Cosas de las que no podemos reírnos

por Arolas Uribe



Sobre Arolas Uribe

Por Arelis Uribe

Antes me reía de cosas que ahora ni cagando. El feminismo me arruinó el sentido del humor. Me di cuenta el día en que fui al último show de Les Luthiers en Chile. No recuerdo el nombre de la rutina, pero era Morandé con Compañía de terno y humita. Partía con unos marinos a punto de naufragar, que tenían unas prisioneras. El chiste era el tira y afloja de la tripulación convenciendo al capitán de liberar a las mujeres para culiárselas.

Lo que me cargó no fue lo sexual, sino la posición de las mujeres en el chiste: eran un botín. El discurso velado era que los varones pueden disponer de la sexualidad y de los cuerpos de las mujeres. Sin consultarles, sin su consentimiento. Les Luthiers naturalizando la cultura de la violación. Reproduciendo la idea de que la violación es una variable del sexo, cuando en realidad es una circunstancia política, una demostración de poder, una forma de sometimiento.

De ahí en adelante me apesté. Me hundí cada vez más en el asiento. Miré al elenco y por primera vez noté que son un panel de hombres. Pensé en eso de que todo discurso tiene una perspectiva, una moral, y la neutral es la hegemónica: masculina, blanca, hétero y capitalista (además de adulta, urbana, cisgénero). El humor tradicional y masivo, el del horario prime y el del Festival de Viña, está construido desde el privilegio. Por eso hay tanto humorista riéndose de lo que escapa a esa norma, haciendo festín y ridiculizando lo indígena, lo gay, lo femenino.

Y no sólo ocurre en la industria cultural. También en lo doméstico. Una amiga me contaba el otro día que tiene amigos que, para zanjar un tema, le han dicho “ya, devuélvete a la cocina”. Pero “en buena”, “en broma”. No sé de dónde viene ese supuesto halo de asepsia en el humor, como si por decir algo en código de chiste eso que se dice calara menos en la realidad o hubiera que obviarlo. Como cuando alguien se cura y se minimizan sus responsabilidades (si pegó, violó o mató a otra persona) porque estaba con demasiado copete encima.

Supongo que igual que con el trago, hay gente que canaliza y escuda sus prejuicios en el humor, para decir con confianza aquello que no se atreve a decir en sobriedad. A través de los chistes afloran las verdaderas convicciones de las personas.

El humor es político, construye realidad, reproduce imaginarios, refuerza estereotipos. No porque una afirmación se diga como chiste —en un carrete o en un escenario— ésta va a ser menos seria. Al contrario, el humor es una trinchera súper importante. Por eso es bacán Natalia Valdebenito en Viña del Mar y el Frente Fracasados en Youtube. Porque ella hace humor desde un sujeto que tradicionalmente aparece como objeto. Es tan necesaria esa Valdebenito construyendo imaginarios de mujeres que se tiran peos, que tienen voluntad, que se revelan a los “deber ser” sumisos del machismo. Mientras que el Frente Fracasados es sátira que interpela al poder, al orden, a grupos sociales que viven cómodos en sus privilegios.

Si nos vamos a reír de algo, que sea de lo idiota que es la desigualdad, de la crueldad de las brechas. Como lo hace Ellen Degeneres en esa rutina brillante en la que ridiculiza a Bic por lanzar un lápiz especial para mujeres. O Benito Espinosa, que destruye uno por uno los argumentos neomachistas contra el feminismo, en ese video sobre el “igualismo”. O Vicu Villanueva, que en sus canciones explica por qué hablar de “feminazis” es un sinsentido y cómo funciona el sexismo en las princesas Disney.

El humor, así como el arte, el periodismo o lo que sea, debe estar al servicio de incomodar al poder, en lo macro y micro. En la calle y en la casa. Por eso hay cosas de las está mal hacer mofa, de las que es delicado hablar, aunque sea “en talla”. No contribuye en nada un chiste homofóbico, sexista o racista. Lo único que logra es perpetuar las heridas y la violencia hacia grupos que históricamente han sido excluidos y vulnerados.

Yo no voy a prohibirle a nadie que haga sus chistes, por muy hirientes o inútiles que me parezcan. No creo en la censura. Sí creo en que si dices algo que violenta a otra persona, tienes que hacerte cargo y bancarte la réplica. Decir que era broma o que no pretendía ofender a nadie no es respuesta ni justificación. Una tiene que estar dispuesta a que le digan que se equivocó o que lo que dijo le dolió a alguien. Aceptar eso, pedir disculpas y aprender. En Youtube hay un video muy lúcido de Franchesca Ramsey, llamado “How to apologize”, que explica esto y que diferencia la intención del impacto: no importa tanto lo que pretendías decir, sino cómo a través de tus palabras o actos pasaste a llevar a otra persona.

Afortunadamente, los contextos cambian, y la barrera de lo tolerable se desplaza. Hay cosas de las que no podemos reírnos, que es dañino decirlas. Y encuentro que está bien que no lo hagamos.




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