El trabajador en huelga no es un flojo rematado

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Atienden como el loly y más encima se van a paro, dijo el otro día un señor acalorado sobre un colectivo demorado por una marcha en la Alameda. Flojos rematados, tituló un medio de derecha en su sitio web. Sinvergüenzas los de la Anef, cómodos, cafiches del Estado. Ojalá no paren los insultos ni los chaqueteos contra estos gallos privilegiados que se amparan en un sindicato para, en lugar de ir a trabajar, salir a la calle y exigir un aumento de sueldo verdadero. He ahí el gran sueño de todo empresario voraz, reacio a distribuir su riqueza con los que trabajan su capital. Lo más triste de todo, lo más decepcionante de todo, es que sean tantos los chilenos y chilenas que con su pura voz dura en una micro atrapada por un taco, con su puro comentario filudo en un almuerzo, le hagan la pega a los que tienen como máximo objetivo la satanización de la huelga, el auge del estereotipo del flojo rematado, para así impedir que se imponga el sentido común del respaldo al que se rebela ante lo injusto; y al contrario, prime el ataque al que para, al que se da el maldito lujo de no dejarse pasar a llevar, al funcionario público que otra vez, otra temporada más, no acepta la miseria normalizada por un ministro de Hacienda.

¿Sabrán los que hablan de flojos rematados que, en promedio, para un trabajador público que reciba el 3,2% ofrecido por el gobierno, el aumento concreto será de entre una luca y una luca y media mensual, como dijo el vicepresidente de la Anef Carlos Insunza? ¡Qué sinvergüenzas los 300 mil afiliados a las quince organizaciones sindicales que defienden reajustes decentes para casi un millón! ¡Malditos cafiches estos funcionarios públicos que en un 70% cuentan con un trabajo precarizado, a honorarios y a contrata, y que no saben si proyectar o no sus vida porque quizás a fin de año la autoridad de turno los manda para la casa porque no le gustó sus cortes de pelo! ¡Qué privilegiadas las profesoras de comunas pobres que dependen de las deudas del alcalde para recibir su sueldo! ¡Qué injusto el reclamo de los auxiliares y técnicos de consultorios, encargados de dar una atención digna con sueldos que van –en las comunas más pobres- desde los 270 a los 380 mil pesos! ¡Qué barsas estos trabajadores de la basura que nos tienen hediondas las esquinas de Santiago, pero que en muchos casos no alcanzan a postular a beneficios del Estado por contar con un rango calificado injustamente como superior! ¡Qué chupasangres los funcionarios movilizados de las regiones extremas, donde el costo de la vida es de hasta un 35% superior al de Santiago!

No, no amigos y amigas, no son flojos rematados. Son los trabajadores que año a año protagonizan la principal y más importante negociación sindical, la única negociación ramal de Chile, la que da la señal más concreta hacia el sector privado para sus propios reajustes. Son la cara visible de la actividad sindical del país, y por eso mismo, el blanco perfecto para que los líderes políticos conservadores y los medios de comunicación aliados con el empresariado desprestigien la acción de la protesta laboral. Ellos son los defenestrados por El Mercurio, que este domingo publicó una encuesta realizada por la Universidad del Desarrollo en la que el 44% de los consultados responde que sí hubiera aprobado el aumento del 3,2%, que es suficiente. Lo que El Mercurio no anuncia en el titular de su encuesta es que antes de recoger la respuesta que les interesa para desprestigiar, inducen al encuestado informándole que el promedio de sueldo de los funcionarios públicos es de 787 mil pesos y el del país en general es de 505 mil. Un absurdo intento de poner en oposición a los trabajadores públicos con los privados, valiéndose de las más groseras fallas metodológicas, como es el meter en el mismo saco a no profesionales con profesionales –que en el sector público llegan al 50%- y a trabajadores dependientes con los de cuenta propia (de más bajo ingreso), que en el sector público no existen. Pero todo eso no lo dicen, aquí lo que importa es condenar a los flojos rematados, a los que por su falta de respeto al orden macroeconómico –falacia de Hacienda para no subir el reajuste, ya que el crecimiento del país, bajo y todo, es más de un punto superior al 0,2% de reajuste real propuesto- se les va a descontar cada día no trabajado, como dice el oficio firmado por Rodrigo Valdés y Mario Fernández -ministro del Interior- hace unos días. Flojos rematados que llevan 25 años luchando mejores condiciones y que en el ministro Valdés han encontrado la mayor reacción desde el regreso a la democracia, con un reajuste que contó con cero votos a favor en el Congreso, con el congelamiento en los hechos del bono por término de conflicto en la negociación del año pasado y con la negativa, por primera vez en democracia, de la totalidad de los gremios a su propuesta de alza salarial. Récord. Tozudez histórica. Mezquindad inaudita.

Mil quinientos pesos de más, esa es hoy la realidad privilegiada de la mayoría de estos flojos rematados que, con su movilización sistemática, creciente y con resultados visibles en décadas, han demostrado al país que la sindicalización es la única forma de romper el esquema de inequidad entre el empleador y el trabajador. Mil quinientos pesos que ni al que causa tacos marchando por la Alameda alcanza para recuperar el poder adquisitivo constreñido por la inflación, como tampoco al señor que reclama desde el atraso de un colectivo. Para los dos las cosas van a subir igual. Mil quinientos pesos que en su miseria deberían unir más que separar a los que no soportan la injusticia con los que la han asimilado en el sacrificio de su carne.

Mientras, el empresario y el ministro leen El Mercurio sonriendo, recortando el papel de la encuesta para valerse de un nuevo argumento que valide la tacañería del que no toca el bolsillo del poderoso, el que pese a las turbulencias de la economía sigue descansando en más y más utilidades, a costa del desvirtuado sentido común que ve al que paraliza su trabajo como un flojo rematado. Por favor, no lo permitamos más, y deténgase antes a pensar cada vez que le nazca la idea impuesta de calificar a un trabajador en huelga como un flojo rematado. Porque esa es la división que los poderosos quieren para que las cosas se queden como están.




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