Carlos Peña: el gurú de la desinformación

por Gustavo González



Sobre Gustavo González

Por Gustavo González Rodríguez,
Exdirector Escuela de Periodismo Universidad de Chile

El rector Carlos Peña, un intelectual que se ha ganado el cartel de influyente columnista gracias a la prensa, es en el fondo un hombre que menosprecia al periodismo y a los periodistas. Así lo demostró, una vez más, en la columna que publicó en El Mercurio este sábado 28 de mayo a propósito de las reacciones en contra –particularmente de la Nueva Mayoría– que generó la difusión en el sitio online de la revista Qué Pasa de la interferencia telefónica en que Juan Díaz pretendía involucrar a la presidenta Michelle Bachelet en el caso Caval.

Peña es un reincidente. Huele a egolatría su afán de repetir hasta el cansancio frases propias que tal vez pretende consagrar como verdades irrefutables. En su columna vuelve a afirmar que la mayor obligación de la prensa, más que decir la verdad, es “no mentir de manera deliberada”. Le escuché por primera vez esta máxima en el discurso inaugural de un seminario el 7 de abril de 2008 en la Universidad Diego Portales, donde argumentó, como lo volvió a hacer ahora en las páginas mercuriales, que exigirle a los medios una verificación exhaustiva de sus informaciones redundaría en que los diarios, en lugar de cotidianos, se convirtieran en anuarios.

En mi libro “Caso Spiniak: Poder. Ética y operaciones mediáticas” (Editorial Lom, 2008), advertí lo inconsistente de esos juicios y su flagrante contradicción con principios básicos de la ética profesional, sobre todo con los criterios de veracidad que constituyen la esencia de un periodismo honesto, a salvo de manipulaciones de intereses políticos o de poderes fácticos. La visión liberal de Peña sobre el trabajo periodístico termina siendo no solo superficial y caricaturesca, sino peligrosamente peyorativa. No en vano, uno de los mayores detractores de sus juicios desde el año 2004 ha sido Abraham Santibáñez, Premio Nacional de Periodismo 2015, una autoridad en materia de ética, quien como académico fue uno de los pilares de la Escuela de Periodismo de la UDP.

Pues bien, este rector de una universidad que se precia de tener uno de los mejores planteles formadores de periodistas, se ha permitido calificarlos como “infidentes de profesión” y “muñecos de ventrílocua”, que son seducidos por el “tono coloquial” de un entrevistado y reciben “agradecidos” una primicia, como lo hizo el 12 de abril de 2015, también en una columna de El Mercurio, con ocasión de una rueda de prensa de Bachelet con corresponsales. Las expresiones de Peña fueron consideradas con razón como agraviantes por la Asociación de Corresponsales de la Prensa Internacional en Chile en una carta publicada en el mismo diario el 15 de abril.

La continuidad de este discurso, a menudo bien adobado con referencias a ilustres filósofos en alardes de erudición, me lleva a sospechar que el episodio de la “filtración” de Qué Pasa fue para Peña una ocasión que no debía despreciar, tanto para refrescar sus teorías, si podemos llamarlas así, acerca de la prensa y los periodistas, como para reverdecer su imagen de tenaz cuestionador de los poderes desde las páginas mercuriales. Pero a la postre ha vuelto a evidenciar que los aciertos de sus agudos juicios y su buena pluma se pierden cuando intenta dictar cátedra sobre periodismo.

Defender la libertad de expresión y abogar por la fiscalización o escrutinio de los medios sobre los funcionarios públicos son propósitos loables. Pero a propósito del episodio de Qué Pasa y de la reacción de Bachelet y la Nueva Mayoría, Peña desarrolla una argumentación enrevesada, donde subordina tales propósitos a supuestas rutinas del trabajo periodístico en que la norma predominante parece ser el derecho a equivocarse y a mentir sin “real malicia”, por sobre el resguardo del interés público que el columnista cita también en su texto, aunque sin asociarlo con una cuestión fundamental: el respeto al público o a las audiencias desde el ejercicio responsable de un periodismo bajo los criterios de veracidad, que no consisten en perseguir filosóficamente la verdad absoluta sino en contrastar, investigar, diversificar fuentes al tratar y difundir una información de trascendencia. En el fondo es una cuestión de ética, concepto siempre ausente en las divagaciones de nuestro columnista sobre la prensa.

Si aplicamos la teoría periodística de Peña, tenemos que descartar los criterios de veracidad en el trabajo de los medios, porque con ellos la prensa no existiría y “en vez de ciudadanos enterados de las vicisitudes de la vida pública y los incidentes en que las autoridades y sus familiares se ven justa o injustamente entreverados, habría súbditos que nunca podrían formarse una opinión propia acerca de los hechos”. Singular conclusión de nuestro columnista, que termina siendo una suerte de oxímoron, para usar ese término que tanto le gusta: la opinión propia sobre los hechos se forma sin necesidad de conocer los hechos.

A la postre Peña es consecuente, porque su visión peyorativa y a veces caricaturesca sobre los periodistas es la misma que lo lleva a mirar de manera condescendiente la falta de profesionalismo y las trasgresiones éticas que comete la prensa. Lo triste es que lo haga con una retórica de defensa de la libertad de expresión, sin entender que quien pontifica sobre el derecho a la información desde posturas tan livianas arriesga convertirse en un gurú de la desinformación.

Link columna Peña.




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