Los que hoy no saludamos a nadie también tenemos un héroe

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Para los que crecimos sin papá -como niños o como adolescentes-, para los que nos hicimos hombres y mujeres sin la presencia de una voz ronca y unos hombros fuertes en los que apoyarse cuando nos quisieron pegar, cuando quisimos saber cómo era que había que portarse en la primera cita, en la primera noche solos con una polola, ver la publicidad en la tele de padres con capas de Superman paseando a niños gozosos y seguros siempre va a ser doloroso. Aunque nos hagamos los indiferentes, cambiando la tele o hablando de cualquier cosa con la gente con que se comparte el living, nos ponemos incómodos. A algunos a veces nos dan ganas de llorar, sobre todo cuando los jóvenes profesionales, en esos comerciales, les regalan un autito a sus papás como agradecimiento por haberlos formado. Porque ¡cómo mostró su deseo por un autito nuestro papá antes de morir y dejarnos a la deriva de un solo cuidado! Ahora que tenemos plata y nos podemos endeudar, nos gustaría saltar a esa cálida noche viajando apretados en una micro oliendo el musk de su chaqueta de cotelé y decirle que estamos grandes, que fue difícil, que su ausencia marcó nuestra forma de relacionarnos con el mundo, pero que estamos bien, que vencimos la inclemencia de la soledad y la desprotección y que lo podemos invitar a bajarse de esa micro y caminar juntos a un autito, donde va a esperar la mami jugando con el resto de los hermanos, los que ahora ni siquiera recuerdan su rostro. Después podemos ir a comer en familia, como las que vemos salir de restaurantes en las noches anteriores al día del padre, tirándose tallas con la guata repleta para cerrar la jornada con un vinito o un combinado en la casa.

Cuando vemos las imágenes de superhéroes idealizados en las revistas sentimos rareza y tristeza porque todos quisimos tener un superhéroe, un hombre cuidando la casa los viernes en la noche, para salir tranquilos a nuestros primeros carretes; para no dejar a tu mamita sola después del abrazo de año nuevo, para descargar un poco la presión sobre nuestras espaldas de tener que ser el fruto exitoso de una resistencia. Para ser un poquito más libres a la hora de lanzarnos a vivir, sin tanta garra inherente ni ganas de defendernos de todo. Para no tener que ser nosotros los superhéroes. Pero así nos pusieron el escenario, con peleas ineludibles, con sometimiento del corazón a los abusos de los patrones sobre nuestras madres, a la alianza indestructible con hermanos en el colegio, al cariño de amigos y tías que se hicieron cargo de ayudarnos cuando no tenían por qué hacerlo. Un escenario en el que no tuvimos más opción que lanzarnos. Nuestro padre murió, en el sur se lo llevó el Caleuche, nuestro padre se fue antes de que naciéramos, quizás, nuestro padre probablemente nunca supo de nuestra existencia, es el Trauco, también puede ser, y nosotros maduramos sin él, en un país húmedo y violento.

“El miedo lo venciste solo, sin mi ayuda, estai hecho y derecho, no me cabe duda”, dice un padre ausente en In loco parentis, de Makiza, pero creer a cabalidad en esas palabras sería creernos más fuertes de lo que somos. No vencimos solos. Sí, solos estábamos cuando le subíamos el volumen a la música en nuestra pieza para que no nos escucharan llorar al regreso de tomar once en una casa con padre, pero no vencimos solos. Vencimos en un combate conjunto, levantándonos a las siete de la mañana de un domingo para ir a asegurar un puesto a la feria con la hermana, defendiendo a nuestro hermano chico del matón del curso que lo anda molestando, y acompañando a la mamá a la casa donde hace aseo para ayudarle a limpiar los vidrios que sus brazos cansados no alcanzan. No hay que equivocarse, en la conquista del mundo que significa en nuestras emociones ser personas fuertes y seguras con la ausencia de taitas que te van a buscar a tu primera fiesta, no vencimos solos. De que necesitamos coraje, lo necesitamos, pero aquí hubo un comandante. Más bien, una comandante, una mujer tierna que fue sacando escamas filudas en la cara para mirar a los sospechosos de dañar a las niñas, una señora que prendió fuego a sus faldas cada vez que tuvo que ir a defender a su hijo de un viejo culiao que le pegó una patada pensando que no vendría ningún hombre a buscar justicia. Porque en la población hay que brillar, hay que dar batallas memorables que marquen precedentes, que digan de la forma más clara posible que en la casa no hay un hombre, pero sobra defensa y dignidad. Por eso le subimos el volumen a la radio cuando quisimos llorar raja en nuestra pieza, porque en un enfrentamiento al destino el capitán de un barco en plena tormenta, la mami, no puede ver a sus soldaditos amainar. Lo que no sabemos es que ella igual nos escuchó, pero nos dejó llorar. Permearnos de temple era necesario, y aunque se morían de ganas de correr a proteger, ellas prefirieron también llorar, en el living, aceptando con dolor que las lágrimas eran necesarias. Un día ellas, convertidas en capitanas del barco, también iban a partir, también nos dejarían solos, y nosotros debíamos aprender a que en algún momento ningún abrazo iba a estar en la ruta de nuestros propios barcos.

También vencimos con las vecinas y los tíos que llenaban nuestra casa en los cumpleaños de catorce y quince, rajándose con el queque o la McCola. Vencimos con las profesoras que nos estimulaban con las virtudes de continuar con el estudio. Vencimos con el amor de nuestros propios amigos, esos que te visitan un domingo y no se quieren devolver a sus casas, donde a veces los padres que nosotros tanto deseamos se portan como salvajes de los que hay que arrancar. Vencimos conociendo con el tiempo que nunca fuimos víctimas, sólo fuimos gladiadores inexpertos al alero de una mujer que con menos de treinta años comenzó a caminar a todas partes con una armadura que no se pudo sacar más, la de la obligación de pasar a sus críos al otro lado del río, el río de la independencia, el honor y la felicidad alcanzada con el menor recuerdo posible de la ausencia de un padre.

Por eso, los que hoy no tenemos a quien saludar, sabemos que, contrario a lo que dicen entrelíneas los comerciales del retail, no nos faltó un héroe. Los que hoy no saludamos a nadie, o que saludamos en talla a nuestras mamis exigiendo orgullosas un “feliz día papá”, porque ellas hicieron “las dos pegas”, también tenemos un héroe. Ese héroe es mujer, es heroína, y está a cargo, sola, de cuatro de cada diez casas chilenas, ganando el 26% menos que en los otros seis hogares donde hay un hombre, pero encendiendo el mundo con una luz tan poderosa que no existen porcentajes ni ninguna otra forma de medirla.




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