Chiloé: Vergüenza nacional

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Hay que olvidarse de la billetera fácil, dijo ayer el ministro Burgos ante todo el país, poniendo una lápida a las organizaciones de trabajadores de Chiloé que están sufriendo la mayor crisis ambiental que recuerden, con una marea roja producida -muy probablemente- por el abuso e impunidad con que vienen operando hace al menos treinta años las empresas salmoneras en el archipiélago, envenenando el mar con sustancias que han provocado el florecimiento de algas nocivas para el ser humano. ¿No hay billletera fácil, dijo? ¿Esa es la forma en que un gobierno responde a dueñas de casas, recolectoras de mariscos y pescadores artesanales que han visto cómo su cultura, su forma de relacionarse con el mundo, el mar y la tierra, ha sido vulnerada por una industria que sólo ha traído pobreza, convirtiendo al sueldo fijo y bajo a trabajadores que dejaron las mallas y los botes, poniendo fin al traspaso de generación en generación de una forma de sustento que les aseguraba dignidad? Una y otra vez los gobiernos de la Concertación han corrido a socorrer a los empresarios que se tomaron la isla con subsidios que aseguran garantizar el trabajo, un trabajo que en 2008 se vio reducido a menos de la mitad de su capacidad debido al florecimiento inusitado de algas que produjeron el ahogamiento de peces que terminaron por morir. Entonces, las palabras de Burgos, que son las palabras del Gobierno, representan una verdadera humillación y despiertan, no sólo en la zona afectada, un sentimiento de impotencia y vergüenza nacional. Porque así mientras, con sonrisas y la soltura de cuerpo propia de una vida cómoda y segura, se asegura a los habitantes de Chiloé que van a vivir los próximos seis meses con cien mil pesos y cajas de mercadería, se envían Fuerzas Especiales desde Santiago que asustan con volver a dejarnos imágenes como las que conocimos en Aysén, con hombres enajenados golpeando a dirigentes que lo único que piden es dignidad, ni más ni menos que eso: condiciones justas para trabajar y vivir. ¿Sabía usted cuánto cuesta el envío de sólo un efectivo de fuerzas especiales? Un millón doscientos mil pesos por cada defensor de la Patria, defensa expresada en el uso de su casco, máscara antigas, buzo antiflamas, guantes antiflamas, kit antidisturbios, bastón, escudo, chaleco antibalas, cinturón, funda de lona, esposas de seguridad, cordón de seguridad, botas y un revólver. Esa es la respuesta del Estado, esa es la respuesta de Burgos y la Presidenta Bachelet ante una situación tan dramática que sólo pregona hambre. Represión, sangre y gasto en lugar de acceder a los trescientos o cuatroscientos mil pesos que se solicitan desde algunas organizaciones para, por lo menos, saber que no reforzarán el hambre que ya conocieron hace rato, como también conocieron las enfermedades. El dirigente de la Asamblea Social de Castro, Fernando Venegas, conoce los problemas desde hace décadas, y no duda en afirmar que desde que la extracción de salmones se instauró en la isla como un orgullo del crecimiento depravado de la Concertación, las enfermedades crónicas se han hecho parte del paisaje de un escenario distinto, de un escenario cada vez más lejano al de las tradiciones y paisajes bonitos que conocimos por libros, documentales y teleseries. Las mujeres quedan con tendinitis debido al movimiento reiterado que hacen al manipular los peces, dice Fernando, mientras asegura que la ciudad sigue paralizada, con cinco barricadas entre los treinta kilómetros que separan a Castro de Chonchi. Y son todos, no sólo los pescadores y recolectores afectados. Son las dueñas de casa, los estudiantes y profesionales quienes salen a dar la vida por defender su subsistencia y su territorio de las desprolijidades de un gobierno que no hizo nada concreto en prever el panorama y que; al contrario, permitió que se tirara al mar como basura tóxica cinco toneladas de salmones muertos en un lugar incluso más cercano a la costa que el establecido por la Armada. Es todo el pueblo de Chiloé el que no quiere que se siga protegiendo, a través de la Ley de Pesca que a los artesanales empelota, a empresas que propician la propagación del virus ISA por sus pésimas prácticas sanitarias. Y es todo el pueblo de Chile el que solidariza con una zona sin hospital ni universidad, con un puente detenido por la corrupción de la empresa brasileña concesionaria, y que ahora además va a vivir medio año sin almejas, erizos y choros, base alimenticia y económica de gran parte del territorio. Pero la solución, dice Burgos, son cien mil pesos que más allá no se van a correr, casi burlándose de los que se preparan para el hambre y para hacer frente a un batallón de milicos verdes de Fuerzas Especiales en vehículos antidisturbios, que según Publimetro ya desembarcaron a través de un acceso alternativo por Quemchi, 57 kilómetros al sur de Ancud.

Mientras Büchi se va del país por encontrar que acá ya no hay oportunidades para empresarios evasores de impuestos como él, el padecimiento de un pueblo agudizado por las acciones de un modelo de Estado inhumano y enteguista, nos recuerda que este sigue siendo un país que a veces da vergüenza nacional. Como da vergüenza nacional escuchar a autoridades achacar todo el drama a un fenómeno metereológico en lugar de mirar las fotos de las empresas tirando pescados intoxicados al mar y luego leer el testimonio de Teresa Calfunao, Presidenta de la Agrupación de recolectores de alga de Duhatao, quien dijo a Radio Villa Francia que, luego de saberse del arrojo de toneladas de salmones muertos al mar hace algunas semanas: encontramos lobos marinos agonizando y con la boca hecha tira ¿Cómo iba a ser marea roja eso? ¡era veneno! Botaron salmón con amoniaco, con químicos, es la única explicación que se nos ocurre, porque no podemos entender de dónde viene tanta muerte. El agua está aceitosa, la arena de color café, de un gris oscuro muy feo.

Para que lo sepa el Ministro Burgos, que ni siquiera debe saber cuánto cuesta un kilo de arroz: no sólo es la marea roja y su florecimiento de algas malignas; es también una historia de intoxicación, reforzada por el arrojo de un material que seguirá haciendo mucho más daño que el que pueden amortiguar cien mil pesos.




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