El Gringo Pobre

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

“Se prepara para su último turno Domingo Alvarado”, se escucha desde los parlantes del terminal de micros Subus, del Transantiago, a sabiendas de que Domingo está muerto, que ya no puede firmar. El dirigente de los Sindicatos Unidos camina sollozando los metros que separan el féretro de la garita y toma la planilla, gira, y la alza tembloroso pero recargado de orgullo ante los treinta colegas que circundan el cajón. La madre de Domingo, conocido en la empresa como El Gringo Pobre, es una anciana arrugadita que no llora. La sostiene la edad, el duro paso del tiempo engalanado en un pantalón negro muy planchado, un pantalón que eligió para despedir a su hijo micrero, el que terminó sus días en un asilo, recibiendo las pocas y nulas visitas de sus compañeros que hoy no lo pueden creer. No pueden creer la dimensión de la muerte, las preguntas que provoca ¿Cómo me van a despedir a mí? ¿Soportarán mis padres y mis hijos verme dentro de un ataúd mientras casi cien máquinas comienzan a tocar sus bocinas y a hacer andar sus luces intermitentes? La salida por José Besa está cubierta por micros en ambas direcciones, orugas azules que hacen la suerte de custodia, de protección del gremio ante las inseguridades de la calle, ante la imprecisión del destino en vueltas que nunca son las mismas. “En esta última vuelta voy solo… los espero cuando les toque su turno”, dice la leyenda bajo el rostro fotografiado que los amigos pusieron sobre sus tablas. Cuando el dirigente sindical volvió con la planilla, la guardó dentro del pijama de palo y retiró la foto con su cuadro. Fue el relevo final para volver a subirlo a la carroza, entre seis, y así iniciar su última salida, una salida en un día gris del otoño de mayo, con los pasajeros silentes en el paradero de afuera, abrigados inciertos, sin la determinación en las bufandas y parkas que trae consigo el invierno. Ante ellos pasó Domingo, ante ellos se posó el rostro del cuadro levantado por otro de los colegas desde un auto. Quizás alguna vez lo vieron, le dijeron gracias por dejarlos pasar sin carga en la Bip. Con pocos amigos, con no más de media docena de familiares, el Gringo Pobre se fue a descansar desde donde se hizo digno. Desde su trabajo, para permanecer en la vibración de las bocinas, en el respeto de aseadoras que se detuvieron a guardar silencio, en la unidad esquiva de conductores divididos por varios sindicatos y que ahora empiezan a temer a la muerte. En el sonido agudo de una guitarra evángelica manipulada por un operario solemne. Sábado, San Bernardo, siete de mayo de 2016.

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