Homenaje a J Balvin: Si necesita reggaeton, dale

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

J Balvin provoca cosas que ningún otro reggaetonero había logrado, y eso, en Bobo –su último hit- brilla por doquier. Más allá de su belleza, y esa pinta del amigo bonito y buena onda del curso, en su propuesta musical hay una sensualidad tan bien cuidada, tan delicada, tan sutil, que descoloca. La sensualidad del reggaeton de J Balvin es una construcción que se va fijando en la tensión que provoca cada inflexión de voz, es una tensión que espera el momento preciso para cambiar la velocidad del dembow, para meter un sintetizador tímido, tibio, casi inexistente, pero causante de una ricura que se conjuga con una letra también cuidada y siempre dispuesta al juego. J Balvin no conquista por la insolencia sexual de J Alvarez, por la audacia eléctrica de Daddy Yankee, ni por el descalabro de la rimas de Plan B. J Balvin conquista porque te lleva al lugar escondido donde lo sensual es casi un secreto que en sus canciones se hace público. Eso pasa con la sensualidad en J Balvin, está construida con tanto sigilo –en los juegos letrísticos como en la melodía-, que las cantamos como si fueran nuestra propia intimidad escondida, haciéndose coqueta cuando anunciamos que no llores por un bobo, que si él te deja sola yo te robo. Sin hablar de amor ni de esas cosas raras, tú eres libre así que vuela mami.

Pero ¿por qué el reggaetón de Balvin se hace tan particular y marca un giro en un estilo con más de una década de éxito? Quizás porque entiende la música como un concepto integral, y sabe que dentro del mal mirado género del reggaetón se pueden entregar sonidos completos y musicalmente bien diseñados. José Osorio Balvin es músico desde mucho antes de dedicarse al reggaetón. En Medellín este hijo de una familia de buen pasar formó parte de bandas de rock y tuvo un proyecto rapero antes de volcarse de lleno a la música urbana, una idea que va mucho más allá del tradicional reggaetón en países como Colombia, Venezuela o Cuba. Es la música que se produce desde la sensibilidad de la calle, es la música que de alguna forma intenta ser la “voz del pueblo”, como dice Balvin en “seguiré creciendo”, en cuyo video trabajadores cuentan sus experiencias de vida, sus sueños y su apego a la familia como el sentido que tiene el seguir subiendo. Desde ahí -mucho antes de convertirse en el reggaetonero de moda en Estados Unidos, en el único en aparecer en giras y discos con Justin Bieber, en el sindicado como renovador del reggaetón al acercarlo a una experiencia musical más ligada con el hip hop gringo- Balvin ya anunciaba que su proyecto se iba a basar en una ética, la ética del respeto hacia las personas que buscaba representar. Por eso sus letras nos parecen más simpáticas que agresivas, por eso la mujer aparece siempre libre, despreocupada y agasajada más que exigida y constreñida, como es habitual en el reggaetón. Todo es un juego, el amor es una entretención, las peleas no son tan necesarias, dice Balvin mientras en los videos se presta para ponerse feo, para ensuciarse y, en el fondo, reírse de sí mismo, reírse de estar en la cima de una escena a la que llegó sin buscarlo.

En un mundo globalizado en el que la velocidad del pensamiento nos sorprende todos los días, aclarando la existencia de derechos, reforzando el respeto a la libertad y lo diverso, J Balvin aparece como el reggaetonero de los nuevos tiempos, el que antes de subirse a una tarima se pinta los labios para rechazar la violencia hacia la mujer, el que ve a sus millones de fans como amigos de una fiesta más que como sus súbditos, el que se niega a ser divo porque el proyecto se puede volver aburrido. J Balvin aparece como el músico que la discoteque necesitaba para entender que una canción en una fiesta puede ser la clave de un coqueteo y una conquista, pero también la fórmula para hacer bromas y cosquillas mientras un beat increíblemente sexy, tenue y oscuro como el de Ginza se nos mete por la sangre para liberarnos de cualquier prejuicio –musical, sexual, social- y tener claro que si necesita reggaetón, dale. Sigue bailando, mami, no pares, en esta disco todoh somoh igualeh.

Lo bueno es que en esta tarea Balvin no está solo. Son decenas los músicos de Latinoamérica que entienden que la música urbana de hoy se hace mezclando sonidos, sin temor a despegarse de un género ni a mostrarse de una forma que a la industria no le gusta. Mientras, Balvin sigue avanzando, llegando a sacar canciones con connotados de la talla de Pharrell Williams ¿Quién dijo que no se podía?



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