Goodbye, Champ

por Camilo Espinoza Mendoza



Sobre Camilo Espinoza Mendoza

Por Camilo Espinoza

Nuestra generación no creció con Muhammad Ali. Nos formamos viendo la mordida en la oreja de Mike Tyson a Evander Holyfield, al chino Ríos haciendo magia con la raqueta, a Lance Armstrong ganándole al cáncer, pero yéndose a pique por dopaje, y a uno de los Bulls de Chicago que flotaba por el aire antes de encestar.

Sin embargo, los viejos se lo podrán contar: Hubo uno que fue más grande que Pelé, Michael Jordan, Usain Bolt, Tiger Woods y Roger Federer.

Desde el principio lo gritó a los cuatro vientos: “I’m the greatest, soy el más grande”. La gente se lo tomó a broma, mal que mal, estaba recién haciendo su camino en el noble arte.

Sin embargo, Muhammad Ali le ganó a todos. Su primer triunfo fue cuando unos matones del barrio le robaron su bicicleta y llorando los fue a acusar a un policía. El uniformado miró al pequeño de 12 años y le dijo: “será muy difícil que la recuperemos”, pero le aconsejó que visitara un viejo gimnasio de Louisville para evitar futuros asaltos, sin saber que cambiaría la historia para siempre.

Se convirtió en el más imaginativo de los pesados y se rebeló ante la ortodoxia. Bajó la guardia y con un juego de pies maravilloso, picó como abeja y flotó como mariposa. Le trajo consecuencias, es cierto, porque el boxeo es un deporte peligroso. Por eso existe la guardia, pero no estaba en sus planes respetar el manual.

Da gusto ver esos videos en youtube con música de Mc Hammer mientras Ali esquiva golpes. “Ali dance”, “Ali defense”. Grandes titulares que ponen anónimos creadores de estas ingeniosas piezas audiovisuales.

Sonny Liston todavía lo está buscando para encajarle un golpe. Lo sacó tanto de quicio, que su esquina le puso algo en sus guantes para dejar sin visión a Ali. Ciego y todo, El Más Grande lo castigó tanto que el entonces campeón no quiso salir al séptimo asalto.

En la revancha, Liston cayó en el segundo round y todo el mundo acusó un tongo. Ali, ante tamaña indignidad deportiva, lo retó a levantarse. Su enojo fue retratado formidablemente por las fotografías de Neil Leifer a color y John Rooney en blanco y negro.

Tantas historias: Thrilla in Manila, Rumble in the Jungle, The Fight of the Century (la de verdad, no ese invento entre Pacquiao y Mayweather).

El hombre también era un personaje fuera del ring. Su imagen, atractiva para los medios, la utilizó para reivindicar los derechos de los afroamericanos con un argumento ejemplar: el amor propio. Ali no estaba hecho para victimizarse, sino que veía en la opresión, una potencial rebelión.

Lamentablemente, la Nación del Islam, organización político-religiosa en la que Alí militaba, se fue disgregando con la salida de uno de sus amigos cercanos, Malcolm X, quien acusó que el líder máximo de este grupo tenía relaciones extramaritales con chicas jóvenes de la estructura. A X lo mataron mientras dictaba una conferencia. Decía la verdad.

También Ali una vez salvó a un joven del suicidio. Se trataba de un afroamericano que estaba dispuesto a lanzarse del noveno piso en un edificio en Los Ángeles, California. Tras 20 minutos en que el campeón del mundo dialogó con su “hermano”, lo convenció con lo único que tenía a mano: amor propio. Lo tomó de la cintura y lo sacó de esa ventana.

Anoche en la velada del Club México, a Ali le regalaron un tremendo aplauso para darle fuerzas en su difícil estado de salud, pero el campeón no pudo ganar su última pelea: contra la muerte. A pesar de tener la lucidez suficiente -incluso para responderle a Donald Trump- El Más Grande cayó KO esta madrugada a sus 74 años. Ganó otro combate eso sí, contra el olvido. Sino, pregúntenle a los más viejos. Goodbye, Champ.



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