Neruda, El Poder de las Imágenes

por Jose Parra Zeltzer



Sobre Jose Parra Zeltzer

Por Jose Parra Zeltzer

El cine de Pablo Larraín tiene sin dudas una relación ambigua con la Historia, la grande, con mayúscula. Sus películas se posan sobre ella, la tuercen y compactan, como buscando ponerla en entredicho, quitarle grandilocuencia, dejarla así no más, con una h chiquita. Porque en el recorrido que pasa por “Tony Manero”, “Post Mortem”, “No” e incluso “El Club”, queda en evidencia que los grandes relatos históricos no son vistos como cimientos estables, desde los que la narración pretenda explicar sus vaivenes, sino que más bien telones de fondo, semi transparentes, que delimitan someramente las acciones de los personajes. Contexto más que texto, excusa más que discurso, la historia no es algo fijo ni estable, sino más bien maleable y moldeable. Esto es interesante cuando asumimos que la Gran Historia es también un relato construido por alguien, que posee delimitaciones propias, menciones y omisiones en ningún caso inocentes. En este sentido, jugar con lo que pasó y con lo que no, se vuelve un terreno fértil para un cine de ficción que no sienta como obligación hacerse cargo del pesado equipaje del pasado. Ahora bien, la pregunta siempre es por la calidad de estos cruces y cuál es el rendimiento concreto que ofrece el uso de determinados episodios históricos y su cuestionamiento.

“Neruda” viene a consolidar el estilo cinematográfico de Larraín, teñido de un color purpúreo, con un montaje que disloca espacialmente unidades temporales, y un barroquismo con toques de carnaval, que intentan delinear audiovisualmente la mitad del siglo XX. Más allá de las formas, este “estilo Larraín” eclosiona aquí gracias a los pormenores de su trama. La película se anuncia bajo el lema “Olvida lo que sabes”, haciendo un claro guiño a lo que mencionábamos recién, donde la figura del poeta (Luis Gnecco), se aborda desde una perspectiva carente de heroísmos, amigo de los excesos, la noche y las damiselas. En el gobierno de Gabriel González Videla el comunismo es declarado ilegal y el entonces Senador Neruda, junto con el resto de sus compañeros, debe pasar a la clandestinidad. El Ejecutivo, decidido a darle caza, le pide al agente Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal), que lo atrape. La persecución se convierte en el núcleo del film, con un Neruda que anhela la adrenalina del escape y el peligro, y un policía que se resiste a ser opacado por la gigantesca presencia del vate, convencido de que puede transformarse en protagonista de todo el cuento.

La narración se desdobla en la ambigüedad que presenta el personaje de Peluchonneau, propietario de una verborrea algo decadente, que desea la gloria del policía intrépido a la vez que admira a su presa en un nivel que ni él mismo se puede explicar. La pregunta por el protagonismo traspasa la acción y se instala en el universo amplio de la película. ¿Quién es el principal? ¿Es uno más importante que el otro? ¿Quién lleva la historia haca adelante? Neruda, obviamente, ya que sin él no hay nada. Pero la entrometida voz en off del secundario aparece constante y porfiadamente, como si temiese que lo olvidáramos. Es como si Peluchonneau les disputara a los realizadores el papel mismo que le han asignado dentro de la narración, luchando por un espacio que el montaje le niega. Esta operación me parece muy interesante, y tanto el guion como las actuaciones la reflejan de manera potente, aunque en el tramo largo del filme completo, parece desequilibrarse de tanto en tanto. Si bien puede sonar un tanto extraño, parece que la ambigüedad no es lo suficientemente ambigua como para cuajar del todo. Y la lógica del gato y el ratón, de perseguidor obsesionado y perseguido desafiante, se desgasta en largos pasajes que poco aportan en esta dirección, con situaciones y personajes satélites que resultan poco interesantes.

Por otra parte, vale la pena mencionar el tratamiento que la figura de Neruda recibe en la película, elemento sin duda polémico. Como se ha dicho, a Larraín le interesa el doble juego de la lectura y la reinterpretación histórica, y su trayectoria demuestra que se siente cómodo trabajando esto desde la vereda de la provocación. Así era en su trilogía sobre la Dictadura Militar, donde se rehuía la mirada hacia lo político y lo social, centrándose en individualidades y abstracciones para abordar las distintas tramas. “Neruda” no es la excepción, y dado el título que tiene, la centralidad del poeta demanda determinada mirada sobre su figura. Incluso antes que se exhibiera el primer adelanto de la película, ya parecía bastante evidente que no íbamos a presenciar un Neruda consolidado discursivamente, sino más bien un hombre preso de sus instintos. La desacralización no es en sí negativa, pero levanta la pregunta por si su objetivo está en otra parte, más allá de la mentada provocación. Además, el despojo de todo rasgo mítico del poeta se materializa también en una especie de lugar común con el que se aplana su imagen; un tipo pegado en el poema 20, sin visión social, mujeriego y desconsiderado. Tal vez hubiese sido más interesante plantear esta ficción desde un lugar diferente, ya que, si no iba a enaltecerlo desde la épica, tampoco se siente necesario enfrentarlo desde lo burdo.

Parece ser una película que no permite medias tintas: o bien cautiva su planteamiento formal y textual, o causa rechazo su contenido llano y simplón, que presenta al comunismo como pura abstracción y la literatura como un acto de inspiración divina. Hay quienes podrán demandar un mínimo de respeto hacia personajes reales, y que el uso de su nombre necesita determinado rigor. Otros dirán que la ficción vive precisamente de la libertad con la que se pueden reflejar lugares, épocas y personalidades. Yo tiendo a ubicarme en este segundo grupo, defendiendo la prerrogativa del cine (tanto ficción como documental) de separarse del gran relato al que llamamos la Historia. Así, no resiento las decisiones narrativas en sí, pero me parece que Larraín ha amaestrado un talento para despojar de sentido toda clase de discursos, frente a lo que no hay que permanecer desatendido. Tampoco es necesaria una paranoia orwelliana al respecto, pero ya se ha demostrado en el pasado que el cine tiene un poder particular de convencimiento y la masificación sin contrapeso de determinado punto de vista invita a proponer el contraplano, ofrecer la lectura diferente. No es un deber de esta película hacerse cargo de una mirada que no le es propia, sino más bien del espectador, quien nunca debe dejarse encantar completamente por el poder de las imágenes.



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