Chile, País de Rotos

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Puta que es ordinario Pedro Chamorro. El papá de la Fiera, interpretado magistralmente por Luis Alarcón, es la muestra más auténtica de lo que se conoce como roto con plata. Siempre ha sido complejo el uso de esta palabra en Chile, porque desde el siglo 19 se ha quedado en la boca de los pitucos, cuicos y aristócratas que la enrostran en las caras de los trabajadores, de los pobres que no pertenecen a su clase, de los Pedro Chamorro y los Cereza. Sin embargo, este concepto tiene el origen de su significado en grandes empresas militares de la época de la conquista. Los chilenos que llegaron a Perú con las ropas desastrosas fueron denominados rotos, ligando la palabra a la idea del esfuerzo y la valentía. Ya en el desarrollo de la República, la palabra se convirtió en mito de la identidad nacional, luego de que tropas compuestas de una gran masa pobre y popular vencieran en 1839 a las tropas confederadas de Perú y Bolivia en la batalla de Yungay, historias estas, claramente agrandadas por la oficialidad en búsqueda de chilenidad. Pero como sea, el ser roto se quedó en el alma del pueblo como una forma de ser, de compartir, de encontrarnos en costumbres que a veces no hacen sino dar cuenta de la espontaneidad de quienes no tienen que demostrar modales a nadie ni mucho menos simular, solo disfrutar, gozar de lo que la vida nos da, como lo hizo hoy el Chamorro en el capítulo de la teleserie emitida por TVN al regalarle a la Joyita la mitad de su empresa salmonera: “para que vea que soy un roto desprendido y agradecido”, le dijo.

Los rotos queremos pasarlo bien sin complejos, sentir placer y celebrarlo, como cuando le sacamos una foto a la botella de pisco que compramos en un local. Sale caro, es un esfuerzo, nunca lo hacemos, obvio que va con foto. Dos fotos, una de la promo sola metida en un balde, y otra con los muchachos consumiendo, siempre con el dedito chico levantado automáticamente. Y si sobra –cosa improbable- se piden vasos plásticos para continuar la fiesta. Si estamos en un carrete en casa, al que llegamos luego de lavarnos el pelo con un champú mezclado con agua para hacerlo durar, los rotos nos llevamos el trago de vuelta, aunque hayamos pechado wifi para programar nuestra lista de spotify con reclames interrumpiendo el baile de bachata.

Hay una conexión emocional con el término roto, porque nuestras historias familiares son de roto, y es por eso que tiene tanto éxito la página #EsDeRoto en Facebook, porque todos nos reconocemos en sus frases, encontramos allí a nuestros tíos y padres a fines de los ochenta, quienes se reivindicaban como picantes, como huachucheros, como guachacas reales, sin ningún temor a sufrir discriminaciones de pares cada vez más entregados al arribismo de un país que comenzaba a compararse con Suiza e Inglaterra ¡Inglaterra! ¡Tierra famosa a nivel mundial por su elegancia! Hay que ser muy barsas. Nada de británico tienen nuestras casas curtidas en la llegada de papás curaos comiendo cebolla a mordiscos, ajos untados con sal para después ir con flor de tufo a acostarse con la señora. Nada de monárquico tienen nuestros paseos al persa interrumpidos por papás a punto de hacerse caca eligiendo un potrero para saciar sus ganas y limpiándose con pasto.

Le ponemos me gusta a #EsDeRoto porque todos nos hacemos los hueones a la hora de tirarnos peos entre medio de la gente en el centro o incluso en el Metro. Qué asco.

Le ponemos me gusta a las publicaciones de #EsDeRoto porque muchas veces las acciones expuestas son las que más felices nos hacen, las que más nos conectan con nuestras familias. ¿Quién no ha sido feliz comiendo completos falsos, con marraqueta y té? ¿Quién no ha sido feliz reventando cincuenta mil globos de chicle, enfermando de los nervios a tu compañero de asiento en la micro? ¿Quién no ha gozado al agarrar el pollo con las manos para zampar hasta su último espacio de carne? ¿Quién no se ha levantado contento por ir a un matrimonio, juntando hambre para arrasar con las empanaditas? ¿Quién no ha disfrutado el carácter “gratuito” de rellenar tu plato cinco veces en un buffet?

Todos somos rotos comiendo sushi con tenedor a fin de mes, aumentando la palta con mayo o leche junto a las tías apoderadas en la convivencia del colegio, sacándole foto al vaso de Starbucks para subirse el pelo, comiendo pizzetas, con abundante salsa de tomate en maravillosas hallullas y con confort en la mesa haciendo las veces de servilleta. Todo, para que los guatones con Slim fit nos desabrochemos el pantalón después de no poder echarnos más masa a la boca.

Ser roto es ser chileno, porque es saber valorar cada una de las cosas que llegan a nuestra mesa, el pan con chancho el día de pago, la pichanga y las aceitunas y el vaso de bebida consumido lentamente para hacerlo durar hasta el “permiso, gracias, provecho”.

Homenaje a #EsDeRoto porque es reconocer una identidad a través de la risa, porque es sentirse acompañado al momento de rascarse y olerse los dedos, a la hora de ir a la nieve para lanzarse en una bolsa de basura, a la hora de ser mojado por una 4×4 en pleno día de lluvia, odiando y puteando para terminar echando la talla con la desgracia, mientras nos secamos al lado de una estufa a parafina con limones aguantando sus olores.

Homenaje a #EsDeRoto, porque pensaremos en ellos cuando veamos en nuestra tonta tele instalada en el living a los oficinistas haciendo un c-h-i y anunciando que hoy le ganamos 4-0 a Colombia. Pensaremos en ellos si pasamos a la final y vemos a esos mismos hinchas sacándose fotos con carabineros, carreteando hasta que dé el cuerpo, para al otro día llegar a desayunar a la pega, alargando el cafecito hasta como las once de la mañana, cafecito bien calientito, para ojalá no pescar un romadizo.



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