

Debemos oponernos a diario a las formas punitivas, arcaicas y por qué no decirlo ¡milicas! que se han ganado los espacios de poder en la escuela, y particularmente de la famosa convivencia escolar, nombre que hace un tiempo el gobierno cambió, en una renovación que poco tiene contra la dictatorialidad y el amago a las doctrinas sexistas, fascistas y autoritarias que preceden el cuento de la educación desde hace más de dos siglos en estos tierrales del sur. Y que ni por nombre bello que se le ponga, dejan de serlo: inspectorías, Mamo Contreras de la escuela, aparatos de poder sobre nuestros cuerpos.

Pero en este ajuste de cuentas, no vengo a atrincherarme contra las formas de (abuso de) poder, que a mí parecer son fáciles de evidenciar. Porque en nuestra práctica sabemos que los espacios de aprendizaje son ilimitados y que las palabras, nos guste o no el cliché, crean realidades. Es aquí, en esas adversidades que tenemos muchas veces que reconstruir, desde donde surgen tantas rabias. Rabias que lamentablemente no surgen desde el poder ni de otro estamento en la escuela, sino más bien desde el propio profesorado.

Mi primer acercamiento a las formas de violencias ejercidas por mi colega se fueron dando en mis primeras semanas de trabajo, cuando yo era un recién egresado, sentado en la sala de profesores tomándome tiernamente un 1+1 mientras él, haciendo siempre alarde de su cocoroco humor de tipo Morandé con Compañía, provocaba risas en un grupo de profesoras que seguían chistes misóginos que ridiculizaban a las apoderadas y cuanta mujer pasara. Alguna que otra trató de frenar sus violentas palabras, pero él ridiculizaba la discusión simplificándolo al estilo Arjona: “Nosotros con el machismo, ustedes al feminismo… y al final la historia termina en par”. En esas tardes, era usual oírlo refiriéndose a sus colegas “parece que andái en tus días”, “no le tocó, profesora”, o “está en edad de merecer” sobre alguna adolescente que empezara de a poco a explorar su sexualidad a punta de maquillaje, bastas en la falda y coqueteos con chicos de la enseñanza media.

Fue en marzo, día 8. Celebrábamos sin discurso político el día de la mujer (donde no se me invitó a la organización de un desayuno para las trabajadoras), y luego de entregarles a cada mujer su merecida frase de Arjona –¡no estoy hueviando!–, el profesor toma la palabra: “La verdad es que nos costó hacer el desayuno sin una mano de mujer”.

Durante ese año, cruzábamos miradas silenciosas con una colega cuando lo oíamos desde la otra mesa llegar del recreo y tirar la talla con su grupo: “Hazme un hueco”, decía. ¡Acá hay uno, mierda!, me dieron ganas de gritarle todas esas miles de veces que se mofó, sin saberlo, de quienes no tenemos el privilegio de amar en el marco de la normalidad cristianamente aceptada. ¡Acá hay uno!, ¡acá habemos dos!, ¡acá somos miles de profesores que repudiamos los discursos misóginos y fóbicos contra la diversidad sexual! Acá estamos, en pie de lucha, recibiendo y reeducando a lxs estudiantes que aturdiste con tanta miseria patriarcal, a las chicas que no saben jugar saltando porque las niñas tienen que ser recatadas y temen parecer gorilas; a los jóvenes que aprendieron a ser bien hombres a punta de enrostrarles que ser delicados era pésimo, que llorar es de niñita, que decir la verdad es de hombre… y que un caballero no tiene memoria.

Yo tengo memoria. Tengo memoria del consejo de profesores cuando pusiste el grito en el cielo porque un chico de sexto básico tenía los labios pintados y la cara maquillada. Tengo memoria de cómo poco a poco ese humor va perdiendo adeptxs, porque otro el día dijiste que harías el taller de ballet con tul a la cadera, esperando una carcajada y nadie se inmutó. Tengo memoria del menoscabo con que miras a las nuevas generaciones de educadores porque dijiste que nada sabíamos. Tengo memoria de cómo miras con ojos lascivos el pliegue del jeans de otras colegas. Tengo imborrable el recuerdo del día del profesor, cuando después del típico baile en la salsoteca, tocándote la pierna le dijiste a una amiga y colega: “Siéntese acá y hago pasar a todo tu curso”.

Quizá, parezca injusto mi crítica a una persona que está en su libre albedrío; injusto que yo haga público los secretos mejores guardados de la sala de profesores. Sin embargo, tengo la convicción y la experiencia de lo difícil que resulta para muchxs educadores, antiguxs y nuevxs, luchar contra el machismo tiránico que se arraiga desde pequeñitxs en nuestrxs infantes y jóvenes. Un machismo que no se arraiga de manera natural, porque las divisiones del trabajo y los roles de género se los debemos a los poderes fácticos, los medios de comunicación afianzados a los grupos económicos, a la familia, y sobre todo a la escuela. Tengo la certeza que cada docente en la autonomía que otorga el ejercicio en aula, involuntariamente deja entre ver su mirada del mundo por medio de su lenguaje; y sé, que así como en esta escuela oculta detrás de un cerro en la Provincia Cordillera, miles de profesorxs que soñamos con la libertad, vemos truncado el sueño de emancipación por profesores que contra todo pronóstico, reproducen una miseria.

Esta revisión está dedicada a todas las hermosas personas que siendo educadores, saben también que su rol no es sólo un dictamen y una cháchara académica que reproduzca discursillos baratos aprendidos en la academia; sino que, haciendo uso de herramientas que jamás la universidad (nos) ha proveído, hacemos de la educación un espacio de aprendizaje para/contra la adversidad de la vida. Incluso, y por qué no decirlo, para y contra las adversidades que otrxs que también llevan el título de profesora o profesor a cuestas, fomentan la estructura patriarcal, misógina, sexista y fóbica contra las no-héterosexualidades. Homenaje a esxs educadores, que día a día nos comprometemos con hacer de la rabia, una flor.




3 comentarios sobre “Mi colega: Misógino, machista y profesor”