La adolescencia

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Quiero escapar, y despertar, sin saber del tiempo. Quiero respirar, sin nunca regresar. Y quiero vivir, quiero existir, sentir el silencio. Ya no quiero hablar. Sólo quiero encontrar un día de paz. Kudai, año 2005, noviembre, y nosotros llorando en una pieza, abatidos por el espesor de la primavera, escuchando una y otra vez la canción en nuestro pendrive de 128 mb, y escondiendo la pantalla de nuestros compañeros rockeros, en el colegio. Miedo, vergüenza, pena. Rechazos rotundos a nuestras cartas de amor manchadas en Axe, dañadas de Natalie frutal, traición irrevocable de tu mejor amiga, que ahora tiene otra mejor amiga. Veo sombras que se apagan, veo mil fotos del ayer, y sólo queremos volver a ser niños, niñas, por un momento, ser llevados de la mano por un papá con menos guata y menos cana en el bigote, descansar en el pecho de una madre que con una pura melodía inventada en el instante te puede hacer dormir y entregar esa paz que con Kudai, en las calles perdidas de Valparaíso, o en nuestra población asolada, no podemos encontrar. Es la adolescencia, es la pubertad, es la maldita pubertad tan colmada de inseguridad, tan inexacta e imperfecta como las dimensiones de nuestros brazos y piernas, gigantes, recién estiradas, decorando un rostro en la pasta base, indiscutiblemente feo, calabérico o cachetón, cambiante de un mes a otro, obligándonos hoy a esconder de nuestras pololas y pololos la foto del cumpleaños número trece, ese de cuando nos pilló el crecimiento en la esquina, de cuando parecíamos un ovni vestido con las últimas prendas de Dijon For Kids y las primeras de un intento por ser rapero o hardcore, la dicotomía del período, la gran dicotomía del período.

Suena el despertador en la casa de Paul, está despierto, está despierto, hace más de media hora. Otra vez ensució, de nuevo, su colchón. Y no lo limpia, y no lo limpia, porque le gusta la chaqueta. Todos los días se masturba. Gufi, 2004, invierno, haciendo eco en todas las salas de sexto básico de la Patria, en todos los rincones del fondo, donde cubierto de solo una parka azul marina, el degenerado, el flojo del curso, se masturbaba con los motivos más insólitos, con revistas porno de 1985, con la de lencería de Avon, con las bombas 4 arrugadas y distribuidas como mercancía del narcotráfico entre niños que en lugar de cara tenían solo grasa, grasa, espinillas, un humor indescifrable y demasiada basta en los pantalones. En la parte delantera de la sala, niñas conversan sobre la belleza de algunos cabros de octavo, los buenos para la pelota, cuya belleza radica fundamentalmente en que sus extremidades y sus troncos se sincronizaron antes, y también la actitud ante la vida, llevada un poquito más allá de la diversión en base a patadas, bravuconerías, cartas y tazos trasladados en mochilas de mezclilla demasiados grandes, tan grandes como para cubrir el poto y a veces las canillas.

Hay dolor en la pubertad, en la adolescencia, no sabemos muy bien quienes somos, qué nos gusta, quien nos gusta, pero el mundo se nos viene encima, hay que tomar decisiones, hay que irse solo al colegio, hay que enfrentar asaltos que nos trauman de por vida en micros amarillas, hay que asumir tetas y vellos que no queremos, hay que comprarse un compac o un cassette, y hay que aprenderse las letras. Hay que comprarse parches de bandas gringas, hay que ponerse poleras de Radiohead o Nirvana. Pero también hay que tener amigos, y hay que entrar al grupo como sea. Como no todos somos bacanes, a veces hay que entrar como el hueón, el chistoso, el que hace caso a lo que digan los que ya se saben en guitarra el cancionero completo de Soda Stereo y Los Prisioneros. Hay que entrar o la pena va a seguir creciendo, porque el mundo se sigue viniendo encima y hay que sobrevivir. Ya no podemos vivir entre las páginas del álbum de los A-teens, las amigas con las que bailábamos Axé se cambiaron de colegio y ahora hay que ser bonita. Debemos ser bonitas y bonitos, debemos cortarnos el pelo solos, machetearnos, cambiar el marco de los lentes por uno menos nerd, disimular las pifias de la cara, tapar en pasta de dientes las espinillas y el herpes, y tratar de ser feliz, quizás el último objetivo de una etapa que puede ser tan entretenida como tan de mierda. Ojalá pudiéramos integrar Blink 182, y vivir ahí en sus videos, o en las fiestas de las canciones de Offspring, ojalá las chapitas de esas bandas nos dieran el poder de salir de acá. Del patio de un colegio que en cualquier momento nos va a atacar. Ojalá escapar, de ti, adolescencia, ojalá escapar de ti, pubertad.



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