Homenaje a Barrabases, los Súper Campeones chilenos

por Javier Rios R



Sobre Javier Rios R

Por Javier Rios R.

La formación se relata de memoria: Sam, Roque, Mono, Pelusa, Ciruela, Bototo, Torito, Chico, Pirulete, Guatón y Pelao. Niños de 14 años que comandados por el sabio Míster Pipa, cada 15 días, hacían vibrar a los fanáticos del fútbol, en un Chile que no estaba acostumbrado a las gestas heroicas.

Vistiendo con polera roja, shores azules y medias rojas y en medio del grito “Barra ba rra bá”, Barrabases podía pasar de enfrentar al poderoso equipo de Los Valientes en su humilde estadio de Villa Feliz, a estar representando a Chile en la final de la Copa del Mundo; Pasar de la risa desbordada, ante las travesuras de Guatón, a momentos dramáticos, que iban desde los secuestros, a dramas familiares que hacían derramar una lágrima a cualquiera, en un entorno donde el macondismo es ley.

Es que la historieta creada por el condenado por la Justicia Guido Vallejos (repudio absoluto por su participación en una red de explotación sexual infantil) elevó, durante décadas, la imaginación de los chilenos a lugares insospechados. Fanáticos que sentados en el sillón de la casa soñaban ver a Pirulete dando vuelta un 3-0 en contra y lograr un nuevo título para el humilde club, venciendo todas las circunstancias (desde “Precipicio”, hasta un mágico “Spray” que no permite hacer goles).

Porque Barrabases era un equipo de barrio y de regiones, que no la tenía fácil nunca. Un club entrañable que en estos tiempos de Sociedades Anónimas Deportivas, sería aplastado por la ambición de los que confunden deporte con negocio. Una institución creada a pulso, que construye su estadio con la ayuda de todo el barrio, con tablones de madera y dejando en lo alto sólo una esmirriada caseta de transmisiones para la labor de Radio la Cebolla, con Pancho Matraca, Tato Plumilla y el querible Cegatini, deleitándonos.

Es que la historieta es un caricatura emocionante, entretenida, que homenajea y muchas veces critica el Chile del siglo XX. Poniendo en letras grandes el nombre de las regiones: con los viajes en tren a localidades como “Donde el diablo perdió el poncho” como notable postal, siendo recibidos en viñetas colmadas por la banda de música del pueblo y una lluvia de flores. Pero también reflejando un mundo en que las mujeres estaban relegadas de derechos fundamentales y eran desterradas a papeles de ser… “la mamá de”, “la señora de” y no adquirían ninguna participación (A recordar: el notable capítulo “La Vieja”). Un mundo adulto, lleno de pillerías, chanchullos y problemas endémicos que, por suerte, se podían subsanar gracias a una plausible creatividad del autor.

Pese a todas las limitaciones, era admirable que a pesar de ese síntoma reflejado en las páginas, niños y niñas por igual disfrutaban con las delirantes bromas de Guatón, el coraje de Chico, la valentía de Torito o la inseguridad de Mr.Pipa, que como los entrenadores de la época, sentía miedo al leer los periódicos. Se podía sentir la emoción en el pecho cuando Bototo tomaba la pelota para los tiros libres, ilusionando con conseguir algo que Chile nunca podía lograr y que en la realidad sólo se logró cambiar con la consecución de la polémica Copa América 2015.

Sin embargo, lo más importante era el cómo se lograba: superando las chanterías del Ché Bombacha o alguna ingeniosa treta que tenían que inventar los rivales para hacerle frente a este equipo fuera de serie, que además de los 11 niños-héroes, tenía unos actores de reparto para el recuerdo en Patas de Palillo, el grandioso Palmatoria, fichado tras un encuentro con un equipo brasileño, y los pequeños Tanquecito y Cara de Auto.

Además la serie tocaba otros temas clásicos del fútbol. Se hablaba de padronazgos, tan populares en la república, cuando el Sr. Ricachón llegaba a salvar al club de demoníacos empresarios que querían llenar de publicidad una institución que pese a su popularidad sólo tuvo al Hotel Foresta y a Milo en la camiseta. Don Pepe también ayudaba, mientras los demás eran parte de la fauna general del fútbol y por eso no podemos dejar de nombrarlos en estas líneas: Chupilco vendiendo “al rico veneno” en las tribunas, El Cabo Matamala con su fiel ayudante Manguera ponían la claramente ineficiente fuerza policial, y el Comisario Soto que revelaba los más extraños casos, persiguiendo desde vampiros hasta secuestradores.

Rivales extraordinarios, como Chumita, el niño que jugaba mejor con ojotas que con botines; Perico Saca Pecho, un fiero defensor que rozaba la criminalidad a la hora de detener a Pirulete; el electrizante Pata Loca, un delantero escurridizo que volvía loco a los fanáticos con sus tiros chanfleados que podían terminar en su propio arco o en la del rival; El polémico Burro, un goleador potente que debido a la envidia y la frustración terminaba en el fracaso (incluso, llegó a consumir estupefacientes -tema a reportear-), Motoneta, el delantero que era tan frágil que no terminaba los partidos y por supuesto Cañoncito, el único artillero que le discutía al nueve rojo el MVP de la serie, basando su calidad en un potente derechazo que podía mandar un balón desde Ciudad Cañones a Villa Feliz.

Y así miles de grandes prospectos que se la ponían dura al equipo de Rojo, con episodios apasionantes, repartidos en las cinco épocas que de esta gran obra: “La gira a Francia”, reforzando a un equipo adulto en la Liguilla, eliminatorias al mundial del ’90, La Copa América ’93, el Mundial del ’94, “Madre hay una sola”, “el equipo corner”, “El muertito Tito”, “El técnico Loro” o la notable representación del “Retrato de Dorian Grey”, en un largo etc que siempre estaba a la altura de la hinchada comandada por Pecoso y de los exigentes lectores infantiles que exigían a los papás comprar la revista.

Nunca nos olvidaremos de los chistes al final de la revista: el clásico “consumismo bestón” (broma de Guatón a Mr.Pipa) o el “tírate el destapador” de Chico hablando con la tribuna tras una mala presentación que llenó la cancha de botellas.

Los notables Viajes a la playa para superar el “Stress”, la histórica “África Ruge” o la tenebrosa Pirulete Park, ahora son sólo recuerdos de episodios históricos de un club que nos maravilló. Las historias del Abuelo Pirulete, en un afán de reformularse, cuando la revista venía de capa caída, marcaron el declive de una publicación que bajaba en calidad de la mano de el envejecimiento de su autor.

Nunca, pero nunca (y aunque no esté en circulación porque simplemente el papel ya no es negocio), nos olvidaremos de los goles de chilena de Pirulete, los desbordes del veloz Pelao, los tiros inatajables de Torito, las tapadas de Sam o las rabietas de Mr.Pipa con el ingenioso Guatón. Porque amamos el fútbol, queremos nuestro pueblo y su variopinta identidad, y por sobre todo, porque no queremos dejar de ser niños y soñar con las aventuras del glorioso e inmortal Barrabases.



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