Homenaje al campeonato de Universidad Católica: una oda al hincha

por Mariano Palma



Sobre Mariano Palma

Por Mariano Palma

Jaime Carreño creció sabiendo que el futbol era una opción de éxito, pero también de fracaso. Su tío es Oscar Lee Chong, quien conoció la gloria y el fracaso en una sola jornada. Gozó al compartir el vestuario con jugadores como Pedro Reyes e Iván Zamorano, reemplazando a este último a poco de terminar el partido. Jugó 59 segundos, tocó una vez el balón y jamás volvió a ser citado. El cara y sello de una carrera que es más ingrata que gratificante.
Carreño, en Santiago Morning, creció con esa dualidad que te puede dar el fútbol. La UC y su fútbol formativo –cada día más en pugna con el futbol negocio-, que forma jugadores con valores y no sólo productos para el mercado, decidió llevárselo y, de paso, ganar un hincha.

Porque en eso se convirtió Carreño, en un hincha dentro de la cancha. Y así lo demostró en cada partido, jugando como si tuviera 32 años cuando en el mediocampo peleaba con jugadores que tenían sus mismos 18, pero de pura trayectoria. Cumplió el sueño de cualquier hincha haciendo su primer gol en un clásico, celebró como lo haría cualquier hincha y después lloró de emoción, como cualquier hincha.

Pero a pesar de ser más hincha que jugador, de que su sueño sea ser ídolo en la UC por sobre irse a Europa, de haber declarado que jugaba para ser símbolo, no para ganar plata, sabe que eso no depende de él. Sabe que en la marquesina hay varios dirigentes afilándose los colmillos al ver ese pedazo de carne fresca que les va a permitir hacer caja y hablar de éxitos. Sabe que las cosas no funcionan como a él le gustarían. Sabe que por eso hay tan pocos ídolos.

David Llanos se ha visto obligado a callar. Al delantero le tocó duro. La regularidad no llegó y las oportunidades escaseaban. Fue testigo presencial de la forma como su equipo invertía millones buscándole una alternativa. Sebastián Jaime, Roberto Gutiérrez, Nicolás Castillo. Y se la tuvo que comer callado, sabiendo que él podía ser la respuesta y dando cuenta de ello en cada partido en el que le tocaba entrar. Pero siguió ahí, en la banca. Llanos aguantó. No buscó otros rumbos ni dio recados por la prensa. Entró y cumplió. A Llanos no le importó que ningún cabro chico fuera a comprar su polera. Llanos cumplió.

Cristián Álvarez lleva cinco años aguantando ser el referente de un equipo que cada fin de semestre parecía destinado a sucumbir ante una historia que le ha sido tremendamente ingrata. Un equipo que se cansó de rozar la gloria para dejarla ir una y otra vez. La historia de Álvarez es la de un experimentado que sabe que cada año disminuyen sus posibilidades de retirarse campeón con el equipo que amó toda su vida. La de un capitán que se da cuenta de que su generación, la de Egipto 97’, ya se va acabando y que su hermano, con el que creció jugando, hace rato pasó a comentar sus partidos. Sabe también que el cuerpo ya no le da como antes. Sabe que ya no es el que hace dos años se podía desgarrar corriendo por la camiseta y que hoy le están quitando el puesto un grupo de juveniles que cuando él mismo debutó, tenían un año. Sabe también que nadie merece este campeonato como él.

Mario Salas no es -ni nunca fue- el técnico ideal. Probablemente en Libertad y Desarrollo, de donde salen varios dirigentes de Cruzados SADP, hubo varios resquemores ante la inclusión de un técnico que usaba frases del Che Guevara para motivar a sus jugadores. Eso ya es suficiente veto para ese Olimpo de la sobre ideologización del que proviene Luis Larraín. Tampoco cuadraba que la sociedad anónima hubiese deseado para el equipo de San Carlos de Apoquindo el que, mientras fuera jugador, no se dedicara sólo a jugar, sino que leyera y fuera dirigente sindical de su profesión en el SIFUP. Pero Salas llegó y aguantó. Se cayó varias veces, cometió miles de errores, hizo perder la paciencia a los hinchas, escuchó sus primeras pifias y supo que esta era –quizás- su última oportunidad. Había tenido varias a lo largo de su trayectoria, pero la historia no es tan generosa. Había tenido ya una en Turquía 2013, cuando fue eliminado por Ghana cuando sentía que estaban destinados a hacer algo grande. Había tenido otra con Huachipato, en la Sudamericana 2013. Había tenido también con la UC en las últimas campañas. El hecho de convertirse en parte de la memoria colectiva de cada hincha cruzado le era cada vez más esquivo. Si no era esta no era nunca. Y a pesar de todo seguía fiel a su estilo, cometiendo errores pero atacando, reivindicando el compañerismo por sobre el individualismo, en donde todos los jugadores son importantes y ni uno más que el otro. Esos valores son los que están cada día más olvidados en el futbol negocio; ese que busca el rédito económico por sobre el espectáculo, ese que considera al hincha un cliente, ese que cree que el CDF está por encima del estadio, ese que se está robando el show.

Carreño, Llanos, Álvarez y Salas representan a ese hincha que lleva 6 años -y muchos más- aguantando. Son el reflejo de ese hincha que cada fin de semestre, en la pega o en el colegio, tenía que recibir el mote de segundón o veía sus redes sociales tomadas por los memes. Son la personificación del que calla pero sigue creyendo, porque sabe que puede que este semestre, que puede que este año, que no puede ser que sea verdad, que esta vez sí que sí.

Pueden afirmar que este fue un campeonato de mierda. Y sí, pueden. Porque el fútbol chileno llega a dar lástima. Porque ganamos, perdimos y empatamos partidos gracias a un nivel de irregularidad preocupante. Porque nunca convencimos. Porque la UC no hizo alarde de buen fútbol y porque lo que presenciamos no fue a un equipo derrochando talento. Pueden decir que nadie quiso ser campeón, o que nadie lo merecía. Pero eso no importa. El hincha de la UC sabe que sí lo merecía. Porque puta que lo merecíamos. Puta que la peleó. Puta que perseveró. Puta que paró canteranos cada partido. Puta que le dio rodaje a juveniles que valen la pena. Puta que aguantó frustraciones y sufrimiento. Puta que ganó como pierde siempre. Y puta que es lindo ganar así.



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