Rafael Garay: El chanta perfecto

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Rafael Garay no teme. Los militares cargan con armas de guerra más grandes que su cuerpo, pero Rafael no teme. Se escabulle, se esconde, se hinca, salta, corre. Hay dos amigos suyos atrapados entre los edificios que en este preciso momento están liberando la radiación nuclear más grande y dañina desde Chernobyl. Son dos amigos del alma, de esos por los que se da la vida, y Rafael da la vida, porque no teme. Se enfrenta a los militares, incluso se saca la polera para demostrar que ni la triple fusión del núcleo ni las continuas explosiones en los edificios que albergan los reactores nucleares pueden con él. Es que no se trata de él, se trata de su lealtad. Rafael Garay dio su palabra y si el drama posterior al terremoto de Japón de marzo de 2011, el terremoto de nueve grados en seis minutos, lo pilló en tierras orientales, su lealtad debe enfrentar al peor de los temores para liberar al sufriente, que en este caso son dos de sus amigos. Y Rafael los salva, se magulla, la piel se le debilita, y las consecuencias son funestas, terribles, mortales. Garay, el economista que ayuda a mejorar las pensiones y a invertir bien el dinero fruto de nuestro trabajo, salva a dos amigos de desvanecerse en la masacre nuclear. Rafael es un héroe, pero no va a vivir mucho más para contarlo, porque Rafael adquiere en el acto un cáncer que le destruye la memoria.

Ya no saluda a sus amigos en las calles de Santiago, no recuerda deudas ni compromisos, pero Rafael es valeroso y se va a poner de pie para cerrar su paso por el mundo en línea recta. Rafael va al matinal y cuenta su verdad, se va a morir, el heroísmo de Fukushima lo va hacer morir, repentinamente, con su pareja embarazada, con cuarenta años y una vida por delante, con la inversión de 35 clientes y amigos por retribuir. Pero calma. El economista tiene todo planificado. Anunció la liquidación de sus empresas, esas donde sus inversionistas ganarían el 18% al año, y viajará a Francia a continuar su tratamiento para, desde allá, pagar los 800 millones que debe a sus socios a través de la fórmula más deferente: una cuenta en el banco HSBC con sede en Hong Kong. La plata está segura y los inversionistas, mancomunados con un pueblo acongojado al mediodía por una enfermedad maldita que se lleva a los mejores, se reunirán a rezar, a rezar por un amigo, el que da la vida no sólo para aconsejar cambiarse al fondo de pensiones E, no sólo para recibirme cien millones y devolverme 118, sino el que es capaz de atravesar el mural inexpugnable de la energía nuclear por el porvenir de los demás.

Rafael Garay es la persona perfecta, piensa Chile, piensa el mundo, hasta que su historia decide terminar. Rafael Garay, el que entró a la intimidad del hogar de Iván Núñez, el candidato a senador del PRO por Concepción, el vicerrector de la Universidad Central, la estrella de redes sociales que un día de agosto a las mamás con su drama hizo llorar, decidió el 12 de septiembre de 2016 terminar. Y despareció. Como lo hacen los mitos, los villanos, perdiéndose, dejando que los otros cuenten la verdad, los que le abrieron la puerta de su casa, los que se enamoraron de su encanto, los que entre todos, desconcertados en medio de una plaza, tendrán que juntar las piezas para entender que el Rafael Garay perfecto nunca existió, para entender que todo el cariño, respeto y confianza que concitó en noches borrachas en el Passapoga, sólo fueron fachadas de cristal. Porque esa despedida de Chile en el Passapoga fue como una escena de una película de Hollywood. Se lo gastó todo para al otro día desparecer y comenzar a ser el fugitivo, el que en pocos días atraviesa cuatro países, Leonardo DiCaprio poniéndose pelucas y pegándose bigotes en cada paso fronterizo, hasta pedir el certificado de soltería que le permita cambiar definitivamente su vida, a una sin memoria, pero también sin quimioterapias, y con una esposa rumana. Que el misterio de su cáncer lo resuelvan los afectados por su Yo de fantasía, el que en Chile dejó una guagua que quizás el nuevo Rafa jamás va a conocer.

Rafael Garay nunca en su vida se ha atendido por un cáncer, lo dice hoy la fiscalía. Rafael Garay nunca tuvo una cuenta en el banco HSBC, lo dice hoy la fiscalía. Rafael Garay, el que se querelló contra Chang por estafar piramidalmente con la misma fórmula con que él quiso hacer crecer la riqueza de más de cien amigos, nunca fue doctorado en economía, lo dijo ayer un ex socio. Y Rafael Garay, el héroe de Fukushima, jamás estuvo en marzo de 2011 en Japón, lo dijo ayer Iván Núñez, su amigo periodista a quien Garay le robó la historia de su reporteo nuclear para hacer más espectacular el plan de su gran escape. De esta historia de superhéroes económicos y redentores del mercado hoy no existe nada, porque Rafael Garay no existe. Ya no existe. Ni él ni sus fantasías. Sólo existen -como en una historieta de mafiosos fracasados- los ingenuos y ambiciosos que cayeron en la magia que inyectan por los ojos los que disimulan que no existen, los virtuosos que por momentos fueron dioses, entre luces, flores y halagos, para terminar barbones por las calles de lejos, entre la muerte y la huida constante que es el sino justo de los chantas, de los chantas perfectos. Porque Rafael Garay no es cualquier chanta, es el que planeó como en un gran guion su conversión en mito. Garay es el chanta perfecto, el enviado, el que ilumina de males que más temprano que tarde se reencarnarán en otro de su especie, si es que ya no hay alguno por ahí invitándote a entrar a paraísos tan inventados como cautivantes por la módica suma de ciento veinte mil pesos.




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