Unidas para Vencer, sororidad en lucha

por Belen Roca



Sobre Belen Roca

Antes que todo, una aclaración: Esta humilde servidora no cree que fue el trotskismo el que llegó a la FECH. Lo que llevó a Bárbara Brito a alcanzar la posición de vice-presidencia en la mesa de la federación, hecho sin precedentes en la historia gremial del país, son las generaciones de mujeres que han visto cómo éstos espacios les han sido negados conforme pasan los años. Son los pies que aplanaron las calles durante la marcha de #NiUnaMenos. Son los días incansables de militancia y trabajo de base que las feministas en la Universidad de Chile han sostenido en el tiempo, desde el 2010 hasta la actualidad y, también, en el futuro que les espera.

Son, también, el eco de las voces de todas nuestras muertas.

Bien se puede decir, desde fuera de esta burbuja que peca muy seguido de tomarse demasiado en serio a sí misma, que esta victoria no es relevante. Que “al ciudadano de a pie” o a todos quienes no puedan ser etiquetados bajo el rótulo de hijos de Bello, este hecho no importa. La verdad es que esto sí importa en un país donde el acceso a la educación superior sigue estando en la primera línea de las batallas sociales, siendo defendido con uñas y dientes para que los niños y las niñas del mañana puedan acceder al saber que con tanto afán la élite se niega a masificar. El ímpetu que movió a Amanda Labarca y Elena Caffarena a hacer de la militancia feminista una vida de lucha, hoy celebra. Celebramos todas, también aquellas que, en tiempos más agrestes, soñaron con ser profesionales sólo para encontrarse de frente con el portazo de la discriminación clasista y misógina.

Porque la Universidad de Chile, nos guste o no, es más que un mero espacio reproductor del conocimiento formal. A pasos de La Moneda y en el corazón de la ciudad se erige la casa central de esta institución. En las clases de historia de séptimo básico se nos cuenta, como dato anecdótico, que 20 presidentes de la República han salido de sus aulas, que el redactor del Código Civil fue su primer rector y otras tantas minucias que bien podríamos no saber y seguir con nuestras vidas. Pero en lo que no se menciona sí hay cosas que importan, tales como que, de esos 20 presidentes, sólo una es una mujer y, por desgracia, una mujer que no se ha hecho cargo de todo lo que pudo haber representado desde esa condición, rindiéndose a los caprichos patriarcales de su equipo y sus partidos. Todos los reproches que se puedan tener en contra de la academia, ¿Implican que este espacio no debe ser disputado por nosotras, las subalternas?

“Unidas para vencer” es una respuesta posible. Una respuesta necesaria y urgente en un lugar donde fueron sus organizaciones de base las que elevaron el grito capaz de deslegitimar completamente a docentes abusadores. Un grito más fuerte que el silencio cómplice de las autoridades. Necesaria porque la mesa directiva de la FECH es una tribuna donde se visibilizan y amplifican nuestras demandas. Urgente, pues todavía quedan muchas vacas sagradas en “La Chile” y en Chile cuyas actitudes de violencia contra las mujeres han sido solapadas y escondidas bajo la alfombra. A ellos les advertimos: Junten miedo. Leonardo León y Fernando Ramírez son sólo el comienzo.

Como feministas, muchas veces hemos tenido que transar con la institucionalidad a regañadientes, puesto que, a diferencia de El Superhéroe de izquierda que puede permitirse no involucrarse “en el teatro de la democracia” y llamar a no votar, a marginarse, a “construir desde fuera” (¿Construir qué, cuando ni siquiera dejai hablar a tu polola en las asambleas?), las leyes y todas esas “invenciones” son nuestras cadenas. Sobre nuestros cuerpos es que se instala la condena permanente de la ilegalidad del aborto, del desamparo frente a la violencia machista y de la división sexual del trabajo. Nosotras necesitamos que se formen profesionales conscientes: una pedagoga que eduque a las niñas, desde chiquititas, sobre el amor a sí mismas y a las otras, diciéndoles que pueden ser lo que se les antoje sin que ningún otro venga a callarlas y a tratarlas de tontas sólo por no tener pene; una médica que, con las herramientas de su disciplina, ayude a las mujeres a ejercer su derecho a decidir la interrupción de sus embarazos, obedeciendo a la ética y no al decreto del dictador; una abogada que esté ahí para defender a tantas de nosotras que, resignadas ante el destino que se nos ofrece por defecto, encontrar el amor en los brazos de un príncipe azul, se encuentre con las manos de éste desfigurándole el rostro.

Antes de conocer a la Bárbara, trabajando en conjunto para levantar la primera Secretaría de Géneros y Sexualidades de La Chile en el 2011, se me habían dicho muchas cosas sobre ella. Las más comunes eran “¡Tan trosca!”, “¡Siempre reventando los espacios!”, pero también “¡Tan gritona!”, acompañadas de un gesto de desdén en el rostro traducido en el ceño fruncido y la nariz arrugada de ellos, los verdaderos detentores de la voz contrahegemónica en los espacios universitarios. ¿Saben qué? Así como Pedro Lemebel deseaba que los niños nacidos y por nacer con una alita rota pudieran volar, parafraseándolo desde mi franca torpeza, “Yo quiero que griten, compañero”. Esto va más allá de la cara visible, pues estas fronteras imaginarias se nos han puesto a todas.

No queremos que nos cedan un espacio en la revolución, sino hacerla nosotras y ustedes con nosotras, pero no sin nosotras. Que tiñamos el cielo de lila, que reventemos todos los espacios que supuran machismo e ignorancia para construirlos de nuevo y levantar sobre sus ruinas los nuevos andamiajes de la total emancipación.

Hoy la borraja está más dulce y la torta, más crujiente.

Hoy nos unimos y vencimos.




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