Homenaje al aplauso (o al acto de aplaudir)

por Javier Gallegos Gambino



Sobre Javier Gallegos Gambino

Por Javier Gallegos Gambino

Contra la hegemonía del silencio, muchas veces oscuro y aterrador, el aplauso se ha transformado en la principal herramienta que la humanidad ha utilizado históricamente para combatirlo. Casi como un reflejo natural, el sonido que emite un palmoteo pareciera ser un acto inherente a nuestra especie, en aquellas circunstancias en que nuestro cuerpo siente la necesidad de expresarse frente a algo que nos gusta, que nos apasiona, que nos genera emoción u orgullo.

Pero el acto de aplaudir también ha sido necesario en el ámbito político: su manifestación entrega certeros indicios de popularidad, respeto y aprobación, que desde Nerón, pasando por Lord Farquaad, hasta nuestros días, se ha utilizado por las y los principales gobernantes del mundo como herramienta de estrategia. El aplauso ha levantado reinados y candidaturas presidenciales; así como también ha destrozado imperios y dinastías. Basta recordar, en este último sentido, la majestuosa frase con que la Reina Amidala retrata aquella oportunidad en que el Canciller Palpatine se alza como soberano del senado Intergalático tras unánime ovación, que terminaría por conseguir el derrumbe de la República y el surgimiento del Imperio: “So this is how liberty dies… with thonderous applause” (“Así es como muere la libertad: con un estruendoso aplauso”).

Como sea, los aplausos han acompañado el devenir de la historia de la humanidad en todos sus ámbitos, tanto a nivel de comunidad como en el espacio individual. Desde que somos niños, se nos enseña el ritmo de las palabras marcando cada sílaba con un aplauso; se nos instruye en “tipos de aplausos” (como el matemático, el matemático cruzado o el aplauso de la lluvia), que en la labor docente ayudan a que el grupo curso sea capaz de unirse en una misma acción para conseguir de esa forma el orden necesario para continuar la clase; se nos invita a felicitar a aquellos compañeros o compañeras que por haber hecho algún bien a la comunidad o simplemente destacar en alguna situación, merecen el reconocimiento popular.

El aplauso es, también, un instrumento de medición. Destacados sociólogos han considerado su importancia académica para la elaboración de encuestas y estadísticas del más considerable impacto a nivel nacional e internacional. No en vano, el denominado “aplausómetro”, ha sido útil herramienta para una infinidad de cuestiones en las que el criterio del ciudadano de a pie tiene voz y voto; tiene en sus manos el poder de la decisión trascendental. Eventos de alto prestigio como el Festival de Viña del Mar lo han consolidado como institución, como una tribuna desde la que se ha escogido a lo mejor de lo mejor en el ámbito artístico-musical; tal como se ha hecho también en matinales y franjeados de la tarde, en que el aplauso ha determinado a ganadores de concursos del más alto nivel, como el “igualito a…”, en circunstancias en que “tener ángel” ya no es suficiente sin el debido apoyo de las masas organizadas en la algarabía.

Ahora bien, nada de lo dicho hasta acá tendría sentido sin antes destacar algunas situaciones en que el aplauso se presenta como una peculiaridad, ¿por qué aplaudimos en esta situaciones? ¿Existe una especie de deber moral de hacerlo? Los científicos más importantes del mundo no han logrado dar con la respuesta. Nosotros al menos las enunciamos, para que todos juntos podamos dar una explicación:

1. Al final de una disertación
Solidaridad de clase, resistencia popular ante la opresión. El espontáneo aplauso al compañero o compañera que finaliza su magistral presentación académica es, sin lugar a dudas, la expresión fiel de que una comunidad justa y democrática es posible. Nadie puede negar que este gesto esconde una empatía evidente. Si es natural o no, qué más da: lo realmente importante es el apoyo a quien está adelante siendo atacado por la mirada atenta y evaluadora del o la profesora.

2. Cuando termina una película
El/la espectador/a necesita retribuir el regocijo que le produjo la secuencia de imágenes y música que envolvieron sus sentidos durante dos o más horas. Es el pago emocional al autor de la obra, ese que no se transa en dinero ni en acciones en la bolsa. Y aunque no esté presente en la sala, el gesto es la forma remota de agradecimiento por parte de una comunidad feliz, que envía buenas vibras a su trabajo y reconoce su genialidad.

3. Después de cantar cumpleaños feliz / apagar las velas
Es la demostración más sincera del aplauso-regalo, la manifestación por excelencia del orgullo y cariño para con el/la cumpleañero/a. Pero el ritual indica que los momentos se deben respetar a la perfección: no existe aplauso sin antes apagar las velas de la torta. Y después del aplauso, el abrazo y las felicitaciones. Todo un protocolo lleno de belleza.

4. Cuando aterriza el avión
Un mito que emana de las experiencias burguesas del traslado vía aérea, no comprobado empíricamente. Pero se señala que el aplauso en este contexto es el gesto de aquella persona que por primera vez viaja en avión, que por necesidad corporal de opacar las nefastas sensaciones producidas por el miedo y el vértigo del vuelo, se siente en obligación de reconocer el piloto que hizo un espectacular aterrizaje en tierra. Tras dicho aplauso viene la mirada sospechosa y discriminadora del resto de los tripulantes, que identifican al agente aplaudidor como un inexperto en materias como ésta.

5. Mesa que más aplauda
La mesa que más aplauda recibe premio. Está escrito en los anales de la historia de la humanidad. Sea en un pub, en un karaoke o en un pub-karaoke, la orden del animador-DJ es siempre la misma: ¡Regalo tragos a la mesa más prendida! Y se arma la algarabía. Porque existe una situación win-win, en la que el lugar se abastece de ruido y alegría, y la comunidad que favorece dicha cuestión es premiada por su aporte.

Que el aplauso siga, que nunca se detenga. Que las pifias sean acalladas por la majestuosidad de la ovación. Que se juntan las palmas, se eleven las voces y en una canción cante la vida, cante el amor, cante la alegría: homenaje eterno al aplauso, o al acto de aplaudir.



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