Homenaje a la enfermería del colegio

por Javier Gallegos Gambino



Sobre Javier Gallegos Gambino

Por Javier Gallegos Gambino

Ante la titánica tarea de soportar la hostilidad de la sala de clases y el océano infinito en que se sumerge el tiempo en época escolar, la enfermería del colegio se alza como la embajada en la que cualquier estudiante víctima del flagelo de la educación puede refugiarse para proteger su integridad física y moral. Ni la/el inspector más fascista tiene la valentía suficiente para cruzar la frontera e intervenir ese pequeño pero acogedor territorio libre y soberano, que entre la calidez de una agüita de hierba, de una suave fragancia a menta que caracteriza al producto antiinflamatorio especial para contusiones, y el inexpugnable televisor-radio de 5 pulgadas sintonizado en el Matinal de Chile, acoge sin discriminación alguna a las y los caídos en batalla.

Desde pequeñas heridas provocadas por el corte de una tijera o del papel, hasta las más graves cefaleas, este pequeño hogar de la salud entrega a todas y todos quienes sufren algún tipo de mal, un servicio profesional del más alto prestigio: no hay dolor que un buen tecito no pueda salvar. Si es un golpe en la rodilla o el codo, muy típica consecuencia de una sacada de chucha sobre el cemento del patio tras una malaventurada carrera, bienvenido es el gel congelado envuelto (o hielo silvestre no más, en caso de pobreza) en toalla nova industrial, placer del incipiente moretón. Si un músculo se inflamó, por torcedura o mala elongación, el masaje con Dolorub/Calorub es la respuesta. Para el dolor de cabeza: Paracetamol. Para el malestar general: Dipirona. Si es dolor de estómago: pastillita de carbón. Si te lesionaste un dedo, se inmoviliza con un palito de helado. Si estás con la regla, guaterito sobre el útero, mantita, agüita de hierba y a reposar un rato, mi niña.

Pero los casos anteriores no son en ningún grado comparables con situaciones de verdadero riesgo, aquellas en que existe compromiso vital. El golpe en la cabeza, los vómitos, la fiebre y la herida abierta merecen especial atención. Para ello se pone a disposición de la/el malherido todo un dispositivo de salud del que goza exclusivamente: se le otorga preferencia en la camilla, bien escaso, y se le aplican procedimientos avanzados que involucran gasas, vendas, povidonas o medicamentos reservados. Toda la atención se dirige a esa persona, llegando a involucrar -incluso- a algunos profesores que se enteran de su situación y deciden visitarlo para monitorear su mejoría. Mal escenario para el/la estudiante refugiado de la resistencia, quien ante la pregunta de “¿y usted, qué hace aquí?” del profesor/a, no tiene otra alternativa que renunciar a su beneficio de amnistía para volver a enfrentar la miseria de la hora de clase.

No se debe dejar de considerar, y en este mismo acto denunciar públicamente, que el aprovechamiento de las y los delincuentes de siempre, como en tantos otros departamentos de la vida, también existe en la querida enfermería. Terroristas que contra la institución se aprovechan de este refugio para tomar tres, cuatro o hasta cinco agüitas de hierba, dejando desprovisto de insumos a el/la enfermera jefa del lugar.

Quienes debiesen ser derechamente desterrados: aquellos que roban implementos, como el algodón, la povidona, el alcohol para heridas, los parchecuritas. Repudio infinito.

El triunfo máximo: que tu contusión o dolor del alma fuese tan imposible de salvar en la enfermería, que el colegio se viera en la obligación de llamar a tu apoderado/a para que te fuera a retirar. Algarabía popular. La alegría sana de la limpia victoria alcanzada.

Homenaje a la enfermería, a sus remedios, a su calidez hogareña en medio de la frialdad del colegio. Homenaje a el/la tía enfermera y su enorme labor, cariño y paciencia para acoger con tanta dedicación a las y los estudiantes víctimas del dolor físico y espiritual.



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