Orlando y las balas que recibimos día a día

por Felipe Vega Leiva



Sobre Felipe Vega Leiva

Por Felipe Vega-Leiva

No quise referirme en toda la mañana al tiroteo en Orlando. No quise porque cuando pasé en el primer recreo entre mis colegas, ellos (los varones del condado) se referían a lo lindo que era ver perder a Brasil en una copa, y supuse que abrir mis heridas ahí no era el momento más adecuado.

Pero fue un día triste. Cincuenta sombras que acompañan el tormento de amar al margen de lo permitido. Cincuenta sombras que alimentan a los medios de comunicación en su refuerzo innegable por transmitirnos odio al Estado Islámico. Fue un día triste y terminé con lágrimas.

Sí, había habido muchos comentarios en facebook con los que yo estaba en total acuerdo, pero no quise referirme al tema con mis estudiantes porque ciertamente a veces, quizá, saturamos con un tema a nuestrxs escuchas. El colmo fue a eso de las dos de la tarde. Entré a una sala asqueada de olores, con plátanos pudriéndose en el suelo y papeles de galletas que nadie osó reconocer su propiedad. Mientras escuchaba a una de las chicas tratar a sus pares de “conchesumadres”, entre risas, mientras unos comían papeles y otros, como de costumbre se golpeaban como trato naturalizado, yo miraba recordando que hace un año nada más habían pasado por esa misma sala, esxs mismxs estudiantes oyéndome en una cháchara anti discriminación que le llamo Unidad 2: “la no violencia”. Pero parece que materia pasada, materia olvidada, y combos iban y combos venían. Un cántico colérico “el xxx la tiene chica”; otros saltaban de piernas abiertas sobres sus compañeros; y la guinda de la torta fue cuando al lado de mi puesto dos jóvenes IMITABAN la actitud de masturbarse uno al otro.

El caos no quedó en ese momento en que se supone, debían realizar la actividad, sino más bien, cuando al consignar esto en el libro (porque los llamados de atención fueron insuficientes, al igual que los discursos contra la violencia, parece), me dijeron ¡profe vamos a quedar como que somos fletos!, ¡puras anotaciones de huecos!, ¡parecemos maricones!

La escuela queda chica. La escuela y nosotrxs, profesores que soñamos con un cambio, quedamos cortos cuando en lo más simple, en el lenguaje que construye realidades nuestros estudiantes temen más parecer homosexuales que frenar la violencia. Se los dije. Les increpé por homofóbicos, misóginos, asquerosamente violentos con sus palabras. Les importa que sus apoderadxs no se enteren que simulan eyacular en forma colectiva, que sus juegos habituales son bajarse los pantalones, les importa siempre ser hombres frente a la sociedad opresora. Les importa mantenerse erguidos frente a la bandera patria, patriarca y patriarcal, al alero del machismo tiránico que ha consumido su educación familiar y que nosotrxs, con mucha fuerza, no siempre podemos zafar.

La escuela nos queda chica porque esa famosa Unidad 2: “La no violencia”, es una alpargata contra todo un sistema de reparticiones ideológicas y simbólicas que les representa la masculinidad como un modelo único, y la feminidad como una cuestión de risas, de banalidades, de podredumbre en cada hombre (sí, hombre). Nosotrxs, lxs profes, quedamos cortxs porque hay otrxs profes que se ríen de los maricones quinceañeros. –El otro día un niño me dijo, muy afectivo, que me quería, y un colega se burló porque el chico expresaba su cariño.–

Estamos envuelto en una sociedad de mierda. En una sociedad que se merece el epíteto que mi estudiante arrebatada gritaba a sus pares: sociedad conchesumadre. Sociedad de mierda en la que vivimos y en la que aguantamos y naturalizamos la violencia. En la que cincuenta y tantas balas son un recuerdo lejano de que estamos en peligro inminente. Recuerdo de que Zamudio y Marcelo Lepe no representan nada para nuestra sociedad, porque sólo un día después de muerto los cincuenta en EE.UU., mis estudiantes, con mis discursos antifóbicos hasta la coronilla, siguen tratándose de huecos, fletos y maracos, para ofenderse porque ser homosexual en este planeta sigue siendo un pecado.

Cuando les dije todo esto, una chica me gritó: ¡No es justo! Y tenía razón. No es justo tratarles a todxs así. Sumar en el mismo saco a todo el curso, a toda la generación, a todo el planeta. Pero es una generalización no tan poco obvia. Después de la clase, me acerqué a ella y lloramos juntos, ella porque ha luchado contra el machismo y la homofobia de su familia. Porque ha tenido que soportar día a día el lenguaje esclavista sexual que la familia y los medios de comunicación han inculcado en sus pares. Sequé sus lágrimas con un abrazo y vi en sus ojos, no a mi estudiante, sino a una compañera de lucha. Sonríe después de la tormenta porque sé que entre tanta miseria, tenemos siempre aliadxs.




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