Homenaje a Pedro Engel y los amores libres

por Virginia Gutierrez



Sobre Virginia Gutierrez

Por Virginia Gutiérrez

La mayoría de la gente que conozco, hasta los poquitos que no son supersticiosos, le tienen cariño a Pedro Engel. Es amable y sus predicciones no te dejan tiritando de miedo: motivan a seguir adelante, habla con amor y ojos chinos de sonrisa de todos los signos y a menudo declara el signo de uno (sea el que sea) como “uno de los mejores.” Si uno no va a creer en nada, o si va a creer en algo, da lo mismo: Engel es de los grandes valores del matinal, lo esperamos todos los lunes y siempre ayuda a enfrentar la semana. Lo necesitamos más que al primer café de la mañana antes de enfrentarnos con lo que se viene.

Hasta que hace su declaración en pleno matinal y luego en entrevista con la Cuarta. Practica el amor libre (así se llamaba antes: poliamor le dicen ahora). Tiene una relación con dos mujeres, explica dos veces. Sale con ambas, las quiere a ambas. A veces se juntan los tres a comer o para ir de vacaciones. Aclara que hay honestidad, respeto e igualdad: cuando en La Cuarta le preguntan si “la cosa es para los dos lados,” dice “Obvio. Ellas pueden hacer lo que quieran con sus vidas, pero sí hay mucho amor.” Los hijos, aclara, todos mayores, conocen la situación.

O sea, tres adultos entran en una relación consensual, en las que son libres, respetados y en la que hay amor. Pero los comentarios online no hablan de eso, no proponen una reflexión seria sobre el poliamor hoy a partir de, quizá, el primer caso de una celebridad en Chile que habla en cámara al respecto.

Pero pasa poco. Algunas bajadas, muchas, hablan de Engel “reconociendo” su relación, un titular menciona su “confesión,” otra más el verbo: “confesar.” Como si se tratara de un crimen de las más oscura especie. Sí otros medios, hay que decirlo, hablan simplemente de “revelar” o “dar a conocer.” En un país donde la farándula es placer nacional (y no me resto), de inmediato todos formaron una opinión. De inmediato, porque así es Twitter y así son los comentarios de las noticias.

“Wena Pedro, se hacía el weon nomás/ Maestro/ ah, yo también le voy a decir a mi polola que voy a tener otra… con honestidad, cachái/ se me cayó Engel/ chanta empoderado/ viejo caliente, ojalá ellas también tengan dos pololos/ y con ese caracho voh creís que no le ponen el gorro/ profeta de Peñalolén/ hay algo de insanidad mental en esa actitud/ el amor es entre 2/ puro machismo, si fuera una mujer lo tratarían peor/ el tío Pedrito le pone/ yo siempre lo encontré medio miéchica/ minas hueonas que aguantan.”

Etcétera.

Es un viejo zorrón al que hay que admirarle lo carerraja y macho. Se está aprovechando de las dos minas y la mansa tula debe tener. O es un mentiroso barsa. Las dos mujeres deben estar desesperadas por la falta de hombre para estar dispuestas a compartir uno, claro. Y se repiten las palabras “engaño” y “celos,” aunque Pedro Engel aclaró, precisamente, que no hay engaño (por eso el escándalo: si hubiera contado una infidelidad, sería un episodio farandulero más y tanto la engañada como la amante habrían tenido espacio de llanto y quejas con música ad hoc y un hashtag contra el malvado) y pasó de largo el asunto de los celos, diciendo que ellas también eran libres de hacer lo que hacen y que hay amor.

Estamos en un país donde el patriarcado, la violencia, los eufemismos y la costumbre de culpar a las víctimas nos han presentado uno de los espectáculos más horrorosos de los últimos meses: Nabilda Rifo “perdió” los ojos y “casi murió” (así como yo me paso los lentes y casi me atropellan por cruzar sin mirar el otro día) luego de una golpiza porque, aclaran comentadores “no se viró cuando cachó que era violento el tipo.” Dejemos de lado la denuncia previa; dejemos de lado que no es llegar y virarse cuando se tienen cuatro hijos y que los señores carabineros no llegaron a escoltarla en limosina sino, por el contrario, las múltiples llamadas de la madre no tuvieron respuesta hasta que el cuerpo mutilado aparece en la calle. Todos conocemos la velocidad de reacción cuando hay llamada sobre violencia intrafamiliar desde una comuna pobre, desde un lugar que no sea Vitacura o Lo Barnechea.

Y en ese país, alguien–Pedro Engel–habla de amor libre, de consenso, de respeto y de honestidad. Y eso es para hacer un escándalo. Mejor sería investigar en serio el tema del poliamor (poliloco y polichúpenla fueron dos de los varios igualmente iluminados comentarios en la columna que lo tocó en biobiochile.cl.). La columna en sí pregunta por el tema del amor, refiere las declaraciones de una psicóloga española acerca del tema en elmundo.es y de otra, también española, en La Vanguardia. A la pregunta “¿Es amor?” el texto del medio chileno declara “Los terapeutas lo dudan porque este tipo de relaciones libres se experimentan cuando se viven crisis personales e inmadurez afectiva y sobre todo, porque una relación de pareja se vive de a dos, en respeto, exclusividad, fidelidad y en conciencia”.
“Los terapeutas,” generaliza, aunque solo citan dos. No se distingue entre tipos de poliamor (el de Engel es solo uno de ellos). Y, lo más grave, no se considera la importancia de analizar los celos. Valdría la pena leer el libro de Tristan Taormina “Opening Up” en que sí se detalla algo relevante al respecto: los celos son como cualquier otra emoción, dolorosa o no. Como la pena, la rabia, la alegría, la curiosidad, no podemos dejar que nos domine. Hay que entenderlos como lo que son–una emoción que duele y que hace sentir inseguro–y desde ahí reflexionarla, aceptar que existe, aprender a vivir con ella sin causar violencia, sin negarse el derecho a vivirla como señal de alerta, sin que eso signifique dañarse a uno o al otro.

Pero no, mejor desestimar a Pedro Engel (“se me cayó y nunca más le voy a creer el horóscopo), su honestidad, su opción y la de dos mujeres que entran con la misma libertad suya en una relación no tradicional. Mejor ni pensar en los celos y en cómo el poliamor nos enseña a negociarlos, a respetar al otro y a uno mismo tanto en el deseo como en la pena que todo deseo causa a veces. Mejor hacernos los pelotudos, reducir a Engel a los clichés machistas de los que precisamente está saliéndose, aunque sea a riesgo de validar los celos y las relaciones monógamas (de facto o de nombre nomás), porque toda relación monógama es intrínsecamente superior, parece. No importa que en Chile a las mujeres las maten sus monógamas parejas que no han entendido a procesar los celos y no se enteran de que no por eso se mata a alguien. La pareja de Nabilda, siguiendo los mensajes de la cultura chilena predominante, entendió que su mujer era su propiedad y por ende, su derecho casi matarla. Hay quienes lo tildan de monstruo, de no humano, de enfermo mental. No nos engañemos: es un hombre que internalizó un mensaje que en Chile nos llega todos los días y lo llevó al extremo. No es una excepción. Es una muestra.




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