Por qué tenemos que votar

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

No votar es válido, por supuesto que es válido, y hay muchas razones para defender esa validez. No creer en el sistema, no estar dispuestos a dar soporte a una democracia en la que no se percibe justicia y desarrollo, o pensar que nada o muy poco cambia entre tener a un personaje u otro al mando de un municipio o un cupo parlamentario. “Mañana tengo que trabajar igual”, dirán miles por ahí. Eso, entre las razones más o menos deliberadas; sin contar la ausencia en las urnas de quienes están desinformados, constreñidos por trabajos tacaños sin consideración de la fecha o quienes están privados del ejercicio ciudadano por ser pobres, por no tener mil quinientos pesos para acudir a algún colegio que en comunas grandes puede estar a cuarenta cuadras de distancia de la casa. Esta última, realidad tangible en casi todos los sectores populares de las grandes comunas de Santiago, Concepción, Coquimbo o el Gran Valparaíso.

Como sea, por cual sea la razón del no votar –en un país con casi nula educación ciudadana en los colegios y con “la política” instalada mediáticamente como uno de los males que los honrados no necesitamos- hoy más que nunca es necesario entender, sin incluso la intención de atacar o apuntar con el dedo al que ha elegido no votar, que nuestra acción tiene efectos directos, inmediatos en millones de chilenos y chilenas para quienes no da lo mismo quien esté a cargo de los consultorios de sus poblaciones o los colegios de su cuadra. Y en esto hay que ser majaderos, por más que moleste como un mosquito en quienes han desarrollado una postura teórica para propagar el abstencionismo, en Chile hay personas cuya dignidad depende de quien esté a cargo de una municipalidad. O que los desmientan las miles de familias de la comuna de Cerro Navia, donde la importancia que Luis Plaza da a la educación pública ha tenido en los últimos años colegios con los baños llenos de caca, espantando a quienes tienen la posibilidad de pagar un particular subvencionado, disminuyendo la matrícula hasta cerrar escuelas, dejando como únicas víctimas a los pobres para los que un colegio con dependencia municipal se convierte en el triste depósito de los imposibilitados de huir. Que lo desmientan las vecinas de la José María Caro o la Santa Adriana, en Lo Espejo, quienes por la mala gestión de sus alcaldes en las últimas décadas han llegado a tener que devolverse para sus casas cuando van a hacerse un examen médico, porque no ha habido ni siquiera papel para fotocopias. Que lo desmientan los vecinos de la población Angela Davis, en Recoleta, quienes por la votación de concejales de derecha -más alguno de la Nueva Mayoría- se quedaron con los crespos hechos esperando la construcción de un jardín infantil en una de las zonas más desposeídas de la comuna (decisión que luego, afortunadamente, y por protesta de los vecinos, fue revertida). En todos estos casos, y en cientos de otros que no han tenido prensa ni preocupación mayor de las autoridades, no ha dado lo mismo la decisión o la desidia respecto del voto.

Hoy más que nunca, con un país que cada vez toma mayor conciencia de la concentración de la riqueza y del poder que perpetúa desigualdades en tantas áreas, es necesario saber que nuestro actuar, nuestra válida y democrática decisión de no votar, o nuestra simple desidia ante unos comicios que a algunos conservadores y liberales les encantaría ver fracasados, tiene implicancias directas e inmediatas en la calidad de vida de los que ni siquiera van a tener la opción de decidir -por pura pobreza- qué hacer con la voluntariedad que permite la Ley. Esas implicancias, mientras algunos seguirán consolidando su certeza ideológica de quemar una urna en lugar de llenarla, son cuestiones tan precarias como el seguir viviendo con microbasurales en las narices, mientras alcaldes prefieren usar la plata para retirar la basura en grandes recitales con Luis Jara para el Día de la Madre. Esas implicancias también son cuestiones tan vitales como el desabastecimiento de medicamentos en Cesfam recién inaugurados pero aún miserables ante la deuda histórica de autoridades corruptas con la Cenabast, el organismo encargado en suministrar los medicamentos en los recintos públicos de todo Chile.

Hoy no sólo queremos llamar a votar porque sabemos que en este país “costó un culo la democracia”, como dijo el actor Alejandro Goic, porque costó muertos, torturados, quemados y desaparecidos que se siguen extinguiendo orgullosos por haber permitido con su sacrificio y entrega en la lucha armada el generar las condiciones para que nosotros podamos elegir quien nos gobierna. Hoy queremos llamar a votar porque queremos decir que nuestro voto, el por tantos mal mirado ejercicio ciudadano de respaldar uno u otro proyecto comunal, va a impactar hoy y mañana en la vida de viejos que se mueren por la contaminación del invierno en comunas donde se planta un árbol y no se contrata a quien lo riegue, en comunas donde la política de deportes es llenar de fierros pintados las plazas para que los jóvenes y ancianos hagan ejercicios, pero no contratar profesores de educación física en colegios donde el destino de los dineros de la Ley SEP termina siendo investigado por Contraloría.

Queremos ser claros, podrá ser muy poco lo que pueda hacer un concejal, tendrá muy poca prensa el impacto de una buena gestión en una retirada comuna del norte, pero en Chile votar sí importa, el ejercicio ciudadano que se mantiene como la mayor ceremonia de alguna noción de triunfo entre quienes vivieron la guerra silenciosa de enfrentarse a la dictadura que designaba alcaldes e imponía leyes, tiene la posibilidad de hacer más digna o indigna la vida de –sobre todos- los pobres, los que en este modelo insano de la dictadura del mercado ni siquiera alcanzan a tener la posibilidad de decidir.

En un record histórico de fuerzas de izquierda y regionalistas inscritas, este domingo son 19 las listas entre las cuales se puede elegir algo que nos represente. Optar por alguna no va a determinar que nos vendimos a una democracia injusta ni va a delimitar en el voto nuestro ejercicio de lucha. El voto, como la manifestación y la constante organización, es sólo otro de los espacios de disputa que las fuerzas transformadoras pueden y deben ocupar. No disputar, en un escenario constitucional donde las autoridades elegidas guían mayoritariamente los pasos de nuestros territorios, es dejar una de las canchas de la batalla sin jugadores, para que los conservadores de siempre, los hijos corrompidos de una transición que quiso dejarnos en la casa, sigan haciendo de su vida entre cargos y cargos la forma de beneficiar a pocos y perjudicar a muchos, a todos nosotros. Vamos a votar, por quien sea, por A o por Z, aunque sea blanco y nulo –potentísimos actos de protesta-, por marcar Asamblea Constituyente o escribiendo un insulto a algún chanta acomodado, pero no les demos el gusto a los que nos quieren siempre, en todo momento, en uno u otro escenario, no dándoles cara. No les demos el gusto a los negligentes que en una de las operaciones más turbias de la historia cambiaron a casi 500 mil chilenos de lugar de votación. Votemos y sigamos en la calle, tampoco dejando que el voto se convierta en chipe libre de quienes siempre debemos observar, presionar y corregir; nuestros representantes.




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