Ni feliz día, ni homenaje a Carabineros: en 89 años no hay nada que celebrar

por Javier Gallegos Gambino



Sobre Javier Gallegos Gambino

Por Javier Gallegos Gambino

No existen motivos para celebrar cuando se pertenece a una institución que desde sus inicios ha sido agente activo en la represión de movimientos sociales; en la discriminación, tortura y asesinato de ciudadanos y ciudadanas; y, en general, en todo orden de abuso de poder contra el pueblo (su propio pueblo) de Chile, en defensa del “orden y la seguridad pública interior en todo el territorio de la República”, según la Constitución y su propia Ley Orgánica lo señala.

Desde su creación, hace 89 años, en un contexto en el que el dictador Carlos Ibañez del Campo (su creador y primer “comandante general”) establecía medidas altamente represivas para construir el “Chile Nuevo”, hasta nuestros tiempos, Carabineros de Chile ha sido el reflejo fiel de lo que las policías modernas representaban a comienzos del siglo XIX: los defensores de una minoría que ha hecho uso de los aparatos del Estado para mantener su posición privilegiada.

La garantía del orden público, a cuyo resguardo están obligados –en tanto “fuerza pública”- a promover por mandato de la ley, se ha traducido en la realidad como la construcción de una fuerza represiva, contra todo aquello que signifique una riesgo al orden institucional impuesto por las clases dominantes. El enemigo, por tanto, es todo aquél que se manifieste en su contra: el o la estudiante, el o la trabajadora, el o la pobladora. Contra ellos represión, abuso y cárcel.

Sobran los ejemplos para dar cuenta de las atrocidades que se han cometido por parte de Carabineros a lo largo de la historia. Cifras, datos, y estadísticas oscuras que lógicamente no figuran en ninguna cronología oficial, pero que han marcado con sangre el devenir de su historia. ¿Qué tipo de protección de la población y promoción de la paz hubo en 1931 en aquella trágica Navidad en que se asesinó a más de 20 militantes del Partido Comunista en Vallenar? ¿Fueron del “débil el protector” en 1938, cuando asesinaron a sangre fría a 62 jóvenes nazistas en la que es recordada como la “Matanza del Seguro Obrero”? ¿En qué medida “dieron eficacia al derecho” dejando 36 trabajadores heridos en la huelga de la Compañía Refinería de Azúcar de Viña en 1951? ¿O contra los 24 obreros heridos y 3 muertos de la Oficina Salitrera Pedro de Valdivia en 1956?

Nos gustaría decir que dichas situaciones dejaron de ser habituales en los años y décadas sucesivas. Pero sabemos que no. Porque de la mano de César Mendoza, general rastrero, Carabineros fue una de las cuatro fuerzas de orden que en 1973 promovieron activamente el golpe militar y su posterior legitimación y defensa. Ni emblema del sacrificio, ni espejo de la ley: su actuar en tiempos de dictadura se recuerda en las víctimas asesinadas y el dolor de sus familias en Cuesta Barriga, Mulchén, Lonquén, Yumbel, y Paine; se recuerda en Parada, Nattino y Guerrero; en los hermanos Vergara Toledo; en el cura André Jarlan. Se recuerda en su participación activa (y también cómplice) en las torturas de la DINA y la CNI.

Y por si fuera poco, los abusos y transgresiones a derechos humanos no han dejado de existir hasta nuestros tiempos, pues desde los gobiernos de la Concertación el enemigo siguió presente, y se le siguió combatiendo de la misma forma y con la misma fuerza. Esta vez no eran –necesariamente- los promotores del “cáncer marxista”, sino los grupos más vulnerables de nuestra sociedad, como el pueblo mapuche, los estudiantes, pobladores, trabajadores, extranjeros y “flaites”. Alex Lemún, José Huenante, Matías Catrileo, Rodrigo Cisternas, Manuel Gutiérrez, Nelson Quichillao: son algunos de los nombres que engrosan la sangrienta lista de víctimas de la institución policial chilena.
Pero no es sólo tortura y asesinato, es también represión. Y respecto de ella también hay mucho que aportar en perjuicio de la “noble” función de Carabineros. Basta revisar los alcances del informe del Instituto Nacional de Derechos Humanos de 2013 (sin considerar lo que ha pasado los últimos 3 años que es igual o peor a lo que ahí se expone) sobre “Derechos Humanos y Función Policial”, que en términos generales retrata la forma en cómo la policía chilena ejecuta sus acciones en absoluta inobservancia de la ley, los protocolos y los estándares internacionales que regulan la materia. El abuso, exceso y desproporción en el uso de la fuerza es característica inherente al actuar policial. Basta mencionar respecto a esto último, un solo caso: cuando en 2015, el joven estudiante Rodrigo Avilés fue impactado por la fuerza del chorro del carro lanza-aguas, razón por la que estuvo más de 6 meses hospitalizado.

Carabineros de Chile es una institución nefasta, que como se ha podido apreciar ha tenido responsabilidad directa en una altísima cantidad de eventos tremendamente tristes para nuestra historia. Pero se debe reconocer, siendo justos, que quienes cumplen funciones como carabineros o carabineros son, en parte, también, víctimas del diseño de este perverso sistema. Basta analizar el componente socioeconómico de personas que acceden a la formación policial para apreciar que finalmente lo que se construye son enemigos de su propia clase. El pueblo contra el pueblo.

De la misma forma, corresponde destacar a aquellos funcionarios que contra el peso de la historia institucional han sido efectivamente un aporte en la búsqueda y respeto por la justicia; quienes excepcionalmente han sido dignos de agradecerles, como lo dijera en su momento Gabriela Mistral, por ser los que “(…) velan desvelándose. Aquellos que son, sin saberlo, guardianes de nuestro sueño y la conciencia de la ciudad (…)”. Son ellos, casos individuales, a quienes debemos saludar con respeto, mas no obediencia ni sumisión; y no a la fascista institución que los cobija.




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