No las dejemos solas

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Estremece escuchar la cueca sola. Ver a las mujeres, esas que caminaban solas por las calles gritando el nombre de sus esposos, hermanos, hijos e hijas, esas que aplanaron un desierto completo en búsqueda de un hueso, bailando frente a la nada, bailando tristes ante la ausencia. Cómo se pudo llegar a tanta crueldad, odio y venganza, pensamos, como si fuera un acto del pasado, como si las balas, torturas y lanzamientos al mar fueran las leyendas de un siglo lejano. Pero no. Este viernes, como todos los últimos viernes, las mismas mujeres que bailaron la cueca sola en la franja del No, cuando la democracia ofrecía paz y justicia, recorrieron una y otra vez, decenas de veces, treinta veces, la bandera gigante de Chile frente a la Moneda. Qué terrible metáfora, otra danza frente al emblema patrio para exclamar por enésima vez, ahora con bastones, arrugas y una velocidad más lenta, –como la señora Silvia Espinoza, que fue a marchar para que “no nos dejen solas”- que el desgarro sigue vivo, que todavía no encuentran ningún pedazo de hueso, que los septiembre siguen llegando sombríos -mientras todos se comen una empanada y se toman un vino tinto-, con la noticia de que otro año más no habrá tumba donde dejar las flores, ni respuestas a nietos y bisnietos que no entienden cómo la única certeza de su ancestro es un palo amarrado a un cartón blanco con una foto en blanco y negro, un cartón que descansa sobre el mueble principal de la casa, haciéndose cada vez más frágil y difuso. Sólo por eso la herida está vigente, Chile debería entender, pero no es solo eso. A los cartones de “¿Dónde están?”, descascarándose, se suman noticias que violan otra vez, violan hoy. Este viernes, a la misma hora que Lorena Pizarro –hija y nuera de detenido desaparecido- volvía a tomar el megáfono para hacer callar, para decir que era momento de escuchar que “si no seguimos saliendo a la calle la ofensiva de la impunidad se va a imponer”, la Corte de Apelaciones volvía a violar, dictaminando por primera vez en sus once años de presidio, que Miguel Krasnoff, el perro, el que metía los dedos en los ojos y comentaba al oído que los hijos de los comunistas, socialistas y miristas se iban a morir si no se delataban compañeros, puede acceder a la libertad condicional por buen comportamiento.

La noticia genera un silencio. La seriedad exigida por Lorena se instala sola, a la fuerza. Busco a la señora Silvia, la del bastón, y para mi sorpresa, ahora se afirma con más fuerza, el rictus se endurece, no hay espacio para la lástima, no hay lamento. Es extraño, en estas mujeres no hay lamento, no se ven lágrimas en los ojos, se ve dureza. Y es que hay que tener un cuero distinto, una piel diferente para seguir marchándole a una bandera, para no dejar de creer, para seguir conductos regulares todavía, para no irse de una sede, la de los familiares de Detenidos Desaparecidos, atacada cinco veces en enero solo por amedrentamiento. No se puede ser cobarde, y así lo muestran estas mujeres, las que no lloran cuando escuchan a Illapu cantar que no ha sido en vano el sacrificio de la carne. El único camino es la valentía. Es la misma dignidad con que cayeron los desaparecidos la que levantan cuando insisten con recursos en la Corte, me imagino. Es la dignidad que les dio el ponerse esa blusa blanca y esa falda negra en tiempos de dictadura para salir a la calle solas, siendo tratadas como viejas locas, transformando sus proyectos de vida, dirigiendo todos los esfuerzos de sus respiros a la esperanza de encontrar lo que quizás nunca encuentre nadie. Es la dignidad que reconoce Max Vivar de Villa Cariño, que ve en esas mujeres a las mismas viejitas a las que les canta en su himno contra las AFP. “Estamos aquí para decirles que nos las dejaremos solas”, dice tras un lienzo. Es lo mismo que pide, con la amargura que erige la injusticia, Verónica de Negri. “Deberíamos ser muchos más”, reclama, mientras ancianos empiezan a retirarse, con sus hijos y sus nietos. La manifestación se disgrega, se apagan los bocinazos de respaldo en los autos por la Alameda, y la dignidad sigue encendiéndose, cansada, golpeada, pero alegrándose hermosamente cada vez que un nuevo cabro, de esos de las generaciones que van a tener que hacer carne el nunca más, se suma a una marcha que no es portada en ninguna parte, se suma para decir que no las dejaremos solas. No, como dice Illapu, no han desaparecido. Porque en esa dignidad, esa tanta veces sola, nadie puede desaparecer. Están aquí, invisibles, prendiendo fuego cada vez que alguien grita, aunque sea con un hilito extinguiéndose, las dos palabras que este país en crisis negó y sigue negando: verdad y justicia. Verdad y Justicia. Y dignidad, infinita y cansada dignidad.



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