Jaime nunca se fue

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Golpea su cabeza una y otra vez contra la pared, ya casi la tiene, afila su frente y lo logra, la vieja Lucía se ha levantado de su cama y se apresta a recorrer la ciudad. Es la viuda de Pinochet y tiene rabia. Es la noche del 31 de octubre de 2016 y se va a vengar de cada uno de los estatistas mal paridos que le han deseado la muerte, y de cada cuenta de Twitter que de vez en cuando pregunta “¿y la vieja cuándo?”. Con la enfermera sangrando a cuestas se comunica con el Hospital Militar. Tenía hora, pero esta noche no irá, está noche será una noche distinta, una noche cruel y asustadiza. Una noche de muertos vivientes, de vivos que parecen muertos vivientes.

El Palacio Falabella ha sido desalojado antes de tiempo. Josefa Errázuriz debía dejar el cargo el 6 de diciembre, pero esta noche una fuerza extraña ha hecho desaparecer miles de papeles y ha corrido todos los muebles, trancando cualquier posibilidad de huida de la Pepa. Evelyn se ha pintado de blanco, simula ser muda, se lleva tenebrosamente el dedo índice a la boca y le deja en claro a la alcaldesa que aquí nadie más habla, que el que habla no vivirá para contarlo, que la que viene será una noche de terror sobre Santiago. Evelyn es un mimo, ha arrasado en las elecciones municipales, y se convertirá en la líder de una asonada que hará saber a los chilenos que el poder de los fantasmas de derecha ha vuelto. Tocan la puerta, es Andrés Zarhi, lo echan por penca. Ahora se asoma un bastón teñido de rojo. Es la vieja Lucía, quien entra al Palacio y se encarga de sellar cada una de las puertas y ventanas. Lucía ya hizo su pega y de un saco saca a personajes repugnantes. En los huesos, un flaco de apellido Alessandri se asoma vidrioso. Su plan está listo, esta noche rodarán cabezas, no vivirá nadie que se atreva a vender comida en la calle. Sopaipilleras, vendedores de soya e inmigrantes comercializando papas fritas serán su objeto de deseo esta madrugada, en que con un garrote hecho de los restos de Carolina Tohá recorrerá los bajones entre Cal y Canto y la Alameda.

La vieja Lucía está exhausta, la Pepa poco respira, y desde el saco de los fantasmas emerge un rostro que parece de plasticina, se arrastra por el suelo, se saca y se pone unos lentes rotos. Es Joaquín Lavín, quien tras decir una y otra ridícula idea que ningún miedo causará en la población, revive los instintos de la Vieja, maldadosa vieja que le inyecta dolor a través de un láser salido de sus ojos. Joaco propone vestirse de payaso asesino (“está de moda”, dice), defiende disfrazarse de Bachelet y hacer el ring ring raja, provocando las más insospechadas chuchadas de Evelyn, alcaldesa electa que hace la hora pinchando muñecos de Marta Isasi y Daniel Jadue, repitiendo sin cesar frases al aire. “Rota de mierda”, “Que te creís conchetumadre”, “Anda a lavarte la boca”, se escuchan indistintamente, con voz ronca, de diablo, en lenguas extrañas y pronunciadas al revés. El palacio ya es un caos, pero nada hacía prever la posible llegada de un verdadero fallecido, un auténtico muerto.

Una oración se oye desde el balcón, pero sólo se vislumbra barba, una barba espesa y repartida sobre el suelo, canosa. Es Pablo Longueira, formalizado. Pablo no se ha convertido en fantasma, porque en las Municipales no ha ganado nada, pero no se quiso quedar fuera. Trepó como pudo por el Palacio, pintado como un niño con una calabaza llena de dulces bajo el brazo. Sabía que este era el día en que Jaime podría aparecer, el día en que rezando con tanta fuerza -como ahora lo está haciendo- Jaime podría aparecer. Pero los esfuerzos no alcanzan, ningún esfuerzo alcanza, confesará Pablo, iluminado, con lágrimas en los ojos. “Jaime me dijo que no viene, porque nunca se ha ido, Jaime está en todos nosotros, en el triunfo tuyo, Felipe; en el de usted, Evelyn; en su inmortalidad, señora Lucía; en tus ideas, Joaquín”. Los fantasmas sonríen, la Vieja se reincorpora, y sobre escobas o arrastrándose se esparcen sonrientes por las calles de una noche que recuerda que el terror de Chile es el fascismo, el fascismo presente en todo o casi todo.

A cargo de Josefa queda la recién llegada Patricia Maldonado, quien se acaba de comer a Zarhi y a Juan Guillermo Vivado.



Deja un comentario