Amor Eterno: Homenaje a Juan Gabriel

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Por Richard Sandoval

“Mamita, murió JuanGa, no lo vamos a poder ir a ver”, le decimos llorando por teléfono o en un audio de Whatsapp. Teníamos la plata lista y mirábamos todas las semanas la agenda de conciertos en Chile para asegurarnos una buena ubicación en un Movistar Arena imaginario. Hace años que estamos trabajando y es hora de pagar una deuda: ver juntos al artista favorito de la familia, el que en 1996 hizo que los niños se quedaran dormidos después de las doce viendo el Festival de Viña, jugando con los primos a hacer la coreografía del Noa Noa, mientras los adultos recordaban sus corazones rompiéndose en el viaje terrible y apasionado de la vida, el viaje de salir a los diecisiete años embarazada de un pueblo del sur para criar en la pobreza santiaguina de los ochenta, cuando no se tenía dinero ni nada que dar, sino puro sacrificio, lucha en el trabajo a sueldo mínimo, crianza, bluyines, chasquillas, ponche a la romana y amor para dar. La noticia las encuentra a las mamás moliendo una palta, con la esperanza de que las hijas la pasen a ver a la vuelta de su paseo a la playa, las encuentra tomando un segundo tecito paradas junto a la estufa, aprovechando los últimos suspiros del gas, las encuentra leyendo Las Ultimas a los comerciales del resumen de la comedia, o simplemente descansando, echadas en la cama, esa hora de domingo que en el no hacer nada les recuerda que están solas. Y les cae la teja. No van a poder ir a ver a Juanga. Botan un par de lágrimas, de esas que en las señoras se quedan acumuladas en sus cuencas como una pocita, lágrimas que no caen por las mejillas, lágrimas que se sienten cómodas humedeciendo un rostro arrugado al que le hace falta tanto cariño.

Las mamás van corriendo al bifé a buscar el cidí de compilados, ese comprado a quinientos en la feria, para hacer rajarse el minicomponente. Empieza a atardecer pero no prenden la luz del living, quieren sentir las trompetas zumbando, la voz desgarrada sin atenuantes, el grito de dolor más real que nunca refrescando los amores responsables de los traumas de una vida que de todas formas valió la pena. Porque la mamá que llora a Juan Gabriel es la mamá que ha sufrido por amar, por haberse entregado, por haberse decidido siempre a ir adelante, a no vivir en vano; la mamá que llora a Juanga es la que sabe que el tiempo pasa y ese no se detiene, no perdona, es la mamá que sabe que si hay que huir de una casa para enfrentar en el abandono la violencia, se hace. Es la que sabe que la paz lograda en casas con años de papás ausentes, casas con la cicatriz de separaciones postergadas por el bien de los niños, es el fruto de sus rostros valientes. Por eso Juan Gabriel las arma y las desarma, porque en sus letras azuzadas por mariachis está la verdad de aceptar mediocridades por el bien de otros, está la furia de haber entregado el doble de amor por la nobleza del bien mayor, está el reconocer que pese a haber sacado hijos adelante y estar hoy libre de deudas, en los tiempos de guerra, esos con reja de madera y con cercos de alambre separando la casa con la de al lado, se supo ser feliz, aunque con muy poco amor. Quizás no era tan poco el amor, piensan hoy, esperando todavía que los ingratos las pasen a visitar.

El cidí llega a “Hasta que te conocí”, se rebelan, hoy ya saben a quien quieren y a quien no. A quien quieren y a quien no quieren ver. Hoy caminan por las calles seguras, asienten, y bailan, mueven la patita, porque de sufrir ya no hay necesidad. Los hijos, en el celular, llegamos a “Así Fue”, somos honestos con ella y con nosotros mismos, recordamos cuando cantábamos el coro en el pecho de las mamis, en tiempos en que ir a un concierto no era una utopía porque ni siquiera alcanzaba a ser una posibilidad, y sólo deseamos pedir perdón por haberla hecho llorar, por haberla hecho sufrir con rabietas de pendejos tontos, de soberbios inconscientes del dolor de aferrarse a imposibles. Porque así nos sacaron adelante las mamitas que hoy lloran a Juan Gabriel, aferrándose al imposible de salir algún día de tanta mierda, ignorando la mierda, negándose a la mierda, convirtiendo el ardor de los coros de “Así Fue” en belleza, en un pequeño espacio de goce en medio del caos. Las canciones tristes de Juan Gabriel nunca alcanzan a ser tristes, porque así como el Divo de Juárez hizo de su historia de abandono un carnaval de emociones, las señoras supieron hacer de sus versos de desarraigo y separación, un bálsamo. Juan Gabriel, el autor de más de 35 discos y mil ochocientas canciones en cuarenta años de trayectoria, el niño golpeado por poco hombre en un campo del que se sale vendiendo flores y pastelitos en las esquinas, es un bálsamo eterno al corazón de las señoras, es un cariñito directo pero elegante, preparado, detallado en la composición, presentado casi como una ópera popular de la ruta de una vida que pudo ser tragedia, pero que no alcanzó a ser tragedia por la pura nobleza encontrada en lo precario. Juan Gabriel es el bálsamo que entrega lo bello cuando es honesto, cuando el que vino al mundo con un arte que entregar, con una sonrisa o un regalo que ofrecer en medio de la realidad áspera de la pobreza y la falta de delicadeza, se niega a morir.

Juan Gabriel es esa flor silvestre en el potrero, esa flor amarilla en los cerros cuando llueve, arraigada con fuerza en la tierra, entremedio de las piedras gordas y filudas, flor que sonríe frente a todo, rebelde no por el tamaño de su raíz, sino por la más pura convicción de trascender en el cariño, en el hablar pausadito, en el saludar pasando la manito por la espalda, en el ser esa señora que es nuestra madre sentida por no haberla llamado en varios días, pero pese a ello sacando de la cocina el postre más rico que encontró en la panadería del barrio. Juan Gabriel es la señora que no acepta la naturalidad de lo feo, es la señora que prefiere cantarle a lo tosco, reírse, burlarse, jugando hasta bailarle el Noa Noa.

“Mientras exista alguien que cante mis canciones, Juan Gabriel vivirá”, dijo Alberto Aguilera Valadez, el que supo escribir la canción más hermosa posible a una madre, la misma que lo abandonó, como la forma de asumir su mayor trauma. Y hoy lo cantamos, pensando en todas las mujeres y hombres criados por la hermana mayor, lo cantamos encontrándole el mayor sentido posible a su grito de “Abrácense muy fuerte”, lo cantamos deseando más amor eterno, más momentos para hacer sentir a nuestras madres que pese a que ahora no podamos ir a ver a Juan Gabriel al Movistar Arena imaginario, que pese a que no podamos ir a verla tan seguido como nos gustaría, este amor va a ser eterno, eterno. Porque entre tanta soledad, entre tanta lágrima por pena, despedidas y esperas, lo único que frena la angustia del fin es saber que con oncesita o sin oncesita, en la vida o en la muerte, en la distancia o cercanía, no hay nada que pueda ser más eterno, que el amor entre una madre y su hijo, entre una señora y su hija, entre los que lloran hoy con la misma pena, que ya no se podrá ver más en vivo a Juan Gabriel. América Latina llora, los karaokes izan la bandera de la cultura en español a media asta, y la sangre del cinco veces triunfante en la Quinta Vergara se siente más querida que nunca. Que se sepa que hoy América se va a emborrachar, y se va a emborrachar por ti.




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