Homenaje a Gary Medel: Sangre y Patria

por Martin Espinoza C



Sobre Martin Espinoza C

Por Martín Espinoza C

“Si no fuera futbolista, hoy sería narcotraficante”, aseveró en una entrevista hace cinco años Gary Medel. Las cosas no se le dieron fácil al oriundo de Conchalí. En la casa de su abuelo, un conjunto de mediaguas en las que Medel pasó su infancia, vivían otras 30 personas y tenía un solo baño. Desde temprano encaraba la cruda pobreza a la que las superestrellas del fútbol latinoamericano ya nos tienen acostumbrados.

Las pichangas que jugaba en el Sabino Aguad, su club de barrio, no eran partidos por la amistad. En La Palmilla se jugaba más que el honor. A veces se jugaban la vida. Literal.

No pasaba de los 15 años cuando, en medio de la polvareda de un clásico local, a Medel le pusieron dos pistolas en la cabeza. Era la prueba de que, en medio de las trifulcas del futbol amateur, las soluciones –a veces- llegan en forma de balas. Era la prueba, también, de que salir de la villa no sería misión sencilla.

Medel llegó a los nueve años a la Católica. Los primeros viajes los hacía en una micro de 2 horas y media desde Conchalí a San Carlos de Apoquindo. Lo acompañaba su papá, lo que complejizaba aún más la situación económica de la familia. La primera vez que pisó el barrio no podía creer el tamaño de las casas. Le tocó compartir con cadetes del equipo de la franja que eran locales en Las Condes. Cuando hacían asados, la carne que sobraba se la daban a Marisol, su madre.

Pero fue en el barrio en donde forjó el carácter que más de una vez le trajo problemas. No obstante su fuerte personalidad, al mismo tiempo Medel imprimía una marca registrada y un sello de calidad que lo ubican en un sitial que a sus pies tiene a un país entero venerando su humanidad. Gary cuenta con el logro de haber ponderado un estilo de juego que los Cristianos y los Messis estaban dejando relegado.
Porque Gary Medel es un pitbull. Es un perro de caza con el hambre de un recién despierto. Medel es un jugador que en cada jugada refleja el esfuerzo que hacían sus padres encalillándose con bancos y casas comerciales para comprarle zapatos que durarían menos que la deuda.

Medel es de los que representa el espíritu del feriante y del obrero. Ese que mirando el partido de Chile daría la vida por llegar a una pelota o por evitar un gol. Ese al que le tiritan los pies cuando el rival tiene la pelota o el que hace el amague de pegarle cuando nos generamos una ocasión. Ese que daría todo por vestir la Roja sin distinguir entre el Nacional y la cancha de tierra. Gary Medel es el barrio encarnado en la elite del fútbol mundial. Porque qué es una patada cuando en la infancia te tocó lidiar con balas.

Con el afán de alejarse de las perversidades del individualismo, Medel se calzó el overol hace ocho años y no se lo sacó jamás. Se ubicó delante de Bravo y al lado de Jara, de central, y con la 17 dibujada en la espalda anotó los dos goles de la selección esa noche ante Bolivia. Sin ser ese puesto su especialidad, Gary Medel de ahí no salió más. Solo algunos meses después protagonizaría el carrerón que terminaría con el histórico gol de Orellana ante Argentina en lo que sería el comienzo de la implacable trayectoria –que aún no ve frenos- vistiendo la camiseta de todos.

Cuando hablamos de Medel no hablamos de lujos. No nos referimos a su elegancia, no aludimos a sus regates ni mencionamos su delicadeza. Cuando hablamos de Medel hablamos de esfuerzo, de sacrificio, de agresividad, de sangre, de patria. Hablamos de Chispeza. Hablamos de un cabro de 171 centímetros que en sus 28 años de vida no ha sabido de temores. Porque Gary no se ha achicado ante nadie. No le importó un carajo debutar profesionalmente conteniendo a Marcelo Salas. Tampoco inscribirse en la historia con dos goles –uno de ellos una joya- en un clásico universitario. No lo ahogó la altura cuando anotó otro par de goles –uno de chilena- en un duelo eliminatorio contra Bolivia en La Paz. No titubeó para encajarle los dos goles a River en un Superclásico argentino ni tampoco para plantársele frente a frente a Marcelo Gallardo, capitán e ídolo de los bandasangre. Tampoco tuvo miedo de encarar, recién llegado al Sevilla de España, a Xavi Hernández, uno de los máximos ídolos de la historia del Barcelona. Ni hablar del ímpetu que desplegó para evitar que la pelota de Higuaín entrara al arco chileno en la final recién pasada. Solo Dios sabe el tamaño de la injusticia que podría haber sido el que Argentina se hiciera del título por culpa de un error de Medel. Eso es lo que nos enseñó Gary. Más que una forma vistosa de hacer fútbol, nos instruyó en coraje, inteligencia y disciplina. Porque las clases de bravura no se imparten solo con huevos. Hay que tener una mente desarrollada para alcanzar una madurez que ayude a hacer buen uso de la garra. En esas clases Medel nos mostró que los chilenos no tenemos porqué conformarnos con la medida de lo posible. Nos adiestró para no agachar el moño cuando nos enfrentamos a los grandes.

Y esa es la lección más valiosa que nos ha dejado Gary Medel. Que contra quien sea la lucha se puede hacer de igual a igual. Que no importa que no seamos los dueños de la empresa, ni que no seamos los que mueven los hilos de este país. Que da lo mismo que no tengamos apellidos viñescos, autos de última generación y varias casas en la playa. Gary muestra en cada actitud que en micro se puede. Que sin casa en Cachagua la podemos pelear igual. Que no importa el patrón, los derechos se defienden igual.
El espíritu del pitbull vive en cada uno de los chilenos y chilenas que le dan un descanso a los cuantiosos problemas cotidianos de su memoria para otorgarle un pequeño espacio a la satisfacción y alegría que nos brinda una selección ganadora. Porque, al igual que el ciudadano medio chileno, el hincha creció, maduró y envejeció viendo cómo, sin tapujos, nos metían el dedo en la boca una y otra vez. Gracias, Gary Medel, por enseñarnos a morder el dedo.




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