Eduardo Lara: un día triste para Chile

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Don Eduardo Lara recibía a los conejales de Valparaíso, en el edificio que este sábado se convirtió en el escenario de su asesinato, echando la talla y haciendo preguntas sobre cómo está la salud o cómo va la cosa en la familia. Su vida entera trabajando como guardia de los colegios, el cementerio y los recintos de salud municipal lo convertían en un personaje reconocible, querido, uno que es capaz de dejar a las funcionarias llorando intentando comprender la crueldad de su partida. La “personalidad afable de un hombre mayor, de setenta años y fracción”, como lo describe el concejal Iván Vuskovic, lo convertían en una figura importante para la emocionalidad de un lugar de trabajo. Por eso choca tanto el espectáculo ruin de su agonía transmitida por televisión, mientras se escapaban cobardes quienes encendieron fuego a un lugar de trabajo con un funcionario en su interior. El atentado a la vida de Don Eduardo y su familia grafica una realidad espantosa del Chile actual, la de la violencia desquiciada que lleva a un grupo de irracionales a justificar como parte de una supuesta reivindicación de derechos la asfixia que se puede provocar en otros que sufren como nadie el abuso que ellos mismos dicen atacar. Porque Don Eduardo, como los operadores de call centers o de locales de venta de celulares que han sido atacados y que se han salvado de milagro, hoy sufrió una doble violencia: por un lado, la de irresponsables que con su actuar egoísta lo único que hacen es invalidar un proceso de lucha que con propuestas y objetivos programáticos logró sacar a millones a la calle para volver a creer en un Chile distinto; y por el otro, la de un sistema que lo mantiene a sus setenta y un años trabajando, porque –aunque le guste o no lo que sigue haciendo- la pensión que recibe no le alcanza.

La muerte de Don Eduardo, con la que los canales de televisión suben el rating y aprovechan de consolidar una propuesta editorial que necesita con urgencia muertes, incendios, asesinatos e historias “dantescas”, es la más dolorosa muestra de la locura de un país dejado a la deriva de los valores neoliberales. Un viejo que debería estar gozando del júbilo de una vida trabajada en virtud del desarrollo del país, se hace cargo de la seguridad de un edificio municipal a sabiendas de la autoridad de que durante esa jornada puede haber problemas graves. El mismo alcalde Castro lo gritó toda la semana: aquí se va a armar un desastre, advirtió, de la misma forma que avaló que a ese desastre hiciera frente uno de sus más longevos hombres en la absoluta soledad. Un hombre cuyo sueldo se ubica entre los más bajos de la planta funcionaria, un hombre entregado a la vulnerabilidad de los honorarios o de la contrata a plazo fijo, como se emplean a los jubilados que “quieren seguir trabajando”. Un hombre que representa a tantos hombres y mujeres que en las plazas de armas del país continúan agarrando ramas de palmeras que apenas se pueden para barrer las hojas que botan los árboles y las basuras que arrojan los jóvenes. Ese hombre, golpeado por un sistema que deja al 91,6% de los pensionados de AFP con menos de 156 mil pesos mensuales, fue asesinado por otros chilenos que creen que prendiendo fuego a diestra y siniestra van a terminar con la deuda promedio de un millón 133 mil pesos que mantienen esos mismos pensionados (según la Fundación Sol). La imagen precisa de un país enfermo, que además permite que los mismos políticos especuladores que crearon las condiciones para que Don Eduardo estuviera trabajando en ese lugar y en ese momento, busquen sacar provecho relacionando su muerte a la urgencia que requiere la promulgación de una Agenda Corta Antidelincuencia. “Inaceptable que socialistas se opongan a agenda corta que es indispensable para enfrentar a delincuentes como los que asesinan a guardia en Valpo”, dijo Alberto Espina, que por supuesto ninguna relación hizo –en esa lógica- con lo indispensable que también podría ser terminar con las AFP.

Por otro lado están los facilistas que no pierden oportunidad para desacreditar dirigencias vinculadas a ideas de izquierda. “Esto también es culpa de Giorgio, Camila y Boric”, argumentan con tristeza algunos en Twitter, como si los actuales diputados algo tuvieran que ver con el fascismo disfrazado de rebeldía que no se detiene en el objetivo de hacer destacar el caos. La idea es conectar el crimen con las voces de la disidencia política como sea. Enlodar a la mayoría inmensa de los que se manifiestan, en masa, libre y democráticamente por los cambios.

Cuando tengamos que ver una y mil veces el rostro blanco y canoso de Don Eduardo junto al de los parlamentarios que llevan décadas azuzando la violencia, la física contra quienes piensen distinto y la económica contra los que no pertenezcan a su clase, imaginemos sus pasos saliendo de su casa, con su tacita de café y su choca para la medianoche del turno, escuchando la música salida desde una radio añeja mientras recuerda a su familia descansando sola. Evoquemos esa imagen y la de otros miles que han sido llevados a las mismas condiciones que él. Pensemos en los funcionarios municipales sin contrato, tercerizados, que suman más de 100 mil en todo el país. Pensemos en toda la violencia arrojada por un Estado contra quienes hasta llegan a creer que tienen que seguir trabajando hasta que mueran, porque Chile no da las herramientas para siquiera creer en el derecho al júbilo. Y pensemos, también, en la miseria de los que creen que el fin de la injusticia se va lograr con un fuego que hace vista gorda frente a quien consume a su paso, aunque esos consumidos sean las víctimas principales del gen de la violencia que sin organización ni ética nos va a golpear hasta los últimos días.

Es un día muy triste para Chile, otro día encapsulado por la obcecación de los enfermos y en perjuicio de los que sólo buscan vivir, resistiendo con tallas y cariños en trabajos que ya no les pertenecen, en medio de la costumbre del abuso y la violencia. Es otro día encapsulado por los que en su vehemencia descontrolada –con la que abren paso a la compañía de locos e infiltrados- defienden los derechos de los trabajadores matando a uno de ellos. El absurdo y la indignación total.




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