Mall Plaza Vespucio: La Plaza que el Neoliberalismo nos dejó

por Fran Valenzuela



Sobre Fran Valenzuela

Por María Francisca Valenzuela

¿Por dónde empezar a contar la historia del Plaza Vespucio? Creo que lo primero es hablar de La Florida, la comuna donde me tocó crecer. La Florida, esa que tiene Shopping y Avenida, nació oficialmente en 1934, sin embargo comenzó a poblarse masivamente a partir de la década de 1950. Así, muchas familias –como mis abuelos-, decidieron que era el mejor lugar para críar a sus hijas y tener la comodidad y cercanía que, viviendo en el sector más ‘campo’ periférico de Santiago, no tenían. Me acuerdo que mi abuelo me contó que por aquella época habían convenios y facilidades para acceder a casas de esta nueva comuna. Por ejemplo, la CTC le entregaba algo a sus trabajadores/as para que les saliera más barata la casa (o algo así). Para mí, mi abuelo es una enciclopedia de historias y datos, pero no tengo más detalles sobre esto que el simple recuerdo de su relato.

Mi mamá, en cambio, me contaba que cuando era lola tenían que ir al centro a comprar todo siempre. Me gusta especialmente su historia del panorama de “ir al Burger Inn” –derrocado por la gigante multinacional Burger King-. Había sólo uno en Santiago y estaba ubicado en Plaza Italia. La distancia era incómoda: la ropa, las novedades y muchas cosas entretenidas (como los juegos Diana), estaban sólo en el centro.

Entonces La Florida creció a pasos agigantados y en pocos años pasaron muchas cosas. Así fue como en agosto de 1990 se inauguró el Plaza Vespucio, en la esquina de Froilán Roa con la circunvalación Américo Vespucio. No todo el mundo lo recuerda, pero el así llamado “shopping del 14” fue el primero de la cadena Mall Plaza en ser construido y es -aún hoy- el centro comercial que más público recibe, con un total de 3.500.000 a 3.800.000 millones de visitantes al mes (cifra que supera incluso al Costanera Center). Actualmente, el mall convoca a parte importante de los habitantes de las comunas de Macul, Puente Alto y La Florida, porque aunque la competencia comercial existe (a pocas cuadras se encuentra el Florida Center), el Vespucio es dueño de un ethos barrial y comercial que muchas personas comparten.

Porque el Plaza Vespucio nos deja sabores agridulces. Tal como allí fue el primer beso con tu pololo/a o el lugar donde hiciste tu primera cimarra (sí, esa cimarra en la que tenías que esperar hasta las 17 horas para entrar a la Feria del Disco porque con uniforme no se podía antes), es también el lugar donde te toca mirar de frente al neoliberalismo, la desigualdad y al mercado que nos enseña/obliga a consumir.

En este lugar es donde saludas a un guardia de seguridad porque era vecino de la casa de tu abuelo, encuentras a una amiga trabajando de vendedora en el Falabella y donde abrazas a un gran amigo que encontraste de empaque en el Líder. Es así, si eres de La Florida o Puente Alto no es raro que en el shopping del 14 trabajen algunos de tus vecinos, muchos de los cuales gastan su plata y se endeudan con tarjetas de crédito que consiguen en las mismas tiendas. Es un círculo en el que nuestras chauchas van y vienen.

Mientras que las estadísticas muestran que en el Parque Arauco sobre el 80% de sus visitantes van en auto, en el Plaza Vespucio esa cifra se nos invierte, porque ahí, casi todos/as llegamos en la 210 o en el metro. Es el mall que una que otra vez tuvo manteleras adentro del baño de mujeres y personas yendo a revisar las bandejas de comida por si queda algo. También es el único lugar donde vi una política contra el trabajo infantil. Por ahí por el 2010 habían pendones con información que prohibía darles monedas o comprarles cosas a los niños/as. Sí, porque en el shopping del 14 aún es usual ver trabajo infantil, ejercido por niños y niñas que te ofrecen esa tortuguita de cerámica que mueve la cabeza, calendarios con frases románticas o flores que brillan. Todo eso mientras te comes un McFiesta y pones tus bolsas de la ropa que compraste a mil cuotas precio contado.

En el 14 es muy poco común que la persona que está trabajando de cajero/a te pregunte “¿sin cuotas?”. No, eso casi no existe, porque es obvio que mínimo pagarás en tres. Eso lo aprendí un día mientras caminaba por los pasillos del mall, entré a un Falabella a mirar las cámaras de fotos que obviamente en ese momento no podía comprar. Se me acerca una chica y me dice: “¿Tarjeta Falabella?”. Yo dudé, pero los requisitos sólo fueron tener mi carnet de identidad al día y haber cumplido al menos 21 años. En 15 minutos ya tenía tarjeta de esa casa comercial y en la siguiente media hora salía con una bolsa en la mano y una cámara nueva. Me tomó 45 minutos sacar tarjeta y endeudarme por 150 lucas. Al final terminé pagando 100 lucas más, porque las cuotas son engañosas, pero a la clase media y baja la acostumbran a que es un costo que debe asumir por no pagar al contado.

No es ningún misterio que los segmentos C2, C3 y D sean los principales compradores del Vespucio, ya que es el perfil socioeconómico de las comunas que habitan en sus cercanías. Una vez leí en una columna que esos segmentos usaban las tarjetas de casas comerciales para comprar principalmente comida -sí, comida; sí, crédito para el súper-. Parece increíble, pero casi como un pololeo tóxico, nunca te sientes conforme con la situación, pero no puedes salir de ahí.

Una de las características de lugares como La Florida y Puente Alto es que no tienen parque grande y bonito al cual ir con la familia, amigos o pareja. Si bien existe el Panul, el bosque es de complejo acceso y le faltan muchísimos cuidados aún (ojalá se pongan las pilas con ese tema -homenaje a la gente de la comunidad que se encarga del lugar-). Por eso es que, a veces sin quererlo, terminas en el shopping del 14. Mil veces los floridanos/as y puentealtinos/as nos enfrentamos al “¿salgamos?, pero no vayamos al shopping” y de todos modos terminamos allí. Es muy violento que el punto más céntrico y congregatorio de algunas comunas sea un mall. Más violento es que algunos tengan que viajar más de una hora para acceder a una opción diferente y que no implique gastar en casas comerciales o cadenas de comida. Ojalá algún día tengamos nuestra plaza, ojalá una que esté menos preocupada de nuestras chauchas.




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