Destitución de Dilma en Brasil: resistencia popular frente a los canallas golpistas

por Javier Pineda Olcay



Sobre Javier Pineda Olcay

Por Javier Pineda Olcay

Este miércoles se consumó lo que los canallas venían planificando hace tiempo: el golpe de Estado blando a Dilma Rousseff, presidenta elegida democráticamente el año 2014 con más de 50 millones de votos.

El mecanismo utilizado sería el impeachment. Dilma fue acusada de cometer un “crimen de responsabilidad fiscal” al maquillar las cuentas fiscales. Esta práctica había sido realizada tanto por Fernando Henrique Cardoso como por Lula da Silva, pero sólo a Dilma se le imputaría como un delito para hacer procedente su destitución. Luego de tres días de alegatos, se repetiría el mismo escenario que en la Cámara de Diputados meses atrás: los canallas corruptos invocarían a Dios y a la Patria (teniendo sus cuentas en paraísos fiscales extranjeros) para destituir a Dilma como Presidenta de Brasil.

Como siempre, las clases dominantes buscaron dotar de una legalidad espuria sus maniobras anti-democráticas. Si no pueden ganar a través de elecciones – como les sucedió en Brasil en las últimas 4 elecciones presidenciales -no dudan en recurrir a golpes duros (como en Honduras el 2009) o golpes blandos (como en Paraguay el 2012). En este caso poco importaba si se constituía el crimen de responsabilidad que hacía procedente el impeachment. Lo importante era que tenían los votos en el Congreso para destituir a Dilma, por lo tanto, los argumentos jurídicos no tendrían relevancia. Con 61 votos de los 81 Senadores se cumplía el quorum para aprobar la destitución de Dilma, una de los pocos políticos que no ha incurrido en casos de corrupción.

No obstante, la destitución de Dilma no se puede atribuir solamente a las conspiraciones planeadas por Michel Temer para asumir la Presidencia de Brasil al estilo de House of Cards y a las amenazas de Eduardo Cunha, ex Presidente de la Cámara de Diputados, quien lideró la acusación en contra de Dilma durante su primera fase y posteriormente debió abandonar su cargo por las acusaciones de corrupción en su contra. Como decía el Che Guevara, “no se puede confiar en el imperialismo ni un tantico así” y esta destitución ha sido el costo que ha pagado el Partido de los Trabajadores (PT) por aliarse con parte de la clase empresarial brasileña, representada por el PMDB de Michel Temer. En cuanto tuvieron la oportunidad no dudaron en “traicionarlos” para hacerse completamente con el poder y pactar sin reproche alguno con la derecha golpista brasileña y con Estados Unidos, contrario a la política exterior de Brasil, país que había asumido un rol gravitante a través de su participación en los BRICS.

Las clases dominantes se aburrieron de los 13 años de Gobierno del PT y a pesar de que los cambios realizados no fueron profundos e incluso se enriquecieron aún más durante estos años, no toleraron la distribución de los excedentes a los más pobres ni que estos pudieran acceder a escuelas y Universidades públicas. La avaricia, machismo y racismo como los intereses imperiales fueron más fuertes.
Asimismo, al PT le pesó no modificar la concentración de medios en Brasil, los cuales día tras día desprestigiaron a Dilma y a Lula (para impedir su elección en las próximas elecciones presidenciales), mientras callan sobre la corrupción de sus filas y sobre el mal Gobierno de Temer. O Globo tiene más fuerza que cualquier bancada parlamentaria y los titulares luego del impeachment serían los mismos que luego del golpe de Estado en 1964. En esos años decían “Ressurge a Democracia”, hoy hablan de un “dia histórico” para la democracia brasileña.

La asunción de Temer permitirá mantener el velo sobre la corrupción de la clase política y empresarial y su impunidad. Una de las razones para destituir a Dilma es seguir ocultando a los corruptos involucrados en la Operación Lava Jato y frenar las investigaciones, pues inclusive estaría involucrado el mismísimo Temer (consultar columnas anteriores para entender los casos). Asimismo, en materia económica y social no se espera nada nuevo a lo que se ha realizado en los últimos meses. Temer seguirá profundizando los dictados económicos neoliberales, recortando el gasto público en educación y salud y privatizando todos los servicios públicos, incluyendo la sanidad y las prisiones, y probablemente también el petróleo y el gas brasileño. Nuevamente, los trabajadores deberán pagar el enriquecimiento de los poderosos.

Esta situación política ha dejado en evidencia el fracaso del “progresismo” y el apostar por Gobiernos de conciliación de clases, que en tiempos de “vacas gordas” distribuyen los recursos a los más pobres, pero que en tiempos de “vacas flacas” no dudan en recurrir a los mismos recortes del gasto público a los cuales se oponían. El Gobierno del PT durante estos últimos trece años no fue capaz de terminar con los privilegios de los superricos en Brasil y aún si Dilma hubiese continuado en el Gobierno no tenía la fuerza para realizar ninguna transformación en el país y probablemente hubiese asumido una agenda de recortes sociales como pretendía imponer antes del impeachment para “tranquilizar” al empresariado.

El empresariado nacional aún cuando se vea beneficiado por determinadas políticas gubernamentales de estos gobiernos “progresistas”, no dudan en responder a los grandes intereses capitalistas internacionales, traicionando a aquellos que les permitieron engordar sus bolsillos incrementando las desigualdades.

En un sistema capitalista globalizado no se puede distinguir entre los empresarios nacionales “buenos” y los empresarios transnacionales “malos”: ambos defienden los mismos intereses.
Sin embargo, esta crisis representa una oportunidad para que las clases populares de Brasil recuperen su tradición de lucha que había sido “congelada” durante los Gobiernos del PT. La ventana que se abre en este nuevo escenario político deberá ser ocupada por las clases populares, las cuales comenzarán a movilizarse en las calles exigiendo nuevas elecciones, frenando al Gobierno golpista de Temer que pretende instalarse hasta el 2019.

En cuanto a la respuesta de Nuestra América a la situación en Brasil debe ser clara: un rotundo rechazo al golpe de Estado. A pesar de las diferencias políticas que puedan existir con los Gobiernos del PT, lo que acaba de ocurrir en Brasil es un atentado contra la democracia y un aviso claro que el imperialismo no dudará en recurrir a los golpes de Estado, tal como lo hizo en décadas anteriores, para defender completamente sus intereses en la región. El destino de Brasil es el destino de Nuestra América: desde Bolívar hasta Chávez entendieron su importancia en cualquier proceso de integración de nuestros pueblos que pretenda ser exitoso. La posibilidad de fortalecer los avances emancipatorios de la región tales como el ALBA o lo que pretendía ser el MERCOSUR antes de la llegada de Macri y de que volviera a sus orígenes neoliberales, pasan por la voluntad política de Brasil de llevar a cabo un proceso de integración nuestramericana basado en la cooperación y no en la competencia, por lo cual lo que suceda en Brasil es de importancia nuestra también.

Es hora de romper en América Latina la tradición histórica del marxismo que se ha revitalizado durante los últimos años: hacer análisis sobre los fracasos. La única solución viable hoy en día a la arremetida del fascismo golpista en Brasil es la resistencia popular, su organización y el llamado a nuevas elecciones, impidiendo que se hagan con el Gobierno hasta el 01 de enero de 2019.



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