Chile, país de Shakira

por Belen Roca



Sobre Belen Roca

Por Belén Roca

Chile se enamoró de Shakira cuando ella, a los 16 años y con un par de cejas dignas de Frida Kahlo, llegó a participar de la competencia internacional del Festival de Viña, en los tiempos en que dicho concurso importaba un poquito. Volvería al mismo escenario en 1997, cuatro años después, pero más famosa que nunca. Tengo recuerdos de mi hermana mayor ensayando el trabalenguas de “Estoy aquí” y cantándoselo por teléfono a alguna amiga, mientras se arreglaba el pelo igual que la Daniela de Sucupira. Eran los tiempos del póster doble en la TVGrama, de los rulos, de teñirse dos mechones rojos apenas salió el “¿Dónde están los ladrones?” porque, al igual que Shakira, las niñas que partieron escuchándola cantar “Pies descalzos” ahora eran todas malas, rebeldes y con las manos sucias, tal y como salía la artista fotografiada en la portada de dicho álbum. Ahora ninguna creía en Carlos Marx ni Jean Paul Sartre.

Siempre se habla del cliché sobre Shakira, de que “el capitalismo nos la quitó”, como si la hubiese arrebatado de cuajo del lugar que siempre tendrá en Nuestra América, pero nadie recuerda que, tal y como ha sucedido con todos nuestros recursos naturales desde el inicio de la explotación, primero la perdimos frente a las oligarquías locales. No deja de ser curioso que, quien pudo ser una cantante más del continente, haya sostenido una relación amorosa durante casi diez años con el hijo de un presidente que tuvo que arrancar del palacio de gobierno sobre un helicóptero. Tiempos agitados, tiempos de cólera. Hay algunos que sostienen que Shakira ES el realismo mágico. ¿Cómo una muchacha de la costa de Colombia, que además erige con orgullo su ascendencia árabe llega a transformarse en figura mundial? ¿Qué tiene de especial Shakira? Gabriel García Márquez ya expresaba su admiración por el fenómeno Shakira desde 1999, cuando le dedica un artículo, más bien una oda, alabando su autenticidad, ética del trabajo y cercanía con los niños. Más tarde trabajarían juntos en la adaptación al cine de “El amor en los tiempos de cólera”, donde es “Despedida” la canción que se lleva todo. ¿Cómo puede una mujer cuyo pelo ya ha sido blanqueado por los tentáculos de la globalización, cuya existencia, a esas alturas, se siente tan lejos del continente, transmitir tanto en un solo tema, acompañada nada más que de una guitarra? Enorme potencia presente también en otras figuras como Mercedes Sosa, pero inusual en una mujer que le llora al amor perdido al mismo tiempo que se contornea como si no tuviera vértebras. Es en esta mezcla apasionante de inocencia, sensualidad y fuerza donde reside el misterio glorioso de Shakira. El escritor cubano José Lezama Lima define a la expresión americana como oposición y adición al “banquete occidental, el otro refinamiento de la naturaleza. El terminar con un sabor de naturaleza, que recordaba a la primera etapa anterior a las transmutaciones del fuego”.

En Shakira hay algo que nos es común a toda Latinoamérica. En las metáforas, parodias y erotismos tan barrocos, tan nuestros en tanto apropiación e hibridación. Shakira es cadera y piel mestiza. Shakira es Sigrid Alegría bailando en un topless en Amores de Mercado; Shakira es todas las chilenas que en los noventas se creían la Daniela de Sucupira; Shakira es esos rulos mal hechos, con olor a la permanente que duraría milenios; Shakira es la causa primera de la hegemonía de la danza del vientre como actividad extraprogramática de muchas de nosotras; Shakira es la vecina dándolo todo en las clases de zumba al ritmo de “La Tortura”. Es también el Waka-waka, porque quién es una para juzgarla por ceder ante el show de luces del neoliberalismo, si una también se compró un plasma para ver el mundial de Sudáfrica. Es el eterno anhelo de las princesas del sur de encontrar el amor en dos ojos azules, como los de Piqué. Pero también Shakira es resistencia y rebeldía. En su colaboración con Wyclef Jean sus caderas no mienten, pero sí permiten que pase piola que se trata sobre una canción sobre refugiados y subalternos todos echándole la foca a la CIA. En el gesto de atreverse a bailar lo prohibido en el territorio donde todo nos fue prohibido está esa rebeldía. “Quiero la libertad, el derecho a expresarme, el derecho de todos a cosas radiantes y hermosas”, diría Emma Goldman. ¿No es lo mismo, acaso, que queremos en este país? Suerte que en el sur hayas nacido, Shakira. Gracias por tanto.



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