Azul azul: presos de su ambición

por Enzo Mejías Mejías



Sobre Enzo Mejías Mejías

Por Enzo Mejías Mejías

Los hinchas del fútbol chileno han hecho un festín con Sebastián Beccacece. Desde que El Mercurio publicó su infografía, fanáticos de todos los clubes repiten como loros que de los 19 partidos jugados, el DT de la U ha ganado sólo 3 (hoy 4 de 20). El dato es cierto e indiscutible. Y deja nerviosos a varios azules ahora que se viene una dura prueba contra la U. de Conce.

Los resultados del equipo han destrozado las ilusiones generadas tras la llegada del escudero de Jorge Sampaoli al CDA.

Cuando presentaron a Becaccece, se habló de un nuevo período exitoso. De otra era Sampaoli. Volveremos, volveremos. Todo aleonado por la directiva de Azul Azul, que soñaba con ventas masivas de camisetas, con recaudaciones millonarias, con nuevas copas, con más y más contratos de auspiciadores. Plata. Esto sin siquiera ver entrenar al equipo.

No fue la única irresponsabilidad, que hoy los hace tan culpables como al técnico, del tenso momento que vive la U. La segunda: Se engolosinaron a tal punto que no consideraron que estaban firmando un contrato con un técnico que nunca había dirigido a un plantel. Ni en primera, ni en segunda, ni en tercera división. Y lo vendieron mediáticamente como si se tratara de Pep Guardiola. El resultado fue transantiaguesco: un choque traumático entre expectativa y realidad.

No se trata de hacer defensas corporativas ni deportivas de Beccacece. Los datos no lo permitirían. Pero mucho se ha hablado de la responsabilidad y la culpa del DT por no facilitar su salida del club y poco de la que le cabe a la directiva. Que tal vez piensa que por haber invertido seis millones de dólares en su negocio, no tienen velas en este entierro.

Para muchos, el técnico llegó con mala fama. Tras su salida de la Roja, y las cuentas bancarias en paraísos fiscales, quedó con el cartel de ambicioso, de oportunista. Y eso, ante los malos resultados de los azules, ha sido aprovechado por Azul Azul.

Hay una sensación entre los hinchas, entre la gente en general, que el DT firmó “un contrato sinvergüenza”: largo, millonario, sin cláusula de salida. Ahora, si lo quieren echar, tienen que pagarle todos los meses que resten. Un cerro de dólares. Incluso ha trascendido que el vínculo se renueva automáticamente si la U gana la Copa Chile. “Que renuncie el care raja”, tuitean a coro. “Tiene al equipo y a los directivos de manos amarradas”, escriben medio irreflexivos.

Y da la impresión de que nadie repara en que hoy la concesionaria está presa por su propia ambición. ¿El contrato y sus condiciones lo firmaron porque son ingenuos? Por supuesto que no. ¿El malévolo Beccacece se aprovechó del mal momento que arrastraba el equipo de Martín Lasarte, jugó con la desesperación y engañó a los ilusos directivos? Tampoco.

Los dirigentes estaban tan encandilados, celebrando el gol antes de pegarle al arco, que erraron. Pensaron que su nuevo DT sería un hit. Un éxito. Cerraron todas las opciones de una posible salida anticipada. No fuera a ser cosa que el técnico quisiera arrancarse en mitad del ciclo dorado si le aparecía una propuesta mejor. Apostaron. Y les salió mal. Al menos hasta ahora, están perdiendo. Por eso extraña -o en realidad no- que los patrones salgan a dar declaraciones en off y filtren a la prensa que el empleado sólo sigue porque sería muy caro pagarle la indemnización. Manipulan. Se aprovechan de la angustia del hincha que está chato de perder para decirle: además de mal entrenador quiere cagar al club con plata. Nosotros, al igual que ustedes, queremos echarlo, pero él no nos deja.

Entonces se nos aparece Chile. Y nos acordamos de que los dueños del equipo operan tal cual lo hacen en cualquiera de las otras empresas de su holding: resulta que el empleado al que quieren desvincular, pero al que se preocuparon de retener a toda costa antes de tiempo, pasa a ser el culpable. Y ellos son inocentes y engañados.

No señores de Azul Azul. Así es muy fácil. Uno se pregunta ¿qué pasaría si fuera al revés? Si Beccacece viniera de ser campeón, estuviera puntero, no tuviera una cláusula de salida y llegara una oferta desde el extranjero. ¿También estarían tan llanos y dispuestos a sentarse a conversar sobre la continuidad? Difícil. Es cosa de ver como han actuado antes: hay que acordarse de Johnny Herrera con quien se comprometieron a dejar salir del club, y luego le negaron fichar en River Plate. “Hay un contrato firmado que hay que respetar”, le argumentaron esa vez al meta, que venía de atajar tres penales en la definición del título ante O’Higgins.

Yo no les creo. No creo que el DT sea el único malo de la película como Azul Azul pretende establecer en el ideario, con el único fin de aumentar la presión y negociar un pago menor de una indemnización. O que el trabajador se vaya sin cobrar ni uno. No culpo a un empleado que firmó un contrato conveniente y que ahora lo quiere hacer respetar, pese al disgusto de sus jefes a los que no le salió la jugada maestra. Una mierda su ley del embudo.

¿El equipo no logra encontrar una identidad de juego? Es cierto. ¿Los resultados -sobre todo del semestre pasado- no son los esperados? Inapelable. ¿Hay quienes en su lugar habrían renunciado? Seguro. ¿Es obstinado en creer que es él quien debe salvar el buque y no dar un paso al costado? Opinable.

Lo que no parece razonable es creer que ellos fueron tan estafados como los hinchas que hoy, con razón, se van amargados del estadio. Ninguno del directorio es novato en el mundo empresarial. Ellos sabían perfectamente lo que estaban firmando. Lo que pasa que les salió mal. Y ahora lo que quieren es que sea su fusible el que se queme. Que las pifias caigan a la cancha y no al palco. Palco que se ató de manos solito, con la intención de que ningún billete de esta prometedora cascada de plata se le fuera a escapar.



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