Antes que tú te mueras, quiero que muera la AFP

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

Con su cinturón de seguridad bien abrochado, mirando urgidos el reloj y leyendo un diario viejo. Así viajaron miles de abuelitos este domingo: gastando quizás toda la plata del día en un colectivo para llegar a la hora, puntuales, con gastados zapatos café, con una chomba quizás exagerada, y con las manos firmes, temblorosas pero firmes, ancladas en una convicción que no saben a dónde los va a conducir. Las abuelitas, por su parte, también llegaron temprano. Algunas fueron solas, amparadas en su cartón, uno que denuncia con letra manuscrita perfecta -como en los tiempos en que impartían clases- que tras cincuenta años de profesora normalista, el premio son ciento ochenta y cinco mil pesos. Me dio tanta pena esa viejita, no porque estuviera sola, eso solo la hace más grande y valiente, sino por el tenor de su mirada, con tanta decepción de los colores que tomó el camino, colores grises explotando en el agua de sus ojos, colores tan distantes al calipso percudido de su blusa. “Son tantos los alumnos educados, son tantos los ingenieros, los médicos, que da pena terminar así”, dice mientras otros vociferan contra “los políticos de mierda que nos tienen en pelota”, vociferan con un casco de la contru pintado, vestidos de carteles, sudando en descontrol, en ira que se sabe desahuciada, ira que ya no espera morir con una mejor pensión, que sólo busca dignidad en el gritar, en acusar a “estos malditos”, al “sociolisto” Jaime Estévez, a los ministros de la Concertación que se convirtieron en directores de una AFP, en no dejar impunes de odio a los traidores que no le toman el peso a una Alameda convertida en pradera de consignas unidas, fortaleciéndose entre ancianos, cuarentones, veinteañeros y también niños.

Porque ahí es donde más vibró la segunda marcha nacional contra las AFP, vibró en el desbordante sentido de familia que se oyó en cada esquina, vibró en el joven tomado de la mano con su mami jugando a tener un ojo parchado porque las AFP les metieron “el pico en el ojo”, vibró en las guaguas dibujando pikachus para de alguna forma mezclar el juego de moda con la demanda que sus papás le enseñaron que era la más justa, vibró en el chofer del Metro que tras pedir a las personas que dejaran bajar antes de subir, deseó suerte a todos sus “compatriotas que luchan por un sistema más justo”. Esa compañía que sólo la dan los que empatizan se olía mientras más cerca estábamos de la aglomeración. Daba una caricia al corazón encontrarnos con amigos que siempre vemos en las marchas estudiantiles, ahora abrazados con papás, cuñadas y tíos, todos juntos, como si de un paseo familiar se tratara, con banderas chilenas adelantando un dieciocho en lucha, inventando los más curiosos chistes sobre José Piñera, tomando agua, bebida o pasando la caña con cerveza, sin el más mínimo ánimo de violencia, pese a la frustración, pese al odio, pese a la vergüenza a la que los han llevado, esa de haber sido capataz, profesora, vendedora o mayordomo, independiente, para luego estar dependiendo del aporte de los hijos.

Pero el ánimo no era de derrota, aunque los papeles plastificados, arrugados, esos certificados de cotizaciones y finiquitos que funcionan como prueba de la estafa dijeran lo contrario, los tatas y las viejitas que ya no se pueden la espalda tras décadas de criar con un trabajo de nana o sopaipillera que no les paga cotizaciones, se sintieron dignos, y a esa altura de la vida la dignidad es el único antídoto de la derrota. La dignidad, los cientos de miles de viejos que ayer volvieron a impactar Chile, la encontraron en los puños en alto que les mostraron desconocidos en el barrio, en las sonrisas de niños vestidos de Harry Potter apoyando la causa, en los saludos de cabros que podrían ser sus hijos que por los largos minutos que componen el recorrido de una marcha les prestaron atención. La dignidad, el triunfo de nuestros ancestros que viven en la miseria y que reciben como respuesta del gobierno subir la edad de jubilación de las mujeres, está en el ser escuchados, en el simple y revolucionario acto de ser escuchados, de convertirse, en el mezquino e indescifrable clima de un domingo de agosto por la mañana, en los protagonistas de la noticia, en los abandonados que demuestran con la hidalguía de sus cuerpos trasladándose lentos por el centro de Iquique, Chillán y Copiapó, que si no se mueven todos no hay futuro, porque en el abandono no se vibra. Y ellos vibran, ellos nos están haciendo vibrar con cada día que pasa sin que la triste realidad de las pensiones cambie, ellos vibran en cada niño de diez años que ya es capaz de decirles que antes que tú te mueras, quiero que muera la AFP. Que se acabe el Chile de Pinochet.




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